Topografía sentimental: las novelas policíacas de “David Serafín”

No soy muy aficionado a las novelas policíacas. Las novelas que me gusta leer –y, por tanto, las que me gusta escribir– son las que los viejos tratadistas del realismo definían como tranches de vie; y eso, sin sentirme un realista de observancia estricta, ni mucho menos. Me gustan las novelas abundantes en observaciones atinadas y minuciosas, tanto físicas como psicológicas; lo que tampoco quiere decir que me guste la novela morosa o lenta, porque no hay nada que impida que una página de observaciones certeras esté escrita con agilidad y buen pulso y pueda leerse con la misma avidez que una en la que se cuente algún momento decisivo de una trama de acción. Para el lector entrenado, una página pertinente es siempre emocionante, aunque lo que cuente no se traduzca en acciones que quiten la respiración o se salgan de lo común. 

Todo esto viene a cuenta de la racha en que cayeron en mis manos algunas novelas de intriga policíaca de “David Serafín”, pseudónimo del prestigioso hispanista galés Ian Michael (1936), “Duque de Bernal” en el imaginario Reino de Redonda concebido por el novelista español Javier Marías a mayor gloria de sus amigos. Desde 1979 y a lo largo de la década siguiente, leo en la nota introductoria a Sábado de Gloria, reeditada en 2010 por Editorial Berenice, este hombre firmó una serie de seis novelas, publicadas originalmente en inglés, en las que se contaban otros tantos casos del comisario Bernal, alias “el Caudillo” –por su parecido físico con el dictador–, con destino en la sede central de la Dirección General de Seguridad, sita todavía entonces en la madrileña Puerta del Sol, en el edificio que ahora es sede de la presidencia de la comunidad de Madrid, pero del que todavía se recuerda su ominoso uso como centro de detención, tanto en casos de delincuencia común –como el que constituye el meollo de la novela Tiempo de silencio (1962) de Luis Martín Santos, que contiene memorables escenas situadas en ese edificio– como por delitos políticos.

Serafín sitúa sus novelas en los años inmediatamente posteriores a la muerte de Franco, y por tanto en un período en el que buena parte del aparato del estado permanecía fiel a los comportamientos y consignas a los que habían obedecido a lo largo de la dictadura. El propio Bernal es ejemplo de ello; pero, quizá en irónica referencia por parte del novelista a la maleabilidad de esos cuerpos policiales, su celo profesional con frecuencia lo lleva a desenmascarar tramas involucionistas con cuya ideología podía incluso simpatizar. En ello, Ian Michael no hace sino plegarse a una de las convenciones más sólidas del género, la que hace que los detectives se enfrenten a los delincuentes, no desde un planteamiento maniqueo por el que unos representan el bien y los otros el mal, sino simplemente porque, en un reparto de papeles determinado en gran medida por el azar, por los condicionamientos sociales, por el destino incluso, unos han caído a un lado de la línea y otros en el contrario.

La primera de estas novelas, Sábado de Gloria, se sitúa en la Semana Santa del año 1977, en vísperas de la controvertida legalización –vista con muy malos ojos por los sectores más involucionistas del aparato del estado– del Partido Comunista de España… Uno elige el sentido y las líneas generales de lo que quiere leer, pero casi nunca los títulos concretos, que van apareciendo un poco al azar; o, mejor dicho, al hilo de ese azar sesgado que se concreta en una predisposición especial a cierta clase de libros, y no otros. Y éste de David Serafín llevaba entonces meses en mi casa y uno no acababa de encontrar el el momento de leerlo. Pero andaba uno entonces escribiendo una novela ambientada en Madrid y le venía bien, para mantener fresca la memoria visual y referencial, leer otros libros situados en la capital; y fue entonces cuando, hojeando casualmente esta novela, caí en la cuenta de que respondía plenamente a ese interés coyuntural. Se entrega uno con gusto a esas inclinaciones impremeditadas: equivalen a esas rachas en las que el cuerpo demanda el consumo de cierta clase de alimentos y no de otros, como ocurre, por temporadas, con el chocolate, el marisco o ciertas clases de fruta.

Sábado de Gloria, en ese sentido –y casi en ningún otro– no defrauda. Madrid está en ella incluso en detalles que con frecuencia pasan desapercibidos al visitante ocasional. Su pulular de vida, sus bares, el pulso de la calle, los viejos pisos de la burguesía más rancia… Y, sobre todo, la irresuelta tensión, hoy tan perceptible como entonces, o quizá más entre el dinamismo de una ciudad moderna y la inercia retrógrada de buena parte de su población, de la que el flemático comisario post-franquista es un excelente ejemplo. El argumento, que desvela una verosímil trama golpista –una más de las muchas que hubo, o que al menos se esbozaron, en aquellos años– casi es lo de menos: lo que verdaderamente importa es que permita al autor movilizar todo ese hormiguero humano sobre un telón de época claramente reconocible y muy bien entendido por parte de un observador lo suficientemente distanciado, pero también buen conocedor del medio al que se refiere.

El escritor Ian Michael, que firmaba como «David Serafín».

Bajo esa impresión leí también Madrid Underground, segunda novela de la serie, también reeditada por Berenice. Y no dejó de emocionarme –lo dejé anotado– que uno de sus capítulos describiera un trayecto de metro que yo solía hacer con frecuencia cuando documentaba en Madrid mi novela en ciernes: el que va de Plaza de España a Aluche, que ahora exige combinar las líneas 10 y 5 y entonces, en la época en que está ambientada la novela, era una sola línea, que se conocía como “el [ferrocarril] suburbano», en consonancia con su carácter periférico y con el hecho de que gran parte de su recorrido transcurriera, entonces como hoy, en superficie. Es una línea poco frecuentada a partir de cierta hora; lo que, unido a la desusada extensión de los tramos que la forman, y al hecho de que en ellos el viajero perciba la elevada velocidad que adquiere el convoy y el acusado desnivel del recorrido cuando éste se lanza, desde la relativa altura de la estación de Príncipe Pío, a salvar por debajo el cauce del inmediato río Manzanares, hace que la soledad y la sensación de desamparo sea aún más acusada. En este recorrido sitúa el novelista galés la aparición de una caja que contiene una ensangrentada cabeza humana… Y lo curioso es que este espantoso hallazgo lo efectúa una mujer que viaja sola y, como todos los solitarios, va rumiando casi en voz alta sus obsesiones particulares. Como me ocurría a mí mismo en parecido trance. Como debió de experimentar el propio Ian Michael en alguna de sus estancias capitalinas.

Con Madrid Underground puse momentáneo final a aquella continuada dieta de lecturas madrileñas que me había impuesto desde el inicio de la redacción de mi novela – que terminó llamándose, creo que con propiedad, Ronda de Madrid–. Fue un experimento curioso, sobreañadido a un experimento anterior: tras la buscada regresión real, in situ, a impresiones y recuerdos de veinticinco años atrás, el añadido de sucesivos reconocimientos inducidos por una serie más o menos impremeditada de lecturas, películas, canciones, etcétera; a las que había que añadir todos esos benditos hallazgos que el azar depara a quien se halla excesivamente predispuesto en determinado sentido. A partir de ese momento, además, perdí el rastro a esas reediciones por parte de Berenice, que ni siquiera sé si continuaron.

Leí luego otras novelas de David Serafín: una en versión original, cuyo título no recuerdo, que encontré en el batiburrillo de novelas de evasión que decoraba un estante en una casa de alquiler turístico en Cuenca; y otra que compré en un puesto callejero de libros en Salamanca, y que era la edición española, que publicó Grijalbo en 1986, de The Body in Cadiz Bay, que aquí se tituló Incidente en la Bahía, en la que Bernal, durante sus vacaciones gaditanas, es requerido para investigar la muerte aparentemente accidental de un buceador, que al final resulta estar relacionada con otra trama desestabilizadora de repercusiones internacionales. Pero, de nuevo, lo importante es la puesta en valor que el autor hace de sus dotes de observación, de su capacidad para la precisión toponímica y de su casi obvio propósito de que sus libros, además de ser distraídos por sí mismos, funcionen a la vez como acicates para que el lector que haya estado en esos lugares los reconozca y reviva a lo largo de su lectura.

Se ha escrito poco, creo, sobre esta función reminiscente de la literatura abundante en información topográfica y ambiental. Pero no cabe duda de que es uno de los grandes acicates de la lectura: ¿quién no lee con placer libros que se refieren a lugares que conoce bien y que le agrada recordar? Puede que el propio Ian Michael se transmutara en “David Serafín” para revivir sus propias impresiones de un país que amaba.

Me quedan dos de sus novelas por leer.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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