Tres antologías maduras

Pequeños incidentes. Antología poética. Karmelo C. Iribarren. Prólogo de Luis García Montero. Visor Libros. Madrid, 2016. 244 pp.

Pequeños incidentesKarmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) ha conseguido el milagro de que su poesía no asuste de entrada al lector temeroso de que la lectura de un libro de poemas suponga abrirse paso en un inextricable bosque de referencias literarias y de obsesiones personales igualmente por descifrar. Su mundo, en principio, es el de un espectador que encuentra en la realidad más inmediata –en los trayectos en autobús, en los paseos sin rumbo por la ciudad, en el rato de tomarse un café– sobrados motivos tanto para el asombro como para la cautela y la observación sardónica. No es un pesimista impenitente (“Los árboles, al menos, funcionan, hacen / lo que tienen que hacer en otoño; deshojarse “), pero tampoco una presa fácil del arrebato místico de andar por casa (“No me he asomado al día / en todo el día, / y ya no está. / Apenas unos harapos de crepúsculo / colgando / de antenas / y cornisas / es cuanto queda de él. / Seguramente / lo mejor.”); no es exactamente lo que suele entenderse por poeta social, pero sí un espectador piadoso de la desigualdad y el fracaso individual y colectivo que suponen la pobreza y el fracaso, frecuentemente representados en sus poemas por irredimibles vagabundos, viejos vencidos, prostitutas y derrotados en general (“Por cinco libras / y un paquete de rubio / podías tirártela / en un viejo 1.500…”); no es un exaltado poeta amoroso, pero sí el autor de un puñado de certeros poemas sobre la posibilidad de la felicidad en el pequeño reducto de la intimidad entre dos. Hay que decir que la aparente facilidad de estos poemas, casi siempre resueltos en unas pocas frases de andadura coloquial y sin aparente recurso al arsenal retórico de la tradición literaria, es engañosa: Iribarren es un poeta dotado de un excelente sentido del ritmo de la idea y la frase –y que sabe jugar como nadie a servirse de la métrica imparisílaba tradicional (endecasílabos y heptasílabos) sin que el lector apenas se dé cuenta–; y es dueño, asimismo, de una igualmente sorprendente intuición para detectar el punto justo en el que es posible infundir a una observación aparentemente trivial la tensión expresiva que la convierte en poema. Nada que ver, por tanto, con la legión de poetas casi ágrafos que triunfan en las redes sociales y entre los cuales hay alguno que dice admirarlo.  En la decena de libros que recorre esta antología –y que también pueden leerse íntegramente en Seguro que esta historia te suena, la compilación de su poesía completa publicada por Renacimiento–, Karmelo C. Iribarren ha devuelto el placer de leer poesía a muchos lectores que empezaban a percibir el arte del verso como un aburrido ejercicio de retórica para iniciados. Y lo ha hecho sin renunciar al empeño de construir un mundo personal  y una voz propia.

La soledad del aguacero. Antología poética 1988-2016. Rafael Adolfo Téllez. Epílogo de José Julio Cabanillas. Prólogo de Andrés Trapiello. Renacimiento. Sevilla, 2017.221 pp.

La soledad del aguaceroTanto el prologuista como el epiloguista de esta antología de Rafael Adolfo Téllez (Palma del Río, 1957) aluden a la cualidad un tanto fantasmal que tienen los ambientes, lugares y personajes que comparecen en estos poemas: Cabanillas menciona incluso un posible parentesco con la atmósfera de la novela Pedro Páramo del mexicano Juan Rulfo. Como en ella, efectivamente, estos poemas aluden a lugares y escenas que lo mismo podrían situarse en el presente que en el inmediato ayer o en un pasado inmemorial, e invocan a personajes que no son simples sombras recordadas, sino presencias palpables, aun a pesar del hecho incontestable de que el poeta los interpela desde una clara conciencia de lejanía y pérdida. Llama la atención que esta puesta en pie de un mundo tan acusadamente irreal, tan palpablemente desligado de los condicionamientos del tiempo y el espacio, se logre sin ejercer ninguna violencia sobre la función puramente denotativa del lenguaje: las palabras de Rafael Adolfo Téllez son parcas y precisas y se aplican en la inmensa mayoría de los casos a nombrar realidades elementales: la lluvia, el pan, los aperos de labranza y los utensilios de cocina, etcétera. Con esos parcos elementos, y con un personalísimo sentido del ritmo, que no es nunca el que impone el metrónomo, sino el que dicta un oído bien surtido de lecturas poéticas, pero nunca atento a contar sílabas, Téllez logra el milagro de poner en pie algo de lo que la mayoría de sus coetáneos se ha desentendido, y que quizá sea la primera obligación que debiera imponerse un poeta: la construcción de un mito; en su caso, un relato fundacional en torno a la identidad personal, la necesidad de no olvidar los propios orígenes, la entronización de los muertos en un ámbito sagrado desde el que tutelan o inspiran benignamente a los vivos: “Con su faldón oscuro, ancho, sacramental / va de un lado a otro, / entre el olor triste de las muchas hojas muertas / y pide al dios pequeño de las cosas / algo de amor, de compasión / la torpe anciana…”. Puede darse por seguro que el lector de Rafael Adolfo Téllez guardará siempre una precisa memoria de haber recalado en un paisaje poético muy particular; y que, sin embargo, se le impone con la fuerza de un singularísimo dejà vu. Habíamos olvidado nuestro conocimiento de primera mano de ese mundo elemental y la poesía de Rafael Adolfo Téllez ha venido a refrescárnoslo.

Ya nada más. Mario Míguez. Colección DKV de Poesía, Libros Canto y Cuento. Jerez de la Frontera, 2017. 61 pp.

portada_ya_nada_masReúne este libro, según reza su colofón, una “selección de poemas de Mario Míguez realizada por José Mateos” a la que “se [le] han añadido cinco sonetos inéditos”. El resultado se lee como un libro estrictamente unitario, construido con absoluta severidad en torno a la idea heideggeriana, pero en último término cristiana, del “ser para la muerte”. La palpable irrealidad del “mundo evanescente” no es incompatible con la evidencia de que ese mundo es lo único en lo que el hombre puede fundar sus afectos: imposible, por tanto, no “besar a la muerte en los labios” cuando besamos un cuerpo amado, como expresa agónicamente el poema “Yo no quiero…”. Aún así, el poeta no se llama a engaño. Los “agonizantes”, por ejemplo, que se describen en el poema del mismo título, “hacen gestos de esfuerzo, que parecen / imponentes, inútiles, absurdos: / dificultosamente empujan con el pecho / una puerta de bronce”. Para Mario Míguez no parece haber duda de lo que hay tras esa puerta y tras el cese de ese esfuerzo: “Quedan quietos de golpe: al fin respiran”. Todo su libro es una consideración de la posibilidad de ese otro ámbito en el que es posible “respirar”: “Sólo respiración, sólo sonrisa… / Nada más me es ahora necesario… / Ya respiro en mi Dios… Y ya mi prisa / por vivir en el Tiempo, este precario / Tiempo en que nos cansamos, se ha aquietado…”. Independientemente del grado de asentimiento que cada cual otorgue a esta manera de entender la vida, Mario Míguez consigue articularla con intensidad y convicción, amén de con una dicción poética impecablemente clásica. En la medida en que sea posible desligar su poderosa visión poética de cuestiones doctrinales particulares –y especialmente de opiniones sobre el estado moral de la sociedad contemporánea, como las que se expresan en los poemas “Europa” o “La muralla”, por ejemplo–, su poesía alcanza alturas muy poco frecuentadas por el vuelo rasante de la mayoría de sus contemporáneos, e incluso puede parangonarse sin desdoro con la de sus más ilustres precedentes. “El violín”, por ejemplo, podría ser una excelente recreación de algún posible poema de los “metafísicos” John Donne o George Herbert, si a éstos se les hubiera ocurrido escribirlo.

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Autor/a: CaoCultura

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