Sylvia Plath al margen de su biografía

En la resaca de mis lecturas de poesía norteamericana del siglo XX, recalo en  Sylvia Plath (1932-1963), a la que leo en la antología póstuma de su obra que publicó su marido, Ted Hughes. Y releo también un apasionado librito sobre ella que reseñé hace años para El Cultural: La mujer en silencio. Sylvia Plath y Ted Hughes de Janet Malcolm. Lo primero tiene sus inmediatas compensaciones: Plath, en efecto, aprendió bien la duradera lección que la vanguardia anglonorteamericana legó a la posteridad: la de que es posible articular un discurso poético eficaz basado en asociaciones más o menos libres, muchas veces sustentadas en imágenes, y que este discurso puede sustituir con ventaja al discurrir más o menos lógico de la retórica tradicional.

Los mejores versos de Plath se basan en este principio, que se impone con facilidad incluso a los excesos verbales más o menos expletivos a los que tantas veces se entrega esta poeta tan mal avenida con el mundo. Nada más que por eso merece la pena leerla: su obra es un ejemplo de los benéficos efectos que una coyuntura poética bien encarrilada puede ejercer incluso sobre poetas poco conscientes de los recursos que manejan. En ese sentido, Plath es una excelente discípula (quién lo diría) de esos grandes clasicistas –en el sentido de iniciadores o fundadores de tradiciones que venían a reavivar las ya existentes– que fueron Eliot y Pound.

Sylvia plath.

Poemas como “Winter Trees” (“Arboles de invierno”) y “Sheep in Fog” («Ovejas en la niebla») representan la culminación del arte de Sylvia Plath; y, si se quiere, la culminación del programa que se propuso la poesía norteamericana del siglo XX, según quedó éste enunciado por la entusiasta caterva imaginista: acuñar poemas que aunasen la inmediatez visual y el complejo emocional asociado a esa imagen. En ese sentido, de haber perseverado esta poeta en esa dirección, habría llegado a representar, respecto a la vanguardia norteamericana, lo que Federico García Lorca fue para el surrealismo europeo: un poeta verdaderamente dotado, original, capaz de extraer todo su potencial al nuevo campo abierto. Sabido es que la poesía de Plath frecuentemente se decantó por otros derroteros, a los que debe su actual popularidad –que la poeta no llegó a disfrutar en vida– y su capacidad polémica. Pero eso no resta mérito, en absoluto, a la evidencia de que llegó a tocar, en contados poemas, la meta expresiva con la que habían soñado los poetas norteamericanos de las dos generaciones precedentes.

Lo curioso de estos dos poemas –a los que podríamos sumar algún otro, como los dos dedicados a las amapolas: “Poppies in July” y “Poppies in October”– es que su dependencia respecto a determinados recursos expresivos de la lengua inglesa es tal que resultan prácticamente intraducibles. Porque a ver cómo transmite uno, por ejemplo, el primer verso de “Winter Trees” –“The  wet dawn inks are doing their blue dissolve”– con la misma concentración expresiva que el original. Lo máximo a lo que puedo llegar es a este versículo dual, compuesto de dos endecasílabos: “Las tintas frescas del amanecer están obrando su fundido azul”. Pero ¿no se pierde aquí el otro sentido de dissolve, desleír, que tan bien casa con la cualidad líquida de las tintas que operan el fenómeno descrito?

Más complicado, me parece, es rendir el significado de este otro primer verso, el de “Sheep in Fog”: “The hills step off into whiteness”, que quizá podríamos arriesgarnos a traducir así, haciendo uso de nuevo de un versículo dual, eneasílabo  y heptasílabo: “Un paso más y las colinas se pierden en lo blanco”

Y dejo estas anotaciones, que he ido haciendo en los márgenes de la edición inglesa de la antología póstuma que mencioné antes, y en las que ahora, cuando las copio aquí, me parece entrever un método para abordar la traducción de este tipo de poesía –esencialmente amétrica, sí, pero muy apoyada en recursos rítmicos y léxicos casi exclusivos de la lengua inglesa– a un dialecto poético castellano que también apele de algún modo al buen oído del lector de poesía en esta lengua. Y ello, sin discutir los logros de las traducciones ya existentes, alguna de las cuales –la que publicó Raquel Lanseros en 2018– incluso he reseñado.

Sylvia Plath y Ted Hughes

Sylvia Plath y Ted Hughes.

También lo hice en su día, como ya he mencionado, con el ensayo biográfico sobre Plath y Hughes que hizo Janet Malcolm y cuya traducción española se publicó en 2003. En su día me pareció una joyita y todavía hoy soy de esa opinión: uno de esos libros personales nacidos a contrapelo de una pesquisa erudita. Sin embargo, y a la luz de los motivos que hoy me llevan a él, su relectura me decepciona: qué poco aporta la biografía de un poeta, incluso una no-biografía como ésta, polémicamente reñida con los principios básicos del género, al conocimiento de su obra. Si acaso, detrae méritos y nos hace concebir la inquietante idea de que la creación literaria casi nunca vale el alto precio que algunos han pagado por ella. A la luz de la biografía de su autora, la poesía de Plath  puede parecer –no digo que lo sea– un subproducto patológico y el precio de su consecución incluye la infelicidad de varias personas: ella misma, su marido, algunos de  los allegados de ambos e incluso no pocos lectores que han creído necesaria una cierta asimilación de las posturas vitales de la poeta para poder entender y apreciar su obra.

Sabemos ya que no es así, aunque para ello debamos hacer un esfuerzo adicional de objetivación que quizá no siempre es posible. Ocurre lo mismo con los accidentes vitales e históricos que llevaron a la temprana muerte de Keats o Lorca, pongo por caso. Sus biografías son siempre un estorbo para entenderlos. Aunque nos digan muchas otras cosas, por supuesto, del tiempo que les tocó vivir.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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