Arroz con leche y lágrimas

Mi abuela, a diferencia del resto de las abuelas, siempre fue una cocinera pésima. Sin embargo, hacía un arroz con leche que hubiera deleitado al mismísimo Batel, el cocinero del Rey Sol.

En las tardes de lluvia, solía sentarse en el sillón que tenía junto al balcón a ver las fotos del tío Pepe y del tío Alberto. Yo la observaba en silencio sacar los álbumes del cajón de la cómoda, acariciarlos como se acaricia a un animal herido, abrirlos con cuidado, pasar sus páginas lentamente con los ojos cada vez más brillantes, despegar algunas fotos, llevárselas a los labios y besarlas. Y llorar. Sobre todo, llorar. Se llevaba así un buen rato, hasta que se sonaba los mocos con un estruendo que me hacía temer que se le salieran las tripas por la nariz, me guiñaba, alargaba su brazo y me decía vamos. Esa era la señal con la que comenzaba el ritual de la preparación del arroz con leche. 

Con paso diligente, nos dirigíamos a la cocina. Yo me sentaba en una silla, colocaba los codos sobre la mesa y apoyaba la barbilla en mis mano mientras la  veía sacar de la alacena la leche, el azúcar, el arroz, la canela y un limón. Empezaba rayando la cáscara del limón sobre la leche y la ponía al fuego vivo. A continuación, le echaba un par de ramitas de canela, el azúcar y el arroz y lo removía todo con una cuchara de palo. “Hay que remover continuamente —me decía entre hipidos y lágrimas—, ese es el secreto de un buen arroz con leche. Recuérdalo cuando seas mayor”. Yo afirmaba con la cabeza y los ojos cerrados,  siempre consideré el sentido de la vista como un estorbo para disfrutar del olfato. Y poco a poco,  se iba esparciendo por la cocina ese olor dulce,  empalagoso y un poquito picante que se ha quedado para siempre en mi memoria asociado a mi abuela Lupe.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

A la media hora, apartaba la cazuela del fuego y me permitía espolvorear la canela sobre esa superficie blanca y melosa que aún humeaba y que yo estaba deseando probar. Para entonces, el llanto había cesado. “Hay que esperar un poco”, me decía y me daba un suave golpecito en el dorso de la mano que, furtivamente, trataba de aproximarse a la cazuela para rebañar los restos adheridos en el fondo. Ella estaba tan ansiosa como yo por empezar, pero se contenía.  “¿Ya se puede, abuela?” “No, aún está caliente y te va a hacer daño en la tripita”. “¿Ya?” “ Te he dicho que no, pesada. Tienes que aprender a ser paciente”  Y, a la cuarta o quinta vez que le preguntaba, por fin, sacaba las cucharas y los platos y servía un par de generosas raciones.

Sin hablar, cucharada a cucharada, saboreábamos ese manjar que el médico le tenía prohibido. “Ni una palabra a tu madre de esto —me advertía—. Como te vayas de la lengua, no hago arroz con leche nunca más”. Y yo le prometía mantener la boca cerrada, aunque no sin remordimiento: no quería ni imaginar volver a verla en el suelo, con los ojos vueltos, empapada en sudor, incapaz de responder a mis ruegos. Aunque, para ser sincera, no sabía qué sería peor, que se muriera de un coma diabético o de tristeza. Porque por entonces, ya intuía que el arroz con leche era su vía de escape, el dique que abría cuando la pena amenazaba con inundarla por dentro, la pócima mágica que la salvaba de una melancolía perpetua.

A lo largo de mi vida he cocinado cientos de veces arroz con leche, con su receta, con otras de afamados cocineros, con una propia, pero jamás me ha sabido igual que el que preparaba mi abuela Lupe. Aunque ella decía que el secreto estaba en no dejar de remover ni un segundo, yo creo que no. El verdadero secreto estaba en ese sexto ingrediente que, involuntariamente, añadía mientras removía sin parar: sus lágrimas.

Habría dado cualquier cosa porque el arroz con leche le saliera tan mal como el resto de platos que preparaba. Porque mi abuela Lupe era una cocinera pésima, pero tenía unas manos de oro para el arroz con leche. Y dos hijos sepultados para siempre en las entrañas negras del Pozo de San Nicolás.

Ilustración de portada: Manuel Martín Morgado.
Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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1 Comentario

  1. Me encanta, como me encanta el arroz con leche. He sentido ese olor flotando a mi alrededor como si mi madre nos premiase hoy con ese manjar. ¡Que bien organizado tienes los cajoncitos de tu memoria!
    Un abrazo.

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