Andrés Trapiello: «El compromiso de cualquier escritor es con la vida»

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Ricardo Álamo conversa con el autor leonés a propósito de su último libro: Próspero viento. Una vida política (La esfera de los libros. Madrid, 2025).

Igual que existen lo kafkiano, lo borgiano, lo homérico, lo nietzschano, lo platónico o lo aristotélico, adjetivos todos ellos con un sentido más o menos preciso, debería de crearse ya un adjetivo similar para Andrés Trapiello, dado que toda su obra literaria, como en los casos de los escritores que dieron lugar a la creación de dichos adjetivos, encierra o constituye un mundo propio, particular, preciso e inconfundible que lo distingue singularmente de cualquier otro escritor de nuestras letras pasadas y presentes. Un mundo en el que no hay nada que se le parezca a lo que otros escritores de nuestro «mundillo» literario ha logrado engendrar, porque si algo esencial caracteriza la escritura de Trapiello es no solo su estilo (más barojiano que valleinclanesco o, por decirlo con otras palabras, más apegado a la realidad que a la invención o más anclado en la verdad que en la fábula), sino también su destreza narrativa, muchas veces llena de humor e ironía, cuando no también de sarcasmo, y otras plagada de amor a la belleza, a la frase bien hecha, a la que ni le sobra ni le falta nada y donde en no pocas ocasiones combina el lenguaje que todos hablamos con alguna expresión o vocablo ya casi en desuso, como solía hacer por ejemplo su estimado Azorín. Cada nuevo libro de Trapiello (ya sea novela, poemario, ensayo, diario o colección de artículos) es como un veneno benévolo para quienes lo leemos, una suerte de droga que con sus mágicos efectos nos hechiza, o una limpia corriente de agua que mana de una fuente encantada que nos baña y nos hace felices. Yo soy agnóstico, pero si la literatura fuera una religión no me cabe duda de que uno de mis dioses tutelares sería Andrés Trapiello, naturalmente junto con Galdós, Baroja, Tolstói, Borges y otras divinidades literarias a las que admiro por haber sido capaces de hacer que mi entusiasmo por la lectura de sus obras nunca decayera, sino más bien al contrario, creciera cada vez más, a medida que me iba arrimando a cada uno de sus innumerables y gloriosos libros.

El Salón de los pasos perdidos, que es como Trapiello llama a sus Diarios, ocupa con sus veintitantos volúmenes publicados hasta la fecha de hoy y sus más de diez mil páginas, un lugar aparte dentro de mi biblioteca. Leídos de principio a fin, y sin saltarme una sola línea, creo que es la obra en marcha más apasionante que he leído nunca, y por eso espero con el ansia desaforada del drogadicto que necesita una dosis más de su narcótico para sedarse que aparezca un nuevo volumen que me aplaque las ganas de leerlo. Comoquiera que esa aparición ha ido retrasándose año tras año, más que los happy few, los many few que formamos el escuadrón de lectores de ese Salón, nos tenemos que conformar con otras publicaciones que la mano de nieve de Trapiello pone a nuestro alcance, unas veces en forma de libros de poemas y otras en forma de ensayo o de autobiografía novelada, como es el caso de Próspero viento, un libro que bien podría ser uno más de los volúmenes que conforman sus Diarios, porque todo él es un compendio de memoria y vida. Memoria y vida circunscrita a su evolución (que no tiralevitas) política, desde su pertenencia a la Joven Guardia Roja cuando era un adolescente hasta su posición actual alineada con el liberalismo y la defensa a ultranza del sistema democrático al modo en que lo entendía su estimado Manuel Chaves Nogales, que no estuvo durante y después de la Guerra Civil española ni con los hunos ni con los hotros, sino embarcado a cara descubierta en la goleta de la Libertad, jugándose la vida con ello pese a ser torpedeado por quienes intentaron sin conseguirlo instaurar en Europa un régimen totalitario, cosa que Trapiello denuncia como una posibilidad factible en el marco político que vivimos hoy en España, donde los liberticidas, los nacionalistas y los independentistas tienen las miras puestas en hacer de nuestro país un reino de taifas, o, lo que es lo mismo, una patria sin patriotas y un territorio reventado en el que las mal llamadas «nacionalidades históricas» se conviertan al fin en Estados por la vía de la insumisión a las reglas pactadas del juego democrático y del adoctrinamiento y la presión (y opresión) a quienes no comulgan con sus ideas.

-¿Qué es hoy en día un «pequeño burgués liberal»?

Alguien que por lo general es más pequeño que burgués y más burgués que liberal. La burguesía es lo primero que atacan los populismos, porque en ella descansaban desde el inicio de la Revolución sus tres famosos principios: libertad, igualdad y fraternidad. Quien quiere acabar con la libertad y la igualdad sabe que lo primero que tiene que hacer es acabar con la burguesía, en principio liberal por definición. Las profesiones netamente burguesas, el notario, el abogado, el médico, el facultativo aún se conocen como «profesiones liberales».

-Dices que llevas haciendo «literatura política» desde hace aproximadamente unos cinco años en El Mundo, ¿por decisión propia o ajena? ¿Y por qué no la habías hecho antes?

Siempre he escrito artículos políticos. Desde que empecé a escribir en los periódicos, hace casi cincuenta años. Pero antes la política me daba para tres o cuatro artículos políticos al año. La política en España vivió durante treinta años en esa envidiable monotonía y aburrimiento de los regímenes sólidamente democráticos. Ni siquiera ETA logró romper las instituciones democráticas como pretendía. Pero algo sucedió cuando uno de los partidos que garantizaban el cumplimiento de la ley y la confianza en las instituciones democráticas, el PSOE de Rodríguez Zapatero, pactó con ETA por razones puramente partidistas, y los nacionalistas catalanes iniciaron su proceso de ruptura, primero solos y luego con la connivencia de los socialistas catalanes y hoy de Pedro Sánchez. Digamos que era el momento de remangarse y denunciar, escribiendo, la clase de aberraciones democráticas a las que trataban de dar carta de naturaleza.

-Escribes esa «literatura política» contra la hegemonía cultural de la izquierda. ¿En qué fundas esa hegemonía?

La mayor parte de los escritores, libreros y editores que conozco se declaran de izquierdas. La mayor parte de los profesores universitarios, también. Los medios de que disponen son también los más influyentes y con mayor predicamento en nuestra sociedad. Esto no solo ocurre en España. Sucede en Europa, en los Estados Unidos y en Hispanoamérica. La izquierda siempre ha prestigiado culturalmente más que la derecha. Habría que preguntarse por qué. Históricamente había razones. Hoy yo no las encuentro tan fácilmente.

-Uno de los lemas que sigues es el stendhaliano «Sólo hechos», pero en tu obra mayormente literaria los hechos no lo son todo, ¿no? Por ejemplo, en tus Diarios abundan las narraciones subjetivas que alteran o modifican la verdad de algunos hechos: ¿no es eso ir contra el lema de Stendhal?

No creo que una obra literaria altere o modifique la verdad. Sin duda sí la realidad. La realidad cada cual la ve de una manera, sin que la verdad tenga que menoscabarse por ello. Desde el primer momento el Salón de pasos perdidos, puesto bajo un lema de Galdós («Por doquiera el hombre va lleva consigo su novela») sacado de Fortunata y Jacinta, se ha acogido al género novelístico. Claro que hay hechos tomados de la realidad, pero se advierte al lector desde el primer momento de que no ha de tomárselos al pie de la letra, si no quiere, porque no se trata de una crónica o del acta de un notario. Es pura novela. Pero puede que les suceda a estos tomos del Salón de pasos perdidos lo que a otras novelas: que el lector las tome por más reales, y verdaderas, que por otras crónicas o actas notariales.

-En Próspero viento dices que tratas de la importancia que la política ha tenido en tu vida, o sea, de la prosa, que en palabras del diccionario es un aspecto o parte de las cosas que se contrapone al ideal y a la perfección de ellas. ¿Es que no se puede hacer política con la poesía? Alberti, Neruda y otros la hicieron…, y, de hecho, aludes a que Unamuno afirmaba que escribir poemas era también una forma de hacer política, y al revés.

Yo no conozco buena poesía política. Y la que lleva ese epígrafe me interesa poco. Neruda es, como decía Juan Ramón Jiménez, un gran mal poeta y Alberti alguien que para mí solo tuvo algo de interés cuando plagió a JRJ en Retornos de lo vivo lejano. La poesía se desentiende de la utilidad, del mercadeo (y la política es básicamente utilidad y transacciones económicas, sociales, culturales), y se centra en las emociones de todo tipo, estéticas, filosóficas, amorosas… Y suele hacerlo con un lenguaje ajeno también a la lógica, al sentido común (se supone que la política es el reino del sentido común, de aquello que se atiene a la razón y a la lógica), mediante metáforas, intuiciones, asociaciones de lenguaje inesperadas.

-Cuando afirmas que la vida de todo escritor debe ser doble: luchar contra la misantropía y combatir la hipocresía y la vulgaridad, ¿no estás planteando volver a la literatura comprometida, o sea, a algo que va más allá (o a lo mejor menos acá) de la idea del arte por el arte?

El poeta aspira a vivir de una manera alegre y jovial su soledad. Soledad y misantropía no son sinónimos. La misantropía es la negación del ser humano, que es por definición un ser nacido para vivir en compañía. El solitario puede estar muy a gusto consigo mismo. El misántropo empieza por odiarse a sí mismo. El compromiso de cualquier escritor es con la vida, con la realidad, como quiera que haya decidido hacerlo, solo o relacionándose con otros.

-Por otra parte, reclamas que el valor máximo de cualquier persona debe ser vivir en libertad: ¿por qué, según tú, la izquierda actual va mucho más que la izquierda antigua contra la libertad, cuando ya el propio Lenin dijo aquello de «libertad, para qué»?

El primer gran liberticida a escala cósmica fue en efecto Lenin. Por eso inició sus matanzas a lo grande. Stalin, Mao o Pol Pot lo hicieron a lo grande. Aquellos genocidas históricos tenían la ilusión de engendrar el hombre nuevo, proyecto que no era viable sin unos cuantos baños de sangre. La izquierda moderna ha comprendido que matar tanto no está bien y ha aprendido cómo obtener los mismos resultados sin tanta sangre, siempre escandalosa: acabar con el capitalismo y la libertad aprovechándose de las instituciones democráticas, con tantos políticos con vocación de autarcas y la organización capitalista, como sucede en la China comunista actual. La izquierda sigue creyendo como Lenin que la libertad es un escollo importante para acabar con el capitalismo e implantar toda clase de doctrinas más o menos circunstanciales.

-Has escrito mucho sobre la Guerra Civil. Los que te hemos leído sabemos cuál es tu opinión sobre ambas cosas, que por resumirla de manera rápida viene a decir que la guerra la empezaron dos minorías, la fascista y la comunista-socialista-anarquista revolucionaria, embarcándola en ella a una mayoría que ni estaba con unos (hunos) ni con otros (hotros), y eso te lleva a pensar en la existencia de una Tercera España que fue víctima pero no victimaria de los desmanes de los dos bandos enfrentados. ¿Por qué esa Tercera España ha tardado tanto en ser reivindicada?

Porque fue el testigo que vio y denunció los crímenes de las otras dos Españas, las primeras interesadas en acabar con ella. No hay otra razón para explicar cómo escritores y personalidades tan sobresalientes como Chaves Nogales, Clara Campoamor o Elena Fortún hayan tardado más de cincuenta años en reflotar, solo cuando el mito de la izquierda en la Guerra Civil empezó a resquebrajarse. El problema de España, a diferencia de otros países que sufrieron la guerra en la Segunda Guerra Mundial, se redobló por el hecho de que fuera civil: muchas víctimas fueron también victimarios. Cuando terminó la guerra la mayor parte de los que la perdieron consideraron que el hecho de haberla perdido (cuando además consideraban que la causa justa era la suya) les eximía de toda responsabilidad política, penal y moral y decidieron por su cuenta poner el contador a cero en 1939. A partir de ese momento se declararon únicamente víctimas del franquismo. Y lo fueron. Pero también victimarios de unas miles de víctimas inocentes de la República. Fue el momento en que los victimarios republicanos decidieron camuflarse entre los miles de víctimas inocentes del franquismo, que usaron como escudos humanos.

-En ambos bandos hubo víctimas que al mismo tiempo fueron victimarios, cosa que ejemplificas con el caso de las labores terroristas del maquis, que incluso la sufrió parte de tu familia y en especial tu padre. El maquis siempre ha tenido buena prensa, pero tú lo desmitificas. ¿Crees que tus argumentos acabarán imponiéndose entre los historiadores y que el maquis será visto no sólo como un instrumento de combate contra el franquismo, sino también como una banda de forajidos?

Andrés Trapiello. (Foto: La esfera de los libros).

Pese a que el maquis fue un movimiento antifranquista no por ello fue una organización democrática ni su lucha por la democracia estaba garantizada en el hipotético caso de que hubieran ganado. La mayor parte de ellos eran comunistas, y por tanto estalinistas. El número de víctimas inocentes del maquis es enorme. Dentro de cada grupo había incluso individuos con responsabilidades penales diferentes, y no se puede juzgar a todo el mundo con un mismo rasero. Pero la mayor responsabilidad quizá sea política: no aceptar a tiempo que la guerra que habían perdido en las trincheras no iban a ganarla en el monte. Solo trajeron muerte y destrucción, para aquellos que combatieron y para sí mismos. Fue una lucha inútil de toda inutilidad. Y así lo vio Stalin cuando dio orden de que se disolvieran los grupos que quedaban operativos. Acto seguido Franco dio fin al Estado de Guerra, 1948. Nueve años de crímenes comunistas que dieron lugar a crímenes franquistas.

-En tu libro dices que el franquismo, contra lo que se suele creer, no se cebó con la literatura escrita en lenguas vernáculas, como el catalán, el vasco o el gallego, puesto que la mayor parte de los libros de esas literaturas se publicaron en sus respectivas lenguas… ¿otro mito más que hay que deshacer?

Es un hecho: los libros más importantes de la literatura vasca, gallega y catalana se publicaron en sus respectivas lenguas, en sus respectivas regiones y en el franquismo. Qué se le va a hacer. Ahora ¿que no circularon como merecían ni se les dio la publicidad a que sin duda tenían derecho? Pues sí. Como tampoco los libros de Cunqueiro o Risco, que eran franquistas.

-De entre tus muchos precarios trabajos juveniles para sobrevivir el de periodista o chico para todo en el diario Pueblo sacas la idea de que el periodismo, desde sus orígenes, ha sido la puerta falsa para ser escritor. ¿Entonces los escritores que no han sido periodistas han entrado todos en la literatura por la puerta grande?

La puerta de la literatura es pequeña o grande, la misma, se trate de una persona o de otra. El éxito es como un perfume. No huele de la misma forma en todas las personas. No hay que darle más vueltas a eso. Es así, y sabiéndolo cada uno tiene que adaptarse: si la puerta es estrecha y tú eres gordo, pasas de lado. ¿Que no pasas? Pues te pones a régimen y adelgazas algo. Lo que es absurdo es echarle la culpa a la puerta y al perfume.

-De joven formaste parte de la Joven Guardia Roja (comunista): ¿miras con orgullo esa etapa de tu pasado o, más bien, con sonrojo?

Procuro mirarla con humor y piedad. Tampoco fue tan grave. Siempre habría sido mejor haber hecho guardia en garitas más lucidas. No puede uno quejarse del pasado si en el presente estás conforme con lo que eres. Si aquello te trajo a esto, y en esto estás bien, ¿para qué pedirle reclamaciones a nadie? Es que yo podría haber sido esto o lo otro, oímos decir a menudo. Sí y no. Lo mismo hubiera podido ser otro, pero igual o peor.

-En Próspero viento mantienes la tesis de que la Cultura está en manos de la izquierda desde hace mucho: ¿por dejación de la derecha o por mala conciencia por la rémora del franquismo?

A la derecha no le ha interesado gran cosa. La han dejado en manos de otros. Han pensado que lo suyo, la economía, el poder, la empresa, era lo importante, y que los libros y los cuadros eran algo para decorar las paredes. También ha influido el hecho de que la izquierda ha tenido con la cultura una actitud más arrogante y suficiente, como si fuera algo que les pertenece por derecho propio. El de izquierdas cree haber venido a este mundo siendo culto. Si la izquierda leyera todos los libros que dice que ha leído, sería cultísima.

-Este libro tuyo bien podría haber sido uno más de los volúmenes que forman parte del Salón de pasos perdidos, esos estupendos diarios que tú calificas de «novela en marcha», de la que dices que los personajes que aparecen tienen más realidad que las personas que dan pie a esos personajes, igual que hay más realidad en don Quijote que en el propio Cervantes, ¿quiere decir eso que tú, como personaje de ese Salón, tienes más realidad que tú mismo como persona?

Yo soy poco personaje de esos libros, en el sentido novelesco, me refiero. No tengo una vida novelesca. Casi nunca me pasa nada digno de ser contado. Eso sí, me divierte escuchar a la gente, entablar conversación con los desconocidos, observar la realidad, a veces elucubrar y perderme en mis propias ensoñaciones. Pero por suerte la vida es muy generosa, y basta con que la observes atentamente para que resulte de lo más entretenida y emocionante. La novela entonces es la realidad, la realidad se novela sola, y suele ir más lejos que cualquier novela.

-¿Por eso, acaso, mantienes que en las novelas no hay verdad ni mentira, sino realidad?

Exacto.

-Como en casi todos tus libros autobiográficos también en este hay un rinconcito dedicado a Ramón Gaya y a su ensayo sobre la crítica (de literatura, poesía, pintura, música, etcétera), donde pones en capilla no sólo a los críticos sino también a los premios y a los jurados. Pero tú formas parte desde hace tiempo del jurado del Premio Nadal, ¿no es tirar piedras sobre tu propio tejado?

Después de veinte años siéndolo, he dejado este de serlo. No, por qué iba a ser tirar piedras contra el propio tejado. A un jurado le ponen delante unas novelas, las lee y dice: me gusta esta más que las otras. Y los otros jurados dicen lo suyo. A veces todos coinciden y a veces no, y se habla, y se vota, y se falla, a veces, seguro, en el sentido literal de la palabra. Como en toda obra humana, O se acierta, y se mejora un poco el mundo. Es bonito y está bien si se hace con honestidad.

-Te has visto envuelto en algunas polémicas literarias y extraliterarias, pero te aplicas lo de que decía R. Gaya: «Yo no soy polémico, resulto polémico». ¿Quiere esto decir que las polémicas te buscan a ti y no tú a ellas?

Decía Gaya una cosa bastante divertida: «Yo no soy polémico: resulto polémico». Yo no busco la gresca, no soy un tipo pendenciero que sale buscando la pelea. De hecho me paso el día solo en casa. Pero acabas escribiendo de esto o de lo otro, y a menudo el hecho de estar tanto tiempo solo te desconecta de la realidad, y lo que dices resulta eso, extraño, original en el sentido exacto, es decir, atendiendo a tu origen, sin establecer conexiones con otros contemporáneos.

-Volviendo al asunto político de tu libro, ¿de qué acusarías a la izquierda y a la derecha españolas actuales, cuáles son sus peores lastres?

Son bastante sectarios. Les encanta cancelar. Y mandar. Les gusta el mando y el mangoneo. A la derecha seguramente también, pero cuando la derecha llega al poder tiene que echar mano de mucha gente de izquierdas. La izquierda en cambio no, a los pocos de derechas que se encuentran, los fulmina. Que lo cuente Juan Manuel Bonet.

-¿Y no te parece paradójico que el escritor necesite de la soledad para escribir y del público o de la masa para ser leído?

Hombre, paradójico no. Escribir tú solo es lo natural, se distrae uno menos y acabas antes. Y lo normal es que cuando terminas y quieres que te lean salgas tú a la palestra o lo des a otros para que lo circulen en sociedad. Los libros se completan con los lectores. Sin soledad no se podría escribir y sin sociedad no se podría completar el proceso.

-¿Y no es aún más paradójico que no gustándote mucho hablar en público o escribir artículos políticos, sean de las tareas que más has hecho a lo largo de tu vida?

Tampoco es muy extraño ganarse la vida haciendo aquello que te gusta poco o nada, es el caso de la mayoría de las personas. En mi caso esos dos finales, la conferencia y el artículo, no son equiparables. De hablar en público, más allá de haber conocido a alguna persona interesante en el curso de los viajes, no he sacado nada. Yo soy escritor no charlista. Hablando no mejoro nada de lo que he escrito, sea esto lo que sea; al contrario, me temo que lo he empeorado. Puede que en el habla algunos lectores encuentren matices de tono, actitud o vivacidad interesantes, pero no son determinantes. Ahora, lo del periódico es diferente, porque eso entra de lleno en lo que sí he elegido como forma de vida, que es la escritura. Y los artículos, que a menudo de entrada me emperezan un poco, acaban revelándote algo o ayudándote a poner en orden tus propias ideas. No podría prescindir de los artículos, pero sí de las charlas y conferencias. Ahora, para mí es imprescindible escribir de algo más que de política: por eso uno de los dos artículos semanales que escribo es siempre de literatura, arte, libros…

-En otro pasaje de Próspero viento dices que lo más político que has hecho es la traducción del Quijote. ¿Me lo puedes explicar?

Fue un trabajo que hice en secreto durante las tardes de catorce años precisamente porque sabía que tendría en frente algunos llamémoslos puristas que iban a poner el grito en el cielo. Luego resultó que no, apenas tres o cuatro, y durante tres o cuatro semanas. El propósito de ese trabajo se comprendió de inmediato: los hispanohablantes tenían tanto derecho a leer el Quijote como un lector alemán, ruso o chino, o sea, como se leen las novelas, de seguido, disfrutándolas y entendiéndolas. He recurrido siempre a este ejemplo: si Sancho hubiere sabido leer como Sansón Carrasco, habría leído el Quijote y lo habría entendido de cabo a rabo; si don Quijote viviese hoy, no lo hubiera entendido sin las cinco mil quinientas notas que tiene la edición de Rico. Había cientos de miles de lectores hispanohablantes a los que resultaba una tortura esa lectura. Yo no hice otra cosa que, de una manera rigurosa y fiel, ponérselo en un castellano actual, culto pero inteligible por una mayoría, tal y como habría sido el deseo de los padres de la Institución Libre de Enseñanza y las Misiones Pedagógicas dela República, a las que está dedicada esa traducción. Hoy solo en España, diez años después, hay doscientos mil lectores que deseaban leer ese libro y no lo habían logrado.

-A esta época que estamos viviendo la calificas de «tenebrosa». ¿Por qué? ¿Acaso la excesiva polarización política actual te hace pensar que pudiéramos estar a las puertas de otra guerra civil?

Tenebrosa es toda época en que la verdad estorba y es la mentira la que circula, y tenebrosa también porque la razón ha dado un paso atrás y ha vuelto el mito, que es el lenguaje por antonomasia de la caverna. Y es precisamente el mito nacionalista en todo el mundo la principal amenaza de las democracias liberales en la que el principio de igualdad ante la ley es sagrado.

-Al final del libro dices, siguiendo a Juan Ramón Jiménez, que los poetas pueden tomar partido en el activismo político, pero que la literatura les exige una forma de expresión que tiene más que ver con el arte de convencer y de seducir que con el lenguaje de la poesía. Entonces, ¿participas de la idea de la literatura comprometida? Incluso citas a Borges y eso que dijo de que los escritores deberían combatir la «triste monotonía política». ¿Monotonía?

La administración de la democracia tiene un punto de monótono: leyes, reglamentos, presupuestos… Y la defensa de la democracia, cuando la ves peligrar, exige de ti esfuerzos que normalmente te apartan de tu trabajo natural, de tus gustos, de la vida corriente.

-¿Esperanza en un próspero viento para España o pesimismo, desesperación y desesperanza?

Defender la democracia exige casi siempre el remo. Los vientos, cuando se trata del sentido común y la convivencia pacífica, suelen ser contrarios. El sectario, el visionario, el fanático cuenta con que la gente del remo acabe cansándose para hacerse con la nave. En fin. Yo procuro verle el lado bueno a ese trabajo: nos mantiene vivos. Pero también te digo: a menudo está deseando uno una vida un poco más normalizada, aburrida, sin el acecho de tantos farsantes, criminales, corruptos, mentirosos, aprovechados dispuestos no ya a quedarse con el barco, sino a tirarte por la borda.

-Por último, me gustaría saber qué te hizo caerte del caballo del comunismo.

Seguramente tener que dar explicaciones a alguien, el Partido, que, sin fundamento ni legitimidad ninguna, se erige en portavoz del Progreso y del Estado y decide quién está en el lado correcto de la Historia y quién no, sin otro calibre que el suyo propio.

Autor

  • Ricardo Álamo

    Ricardo Álamo (Sanlúcar de Barrameda, 1965). Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Ha sido colaborador del suplemento «Culturas» del Diario de Cádiz y del Diario de Sevilla. Sus primeras publicaciones aparecieron en la revista de filosofía ER. En el género del microrrelato sus textos han sido incluidos en diversas antologías y revistas. Es autor de los libros 'Imaginarium' (2013), 'Estaciones de paso' (2015-2019), 'Cuentos negros' (2018), 'Escritores al desnudo. Cuestionarios Proust y Bolaño' (2018), 'Vidas y muertes imaginarias' (2019), 'Mínimo esfuerzo' (2021), y coordinador-editor del libro 'La figura escurridiza. A propósito de Juan Bonilla' (2019). También también es reponsable de la edición de libros como, 'Mil aforismos sobre el amor y otras pasiones' y 'Viviendo a la inglesa' de Julio Camba, entre otros.

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