El antropólogo y poeta Romero Mora-Caimanque compila Sur 90-XXI: antología de poesía joven de La Araucanía, «una sorpresa para el ecosistema» poético de esta región del sur de Chile.
I
Describir la poesía de La Araucanía es una tarea que conecta con la realidad de un territorio en conflicto y en permanente reelaboración. Muchos podrían situar sus orígenes en la oralidad del pueblo mapuche y la belleza de los epew, relatos donde están los cimientos que se han dispersado en todo aquel que se ha criado entre la lluvia y la niebla.
Pero ese encanto no es permanente y también la lírica está manchada con sangre. La herencia épica de La Araucana de Alonso de Ercilla, única epopeya protagonizada por un pueblo indígena, marca esta dualidad que persiste hasta ahora, en otras formas y contextos. Una región marcada por la lucha diaria, una pobreza económica como cultural, y el visible retraso de las regiones en desmedro de la capital.
Como dijo el literato Martín Mege, cuando quiso describir la actual escena literaria, hablamos de un “puzle de micro-resistencias y profesionalización incipiente”. Aquí, no hay grandes circuitos y prima lo artesanal, el boca a boca, la autogestión como ruta. A pesar de las dificultades, los y las poetas escriben, leen y liberan. Un ecosistema vibrante y herido, que pocas veces tienen la posibilidad de reunirse en una obra física. Por eso, la aparición de Sur 90-XXI: antología de poesía joven de La Araucanía, es una sorpresa para el ecosistema.
II
El libro, publicado por Ediciones Universidad de La Frontera, es compilado por Romero Mora-Caimanque (San Miguel, Chile, 1993). Antropólogo de formación, nació en San Miguel, pero su imaginario poético se ha formado en Temuco, capital de La Araucanía, en el sur de Chile. Fue en esta ciudad donde comenzó a escribir sus poemas en poblaciones, leyendo en bares de mala muerte, donde conocidos y algún que otro joven entusiasta lo escuchaban. La humedad, la desigualdad y el silencio son temas comunes y visibles, y leer lo escrito es más importante que una crítica.
“Había una necesidad transversal de hacer literatura: de interesarse, de jugar, de intentar escribir —aunque al principio uno escriba muy mal— pero siempre con mucha pasión”, habla de esos años, donde otros jóvenes compartían sus poemas por redes sociales y que, ante la falta de editoriales, creaban fanzines o cualquier otro método para que la palabra se difundiera.
En ese contexto, Romero se formó como editor. Él junto a otros colegas fundó la revista de la Ausencia, para luego dar paso a Tortuga Samurái, editorial poética para escritores que buscaban un lugar para debutar en la poesía. Sin quererlo, se transformó en un cartógrafo de voces. Una tarea que culmina una etapa en esta antología, proyecto que es mucho más que un libro, es una muestra de persistencia y respeto por el artista local.
“A partir de esa ausencia, pensé: ¿por qué no hacer una antología? Pero una antología extensa. Siempre fue mi idea: que cada autor tuviera diez o quince páginas. Porque uno no conoce a un autor por un solo texto”, reconoce. Finalmente, veintidós autores de toda la región presentan seis poemas, publicando la primera antología de este estilo en casi quince años en Temuco.
III
Romero tuvo la idea de hacer este libro en 2019, año del estallido social chileno. Partió con los poetas que conocía, pero también con una pregunta que repetía a todos ellos: “¿Quién más escribe?”. A partir de ahí, fueron apareciendo escrituras que hasta hoy siguen inéditas. “Una búsqueda lenta, porque eran voces que muchas veces ni siquiera se conocían entre sí”, aclara.
Si bien señala que la publicación pudo concretarse previamente, una pandemia mundial retrasó todo intento. Recién en 2022 tuvo mayor claridad de los y las poetas que podrían ser parte. Por ejemplo, el más joven de todos es Luciano Rubilar (Los Ángeles, Chile, 2001), a quien conoció en una lectura. A su vez, los poemas fueron mutando. Romero ejemplifica con el caso de Bastián Chandía, quien leyó un poema sobre su vida en los hogares mapuche, proyectos educativos que ofrecen alojamiento a estudiantes indígenas que vienen del campo a la ciudad. “Él había vivido durante sus estudios universitarios allí, toda esa experiencia estaba en el poema. ¿Qué mejor que incluir la voz de alguien que vivió en ese espacio?”, agrega.
Eso pasó con varios autores: Romero los escuchaba y después les decía “¿Por qué no incluimos ese texto?” construyendo el espíritu que la antología refleja.

IV
En el libro aparecen muchas experiencias distintas: personas que se han ido de Temuco o con esa doble vida que conlleva un oficio: trabajar para vivir e intentar seguir con la escritura. También aquí se congrega esa distancia entre lo que uno escribió con la fuerza juvenil, y la sorpresa de encontrarse con el pasado.
En los poemas de Manuel Oliva, dice Romero, aparecen muy claras las calles de Temuco, las de Angol, como así las imágenes de la juventud y la vida universitaria. Un aspecto que se repite entre los autores antologados, donde los estudios superiores fueron el lugar para que jóvenes sin acceso a grandes bibliotecas, tuvieran tiempo para leer. El editor recuerda también a Charlotte Von T leyendo fuera de la Universidad Católica de Temuco. “La escuché y pensé ‘Ella es buena’. La busqué harto tiempo para que se sumara”, dice.
No todos los autores de la antología pasaron por la universidad, pero eso no resta valor a sus voces. Para Mora-Caimanque, “la poesía de ningún modo le pertenece a la universidad. Aunque esta antología la publique una universidad, sería un error creer que la poesía no viene del canto popular, de la oralidad”.
De hecho, sacar la poesía a la calle, a los colegios, a la plaza, es fundamental, insiste. “Que alguien pegue poemas en el centro de Temuco ya es un paso para que la literatura salga del encierro del libro. Esa parte no hay que olvidarla, aunque no siempre uno pueda trabajar desde ahí”.
Romero no quiere decir que el libro está “lleno de sur”, innegablemente reúne a personas que viven y experimentan la vida desde allí. Aparecen palabras, referencias, lugares y emociones comunes. En resumen, alusiones a “la vida toda”. Pero también hay lecturas introspectivas, más desde el yo, y otras experiencias vitales que podrían ocurrir en Lautaro, en Japón, en un videojuego o en internet. “Son transversales”, defiende, ante la posibilidad de que el grupo sea encasillado en “poemas de La Araucanía”, porque son poemas que se escriben desde allí y aportan a renovar el imaginario de la región.
V
El criterio de la antología terminó por abarcar a autores nacidos en los años 90, una década convulsa para Chile, con el retorno a la democracia, la revitalización de la lucha por los derechos indígenas en la región y, al mismo tiempo, un periodo donde quienes escriben en esta antología todavía son niños, muchos aún en periodo de gestación o infantes, criados bajo una mirada neoliberal, donde la cultura popular de la televisión se mezcla con el acceso al libro en familias de clase media o baja sin capital cultural o literario.
Para esta generación, la poesía era algo lejano hasta los dieciocho años. “Yo llegué a la poesía en la universidad, cuando tuve tiempo para leer. Después trabajé como bibliotecario y leí muchísimo. Un bibliotecario que entrega libros puede aprovechar de leer: no parece un crimen cuando tienes cientos de libros detrás”, recuerda Romero.
Ese contacto con la literatura se mezcla con la cultura popular. “Recibimos mucha tele basura, pero también tele de culto: animé, Los Simpson, Malcolm; novelas del siete (canal de televisión público). Todo eso era arte, aunque tardamos en darnos cuenta”. Pero la calle sigue siendo imprescindible, el hecho de ser consciente de la carencia.
Ante ello, se explaya: “Los escritores que a mí me gustaban en Temuco eran trabajadores. Muchas veces no había plata, teníamos que pelear para comprarnos un completo después de una peña. Nos íbamos caminando una hora a casa, con los pies mojados por la lluvia, usando la misma ropa todo el año. Ahí no hay ambición de éxito: hay vida, enfermedades, traumas. Todo ese revoltijo hay que mirarlo críticamente, con lo bueno y lo malo”.
La precariedad económica marca a la literatura: “No solo limita, también enferma. Hay que asumir que ese factor condiciona el acceso a crear una escritura propia”. Sin querer emular el camino de otros ilustres que terminaron su vida de la peor forma, Romero recalca que es común que escritores históricos mueran en condiciones adversas. “Cuando ves la literatura de cerca, sabes que hay muchas cosas que no se relevan del oficio, especialmente la enfermedad y la ausencia de éxito”, reflexiona, añadiendo que hay que tener cuidado al hacer crítica desde cánones europeos u oligárquicos.
La poesía, insiste, no es pura ceremonialidad burguesa. Nace del instinto, la rebeldía y la resistencia, sobre todo en regiones complejas.
VI
Sobre los criterios, la decisión de elegir a personas bajo el umbral de los treinta años me hace remitir a una frase del poeta chileno Bruno Montané: “la madurez del escritor radica en saber trabajar a ambos lados del espejo”. La leo y pienso en que las voces no están preocupadas por el impacto de los versos, sino en una valentía por explotar todo antes que la pólvora se humedezca.
Después de varios años, Romero está “un poco en contra” del criterio etario que tomó la antología. “Creo que lo más relevante no era la edad, sino la presencia de personas intentando escribir: fracasando, avanzando, teniendo pequeños éxitos, que también son grandes victorias”.
Luego, él precisa ”El éxito literario a veces son cinco personas que te leen. Ese era el espíritu”. Aquí, el editor se explaya sobre el fenómeno del primer libro. “Sabemos, nunca es realmente el primero: es como el tercero o el cuarto en términos de proceso”, ahonda, pensando que la publicación final puede ser tardía.
El debate en estos círculos literarios tan pequeños no debiera ser “este pertenece a esta generación”. El tema es: ¿hay espacios de publicación?, ¿hay dinamismo?, ¿hay oportunidades?, ¿hay crítica literaria? “Cuando se empieza a mover un circuito, ahí aparecen las generaciones, las voces, los diálogos”, asegura.
En su experiencia con la editorial Tortuga Samurai, la mayoría de los 12 libros publicados tuvo crítica, y se trabajó para su circulación. Todo fue artesanal, pero hubo movimiento. “Y para mí, más valioso que cualquier reseña formal, es que alguien me diga: “Oye, qué bueno ese libro que publicaste, me gustó tal cosa”. Con eso, para mí, el proceso ya está cerrado”, dice.
VII
Además del criterio de selección, también hay desafíos económicos que dificultan la circulación de la poesía. A su juicio, a veces no faltan lectores, sino gente que acerque los libros al mundo real.
Sur 90-XXI, tendrá un precio inicial de diez mil pesos chilenos en el lanzamiento. Pese a ser conocido por ser país de poetas, la poesía casi no se vende en las grandes librerías, y cuando lo hace está a precios inalcanzables. Algunos libros alcanzan veinticinco mil pesos, casi el 5% del sueldo mínimo chileno.
Sur 90-XXI: antología de poesía joven de La Araucanía fue presentado el pasado dieciséis de diciembre en el auditorio Selva Saavedra de la Universidad de La Frontera en Temuco. Se han lanzado trescientos ejemplares que esperan difundir por todo espacio cultural posible. Mover un libro tras su publicación requiere astucia, pero sin malicia, dice Mora-Caimanque. “Vender trescientos libros de poesía es complicado, pero un primer paso es que esta antología exista y se visibilice”, sentencia.

