Todo claro y sencillo

‘Tempestades de acero.Seguido de El bosquecillo 125 y El estallido de la guerra de 1914’. Ernst Jünger. Traducción del alemán de Andrés Sánchez Pascual. Tusquets Editores. Barcelona, 2018. 449 pp.

Dentro de la modesta, pero perceptible, oleada de publicaciones relacionadas con la Primera Guerra Mundial (1914-1918) con motivo del centenario de su final, conmemorado el 11 de noviembre del presente año, cabía predecir que no podía faltar la reimpresión de Tempestades de acero del alemán Ernst Jünger (1895-1998) en la ya clásica traducción española debida a Andrés Sánchez Pascual y publicada por Tusquets.  Hay varios motivos para aplaudir la reaparición de esta obra en las librerías, aunque solo sea por el hecho de que, desde la primera edición de este renuente clásico en 1987, solo se había reeditado una vez, hace ya trece años.

En el intervalo entre las dos fechas mencionadas, la fama de Jünger no hizo otra cosa que aumentar, aunque no tanto de la mano de este libro primordial, como de sus célebres y quizá un tanto sobrevalorados diarios (Radiaciones, publicados en seis entregas). En una coyuntura que había visto la caída del Muro de Berlín, el fin de la división de Alemania en dos estados y el espejismo de un triunfo sin paliativos de la democracia liberal tras la disolución del bloque comunista, los diarios del desencantado Jünger, que había luchado en el ejército de su país en las dos guerras mundiales, aportaban distancia crítica y un punto de razonado escepticismo hacia la realidad moral y geopolítica de lo que conocemos como Europa Occidental, y lo hacía con las credenciales de quien había sabido ver a tiempo la diferencia entre un razonado patriotismo y los abismos a los que abocaba la pesadilla hitleriana. Conservador, orgulloso de su trayectoria vital y poco dado a entonar las palinodias con las que otros intelectuales de su tiempo habían logrado conjurar los fantasmas de su propio pasado, el ya nonagenario Jünger que triunfaba entonces en España aparecía casi como una figura del nuevo imaginario “posmoderno”, desideologizado, individualista y propenso a apoyarse en verdades paradójicas. En ese contexto, también estas Tempestades de acero merecieron su lugar en el panorama editorial, pero fueron vistas, quizá, como un resabio del viejo pasado nacionalista e incluso belicista del viejo escritor que ahora militaba en las filas del desencanto y el escepticismo.

Desde luego, el lector que no pueda blasonar de ser experto en la obra de Jünger tiene difícil calibrar la verdadera intención y alcance de su libro de recuerdos de la Gran Guerra. Sometido a revisiones continuas desde su primera edición en 1920, el texto al que los lectores tienen acceso hoy es el de su última edición, en 1961, en la que su traductor afirma que “no hay ni una sola frase que no haya sido revisada y mejorada”. Hay razones para suponer, no obstante, que esas revisiones no afectan solo al estilo, sino que también tienen que ver con la supresión de los abundantes pasajes reflexivos con que contaban las primeras redacciones, en beneficio del casi aséptico relato que hoy podemos leer. No hay en este libro, en efecto, nada comparable al explícito mensaje antibelicista del gran clásico popular de la literatura sobre la Gran Guerra, la novela Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque, como tampoco comparece en este singular texto el esbozo de la gran crisis existencial que se plantea en otra archiconocida novela sobre aquel conflicto, la norteamericana Adiós a las armas de Ernest Hemingway, tan influida por el protoexistencialismo del español Pío Baroja en El árbol de la ciencia.

En Tempestades de acero, en efecto, apenas hay lugar para que su narrador se plantee el absurdo de la desproporcionada matanza en la que le cupo participar o la parte de responsabilidad que cabía atribuir a las clases dirigentes de entonces. Es cierto que, en su versión actual, la obra de Jünger aparece convenientemente depurada de exaltaciones nacionalistas; pero es continua su apelación a una especie de fraternidad primordial entre todos los alemanes, y muy especialmente entre los hombres –nunca mujeres– unidos por la movilización contra el enemigo. Jünger quiso vivir la experiencia de la guerra como uno más; hasta tal punto, que, según él mismo cuenta, al principio le pareció conveniente hacerlo como simple soldado raso, sin responsabilidades. Fue su padre, afirma, quien lo animó a optar a un puesto de oficial, y como tal lo vemos actuar en los años culminantes de la “batalla de material” en el Somme y otros frentes, cuando la matanza continua e impersonal revestía verdaderamente los caracteres de una “tormenta de acero” –excelente metáfora– bajo la que caían centenares de miles de hombres. Con todo, no siempre la Muerte –con mayúscula, como la suele nombrar Jünger– se presenta de ese modo impersonal: el propio alférez contará en más de una ocasión su enfrentamiento cara a cara con algún que otro enemigo y cómo un tiro de pistola o un oportuno lanzamiento de granada lo libraron de él: poca veces un autor contemporáneo ha narrado con tanto desparpajo su contribución personal a la matanza colectiva. Y solo en una ocasión, cuando el anglófilo Jünger, que lee el Tristram Shandy de Sterne en sus momentos de descanso entre escaramuza y escaramuza, se para a mirar la cara de un joven inglés a quien acaba de matar, condesciende a emitir este sopesado juicio: “El Estado, que nos exime de la responsabilidad, no puede librarnos de la aflicción”. Pero pocas señales de aflicción dará el alférez Jünger en lo que le queda de relato; por el contrario, cuando éste se aproxima a su fin –que no será el Armisticio de noviembre de 2018 y la tácita admisión de la derrota alemana: una grave herida sacará al autor del teatro de operaciones unos meses antes–, el joven militar todavía tendrá ánimos para describir su experiencia de guerra como “una iniciación”, resultado de que el conflicto lo haya llevado a sondear “las profundidades de determinados espacios sobrepersonales”.

Ernst Jünger.

Es posible que todo esto resulte muy ajeno al lector de hoy, a quien seguramente resultará más cercano, por ejemplo, el relato más subjetivo y personal que Jünger hace de estos mismos hechos en el opúsculo El bosquecillo 125 (1925), también incluido en esta edición española, en el que se refiere a los cuadernos en los que fue anotando sobre el terreno sus impresiones de la guerra y explica sin ambages algunas de las curiosas paradojas morales y existenciales a las que se ve sujeto un joven inmerso en una carnicería de estas dimensiones, y que desde luego no tienen nada que ver con las delicadas, y quizá impostadas, consideraciones que se hacen los personajes de Remarque o Hemingway: “En el campo de batalla –afirma Jünger– todo es claro y sencillo; mis deberes están fijados en el reglamento: no necesito ganar dinero: el rancho nos lo reparten gratis; si me van mal las cosas, tengo mil compañeros de infortunio; y, sobre todo, cualquier problema se diluye y queda reducido a una agradable insignificancia cuando se vive a la sombra de la Muerte”.

¿Es todo tan sencillo? No es fácil dilucidarlo desde la cómoda posición de un lector occidental de principios del siglo XXI. Hay que decir también que la excelente prosa de Jünger, aplicada a la descripción reiterada de escaramuzas de la guerra de trincheras, bombardeos devastadores, despedazamientos y alguna que otra ruda broma cuartelera, resulta tan admirable como, a la postre, un tanto cansina. Jünger abruma donde otros –piénsese en los “poetas de la guerra” ingleses, como Rupert Brooke o Edward Thomas– conmocionan y emocionan. Pero quizá la diferencia estriba en que, al contrario que éstos, que murieron en la guerra, Jünger sobrevivió y tuvo tiempo de componer el gesto con el que ha querido pasar a la posteridad. Ello no quiere decir que su testimonio no resulte, de un modo quizá un tanto ajeno a nuestra sensibilidad moderna, estremecedor.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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