Un nuevo Quijote de siempre

No hay prácticamente una objeción que podamos poner a esta versión modernizada del Quijote que no haya sido anticipada y contestada en el breve pero enjundioso prólogo que su editor, Andrés Trapiello, antepone a la misma. No vamos a insistir en ellas. Reconoce Trapiello que el lector que pueda enfrentarse al Quijote en una edición convencional –aunque todas las existentes, en fin, modernizan grafías, puntuación e incluso, en mayor o menor medida, formas gramaticales– podrá apreciar matices y saborear aciertos de expresión que se pierden en una edición actualizada. Pero, una vez hecha esta prevención, hay que decir que la variación que supone “traducir” al castellano actual ciertos vocablos cervantinos hoy en desuso, enderezar hipérbatos, eliminar pronombres enclíticos, etcétera, es mínima. Y que lo que el lector de esta nueva edición del Quijote tiene delante es, en un noventa y tantos por ciento, lo que quiso escribir Miguel de Cervantes. Eso sí: limpio –y no es poco trabajo por parte del editor– de la mínima costra de extrañeza y vetustez que el tiempo ha podido adjuntarle.

142900La siguiente pregunta es: ¿cómo no se ha hecho antes, habiendo precedentes tan notables y valiosos como la veterana colección Odres Nuevos, en la que muchos españoles leímos y disfrutamos libros como El conde Lucanor, por ejemplo? La posible respuesta es inquietante: quizá porque –aventuramos– pocos intelectuales españoles y muchos menos responsables educativos han amado el Quijote lo suficiente, o han simpatizado lo bastante con el ecuánime espíritu cervantino, como para creer necesario que, además de los imprescindibles cuidados eruditos, el libro necesitaba una permanente puesta al día, siquiera sea para prevenir que no se perdiera el contacto entre la transparente prosa cervantina y su fuente, el habla popular de la que había nacido. En otras lenguas, estos procesos de actualización son cosa de rutina: a ningún inglés se le pasa por la cabeza que le hagan leer a Chaucer, por ejemplo, en el estado de lengua en que fue escrito; y el propio Shakespeare respira y ensancha su comunicabilidad gracias a la infinita maleabilidad del teatro y el cine, que todavía se benefician de sus textos.

Dicho esto, al lector curioso le puede apetecer cotejar el texto “original” –aunque, insistimos, semejante entelequia no existe, desde el momento en el que cualquier edición actual, por rigurosa que sea, no deja de aplicar criterios de homogeneización y modernización– con el que propone Andrés Trapiello. Y de nuevo habrá que recalcar que, más allá de la aplicación sistemática de ciertas normas de edición, tales como la ya mencionada supresión de hipérbatos y enclíticos, o la sustitución de giros y refranes periclitados por sus equivalencias actuales, los cambios efectuados son, felizmente, muy pocos. Algunos tienen, por supuesto, el sello de autoría de su editor; como, por ejemplo, cuando traduce “mozas del partido” –las que el hidalgo encuentra en la primera venta donde se hospeda– por “mujeres de la vida”; que no es tampoco una expresión de uso corriente hoy, pero se adecua a ese designio de rehumanización del lenguaje que advertimos en la prosa del propio Trapiello, que suele emplear la expresión citada donde un periodista hubiera dicho simplemente “prostitutas”, o donde un casticista hubiera buscado media docena de sinónimos sonoros y efectistas, o donde otros hubieran aireado el correspondiente exabrupto. Lo que, quizá, nos da la clave de la cuestión: Trapiello no vierte el texto cervantino al español actual, sino a una especie de depurado español de todos los tiempos, del que están excluidos tanto los términos –no todos– que el paso de los siglos ha dejado en desuso, como los que el neoespañol ha introducido con cierta violencia en una lengua que no fluye ya con la libérrima desenvoltura de la de Cervantes.

Podrían aducirse otros ejemplos, más adecuados quizá para un artículo erudito que para una simple reseña. Ahora hace falta que esta nueva edición del Quijote llegue a ese lector al que se refiere Trapiello en su prólogo: el que viaja en metro enfrascado en la lectura de un best-seller o de un tomo de Proust, beneficiados ambos del hecho de estar traducidos a un español rigurosamente actual. Pero en esto no somos tan optimistas: ese lector todoterreno está también en trance de desaparición, o lo que sostiene en la mano no es ya un libro, sino una pantalla centelleante en la que lee nimiedades sin cuento que no sólo lo apartan de leer otras cosas, sino que condicionan su modo mismo de leer. Y a ver quién puede luchar contra eso.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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