Vamos a durar dos días

Ramiro se agita en el sillón y el pañuelo en el que hace esos estúpidos nudos se le cae al suelo. Me agacho a recogerlo y se lo coloco de nuevo en el regazo. Me saca de quicio verle afanado en ese trajín inútil durante horas. Y no es que chochee, ni hablar, tiene la cabeza mejor que yo como de aquí a Lima, pero ha cogido esa maldita costumbre y no hay quien se la quite de la cabeza. No sé cómo Pepa lo aguantó tantos años.

Acabamos de pasar el túnel de Despeñaperros. Atrás han quedado los Álamos, el olor a comida, a desinfectante y a orines, la voz de pito de carnaval de la recepcionista llamando por megafonía, la soledad que nos corroe, todo lo que Ramiro me dijo que no era ese lugar, todo lo que ocultan cuando te muestran sus cómodas instalaciones, el amplio jardín, los gestos, tan amables como falsos, del personal que luego se transforman en indiferencia o en abierta hostilidad.

Mi amigo ronca a mi lado como un bulldog con vegetaciones. Hace horas que desistí de hacerle callar. Chasquear la lengua, sacudirle el brazo o pedirle que cambie de postura no sirve de nada. Dice que es por el parche de morfina, aunque antes del cáncer ya roncaba igual. Yo, en cambio, no puedo pegar ojo. Han pasado ya casi tres horas y aún tengo palpitaciones al recordar nuestra huída. Todavía no me creo que fuéramos capaces de salir en plena noche de los Álamos con lo puesto. Lo peor fue subir a Ramiro a la silla y hacerle pasar a la que coloqué al otro lado del balcón, menos mal que vivimos en la planta baja frente al jardín… Hubo un momento en el que creí que no lo conseguiríamos. «Vete tú, Tomás» —me dijo Ramiro con voz asustada, incapaz de levantar las piernas, agarrotadas por el miedo—. Pero yo no podía dejarlo allí solo con lo que estaba pasando.

Todo empezó con la ausencia de Rosa, la auxiliar que venía a cambiarle la sonda a Ramiro cada mañana, la que me alegraba los amaneceres con la vision de sus muslos desnudos debajo de la faldita del uniforme. La jefa de planta nos dijo que estaba de baja con bronquitis, nada importante, pero, a los dos días, fue ella quien dejó de venir y ya nadie nos dio explicaciones. Comenzó el chirrido metálico de las ruedas de los carritos en los que trasladaban a los viejos a la tercera planta, los cuchicheos amortiguados de las limpiadoras hablando por los pasillos de no sé qué virus, el gesto de preocupación del médico que se adivinaba debajo de la mascarilla, la cancelación de las visitas… Mi amigo procuraba quitarle hierro al tema: «No seas paranoico, Tomás. Esto es una gripe; tal vez, un poco peor que la de todos los años, pero pasará como todas». Pero lo que pasaban eran los coches de la funeraria por la parte de atrás del jardín cargados con enormes bolsas de plastico negras.

Ilustración de Carmen Benítez Robles.

La noche en la que nos encerraron con llave en la habitación, supe que la cosa era grave. No es que tuviera miedo a morir —si no nos mataba esa enfermedad misteriosa, nos llevaría por delante el cáncer, el corazón o la próstata—, pero me aterrorizaba hacerlo solo como me dijo el capellán que les pasaba a los de la tercera planta. Cuando Ramiro leyó en el móvil que en los Álamos habían muerto más del treinta por ciento de sus residentes —hacía dos días que un celador había venido a retirar la televisión—, me rogó con gesto desencajado que nos fuéramos de allí cagando leches.

Ya empieza a clarear. Los chopos y las encinas se ven a los lados de la carretera. Hace años que no contemplaba este paisaje, desde que Pepa murió. La última vez, vinimos los tres juntos. ¡Cómo disfrutamos! ¡Cuántos viajes, que sabíamos que nunca íbamos a hacer, proyectamos durante esas vacaciones! ¡Y cuántas confidencias…! La echo de menos. ¡Ay, si yo hubiera encontrado a una mujer como ella!

Los baches de la comarcal que lleva al pueblo tienen el tamaño de un boquete provocado por un obús. El conductor los sortea como puede, pero es inevitable que las ruedas rocen en el borde de alguno y el vehículo se ladee hacia uno u otro lado. El traqueteo sobresalta a Ramiro que se despierta con un hilillo de baba en la comisura derecha de la boca y me pregunta si hemos llegado. «Casi —le contesto—. Endereza el asiento y ve despertándote».

El conductor anuncia que ya llegamos. Me levanto y ayudo a Ramiro a ponerse en pie. Coge su bastón y nos dirigimos hacia la puerta. Lo agarro y él comienza a bajar los escalones despacio, tanteando el próximo movimiento, dudando… Las piernas le tiemblan y el bastón se mueve descontrolado. Un joven se nos acerca y se ofrece a ayudar. Coge a Ramiro por las axilas y, casi en volandas, lo baja sin dificultad. Le damos las gracias y él sonríe. Vuelve a subir, se cierra la puerta del autobús y arranca dejando una nube de polvo alrededor.

«Estamos locos, ¿verdad?», le pregunto al ver la escena: dos viejos decrépitos solos en un camino por el que no pasan ni las cabras y que no sé cómo vamos a recorrer. «Locos hubiéramos estado si nos quedamos allí a esperar que nos saquen en una bolsa —afirma Ramiro—. Oye, hemos venido a por todas, ¿no?» «Supongo» —le respondo resignado— «¿Y si vamos a ese bar que le gustaba tanto a Pepa a comernos un mollete, o dos, con zurrapa de lomo? Llevo soñando con eso desde que me propusiste largarnos de allí». Arrugo la nariz y achico los ojos; mi gesto le divierte. Parece como si, de repente, se hubieran cambiado los papeles y ahora fuese él quien celebra esta incierta aventura que a mí comienza a aterrarme. «A ese ritmo vamos a durar dos días, Ramiro». «Muera Marta, muera jarta», me contesta y se echa a reír. Se agarra de mi brazo y me apremia a emprender la marcha; y yo obedezco. El olor a tierra mojada y a bosque me anima. Ya no recordaba cómo era el sabor de la libertad; tampoco el de la zurrapa de lomo.

Ilustración de portada: Carmen Benítez Robles.
Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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2 Comentarios

  1. Elena López Torres

    Estupendos el relato y la ilustración

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  2. Chapeau, muchas gracias

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