Dicen que los recién casados, antes de traspasar la puerta de la habitación del hotel, ella en brazos de él, toda de blanco pureza, suelen emplear esa frasecita para indicar que ahora llega lo bueno. No. No se preocupen; no voy a hablarles de mi noche de bodas, tan lejana ya que parece que nunca existió.
Si echo mano de esa frase es porque creo que esta pandemia del coronavirus nos ha traído, entre sus muchos males, una ocasión para el apartamiento, para la meditación, para el silencio. Locos como andábamos hasta hace dos o tres semanas, empeñados en saltar por encima del tiempo, corriendo detrás de nuestros proyectos sin pararnos a mirar la maravilla del presente, de la nube que pasa o del azul del cielo, que es cielo pero con miles de azules, millares de tonos azules; locos como estábamos, decía, qué bien nos viene este parón para reflexionar y oírnos por dentro, eso tan difícil y tan peligroso por lo que parece.
Sí. El coronavirus es un desastre humanitario y un descalabro económico, pero podemos aprovechar ese gramo de bondad que tienen los quintales del mal, y decirnos a nosotros mismos ese apacible y enriquecedor “al fin solo”. Parafraseando al poeta paradeño Javier Salvago, yo soy un solitario que vive con una mujer y un gato. Con mi gato tengo poco trato, porque los criados no tenemos trato con los aristócratas y mi gato, según la vida que se pega, es, por lo menos, un faraón egipcio. Con mi mujer sí que tengo trato, claro, no exento de roces y fricciones –esto de los roces y fricciones cada uno puede interpretarlo como quiera–, pero ambos nos dejamos nuestro espacio y, en buena hora lo cuente, llevamos veinte días encerrados en la casa y aún los vecinos no han tenido que llamar a la Policía.
Libros, música, cine y silencio son mi gozosa ocupación de estos días. Y subir a la azotea, que estos días huele a jazmines y a lluvia, y mirar desde allí la sierra de Grazalema, que parece una diosa acostada, enjoyada de astros. No es que esté uno feliz: no se puede ser feliz sin ser un inconsciente. Pero este parón, si se asume como una ocasión para replantearse la vida, para mirar a nuestro alrededor, nos puede devolver a la calle más sabios, menos acelerados, y más conscientes del tesoro humano con el que compartimos la vida.
El poeta José Mateos está haciendo estos días unas viñetas que si nuestra prensa nacional estuviera en lo que debe estar pujaría por llevarlas a sus páginas. Se trata de cuatro palabras y unos trazos donde se dice más que en muchos sesudos editoriales. Una de ellas tiene el siguiente texto, sobre un hombre tumbado en un sofá, con un perro a sus pies: “No es tan malo estar solo. Es la única manera de aprender que nunca estamos solos”. Pues eso: estar solos para darnos cuenta de que no estamos solos, que hay un tesoro de vivos y muertos que nos dan entidad, que nos hacen ser. Y que es bueno, de vez en cuando, separarnos de ellos para verlos enteros.


