Un impensado autorretrato

‘Día por día de mi calendario’. Manuel Machado. Edición de Sofía González Gómez y Leoncio López-Ocón. Renacimiento, Sevilla, 2019. 299 pp.

A lo largo de todo 1918 el poeta Manuel Machado mantuvo en el periódico El Imparcial un “calendario” o diario abierto en el que comentaba día a día la actualidad. En algún momento el poeta llamó “crónicas” a estos textos, publicados en secuencias semanales, pero lo cierto es que rara vez se ajustan a las convenciones de la crónica periodística propiamente dicha. Manuel Machado lo mismo despachaba en dos escuetas líneas su impresión de las noticias –o falta de ellas– de algunos días –véase este apunte del domingo 9 de junio: “Domingo… Pérez. Es decir, un domingo cualquiera, sin olor, color ni sabor”–, que se extendía en textos que en la edición que comentamos ocupan hasta página y media. Lo hacía, sobre todo, cuando el asunto del día era la visita a una exposición o al estudio de un pintor –véase la espléndida página que dedica a una visita al estudio de Sorolla– o la reseña de cualquier otro acontecimiento artístico, o cuando hacía la semblanza de algún personaje de la vida cultural de entonces.

En la elección de asuntos se iba retratando el cronista, que pronto se siente en su columna lo suficientemente cómodo para ajustar su comentario de actualidad a asuntos que afectan directamente a su cotidianidad o sus intereses. Cuando describe, por ejemplo, un encuentro con el escultor Mariano Benlliure –entonces director general de Bellas Artes– y sitúa el evento “en la intimidad de un gabinete de Lhardy”, el lector tiene claro que el cronista no se está apoyando en una información llegada a la redacción del periódico, sino en su vida social de la tarde anterior. Pronto queda configurado un personaje que va y viene por Madrid, y que por ello en sus comentarios es especialmente sensible a las noticias que se refieren a los cocheros o a la inseguridad ciudadana, sobre la que escribe con frecuencia desde la perspectiva de quien conoce bien la calle. Por lo mismo, el poeta no deja pasar las ocasiones de referirse, con sentimientos encontrados,  a las toscas diversiones de las clases populares madrileñas, que con frecuencia le disgustan –y en ello se acerca, en estos textos, a la perspectiva que adoptó en su soneto “Escenas de costumbre” (1911), en el que el pueblo “ansioso bebe y come y gusta y toca / y hace cosas de perro en los rincones”: en estas crónicas, en consonancia con esa mirada un tanto desdeñosa, Machado con frecuencia se sitúa “ante la horrible caricatura de la alegría, que es un baile de máscaras”, o habla de la “pesadilla” que ve en la “comparsa clásica de mendigos, cojos, mancos y tullidos pidiendo limosna al son de tamboril y gaita” en unos carnavales. Esa perspectiva un tanto solanesca que adopta ante lo que se conoce como “España negra” no le impide, no obstante, apearse en algún momento del mero distanciamiento desdeñoso para concluir, ante la visión de un indigente golpeando una lata con un palo para celebrar la Nochebuena, que “es probable que Dios ame esa alegría sin motivo y a pesar de todo”.

Pero no es solo el dandy Manuel Machado quien comparece en estas páginas. También lo hace el liberal progresista que se hace eco de las demandas sociales y denuncia constantemente la falta de respuesta gubernamental, a veces en términos que sobrepasarían ampliamente los límites que impone hoy nuestra corrección política: “Aquí no bajan las subsistencias ni a tiros… Es decir, a tiros sí puede que bajaran”. Suficiente, quizá, para que alguien hoy denunciara al autor de esas líneas por… apología de la violencia, por ejemplo. Y el hecho es que también se constata, en la andadura de estas crónicas diarias, que en al menos un par de ocasiones han sido cortadas o suprimidas por la censura gubernativa; como también se observa, en las alusiones del cronista a la guerra europea, que entraba entonces en su cuarto y último año, un cierto comedimiento a regañadientes, que no basta para disimular las simpatías por la causa aliada y su rechazo del militarismo y autoritarismo germanos, que se expresarán sin ningún tipo de tapujo en cuanto el conflicto quede oficialmente concluido en noviembre del año en curso.

Manuel Machado.

Los hitos del día van, en efecto, configurando la actitud política de Machado en un sentido inconfundible. Con ello, el poeta aparentemente abúlico de “Adelfos” se retrata, más bien, como un observador de la realidad consciente y lúcido, que piensa ya en un porvenir en el que el caduco parlamentarismo canovista dé paso a una verdadera democracia social. Nada más alejado, en fin, de la perspectiva distorsionada que quiere hacer del mayor de los Machado un dechado de desinterés hacia estos asuntos, e incluso un abierto reaccionario, en contraposición a las actitudes comprometidas y progresistas de su hermano Antonio.

Pero, más que buscar en estas crónicas lo que absuelva al poeta de juicios posteriores que entonces no podía ni prever, lo que fascina de ellas es el modo en el que configuran una mirada y una actitud ante la vida coherentes con las que trasluce su mejor poesía; de la que cabe rastrear aquí incluso algún que otro ilustre precedente: por ejemplo, cuando el poeta se refiere, el 21 de octubre, a la inauguración de la Hemeroteca Municipal madrileña y a su fundador, Ricardo Fuente, a quien tras su muerte dedicará años después un emotivo soneto elegíaco en el que se refiere precisamente al logro del que se hace eco en el mencionado apunte periodístico.

Tal es el principal valor de estas crónicas: ofrecen a Manuel Machado la ocasión de escribir, casi sin ser consciente de ello, un exacto cuaderno de bitácora de su andadura intelectual, ciudadana, artística y moral a lo largo de un año crucial en su vida y en la historia de la España contemporánea. Sin pretenderlo, el poeta quedó retratado en ellas, en un esbozo que, no por apresurado e impremeditado, resulta hoy menos reconocible a sus lectores.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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