Sextinas y villanelas: el artificio humanista de Lyn Coffin

En el origen de la poesía está el tabú, la interdicción, la convicción –en suma– de que la palabra es la cosa. Construido sobre la repetición y el paralelismo, el tabú adquiere dimensiones mágicas, pues la palabra repetida funciona como letánica insistencia y tiene, a la vez, los poderes de conjurar e invocar.

Tan primitiva (y primordial) concepción de la poesía subyace en la creación de Lyn Coffin (Flushing, Nueva York, 1943), poeta, novelista, dramaturga, traductora, editora, ensayista…, cuya amplísima y heterogénea obra se reconoce, por igual, tanto en la posmodernidad como en referencias muy arcaicas (suya es, por ejemplo, la traducción del poema épico medieval georgiano El caballero de la piel de tigre, con la que alcanzó el prestigioso premio SABA).

En el prólogo a la edición en inglés de La cara oculta de las gárgolas, Sharon Cumberland destaca la valentía de Coffin al presentar un libro entero construido sobre las exigentes fórmulas de la sextina y la villanela, desafiando así el protagonismo que actualmente está alcanzando la poesía performática (spoken word, slam, hip-hop…), y destaca, asimismo, “su brillante control de la rima, la metáfora, la narrativa y las imágenes”.

Al trovador de la segunda mitad del siglo XII Arnaut Daniel debe la literatura la invención de la sextina, un subgénero métrico de estructura sofisticada y rigurosa, que a lo largo de los siglos y a lo ancho de los idiomas ha retado al genio poético de Dante, Petrarca, Gutierre de Cetina, Ausiàs March o Ezra Pound, entre otros muchos. Bajo la apariencia lúdica y exquisita del trobar ric, Arnaut Daniel propone, con su sextina, una serie de seis estrofas (más un envío) regidas por la repetición sucesiva y ordenada, en cada una de ellas, de las mismas palabras-rimas. El resultado es, sí, una exhibición de maestría formal, pero también una magistral vuelta de tuerca a temas y motivos que, en la tradición trovadoresca, parecían, en su momento, haber caído en un inevitable automatismo.

De la misma forma, Lyn Coffin remoza la soledad, la niñez, el amor y el sufrimiento –temas eternos- en las narraciones que albergan las sextinas de los tres ecos que se oyen en La cara oculta de las gárgolas: “Voces masculinas”, “Voces femeninas” y “Voces de género fluido (amor)”.

Si las sextinas abundan en la primera parte (“Voces masculinas”), las villanelas lo hacen en la segunda, como si -¿intuitiva o consciente?- la autora reconociera que la voz de la mujer, de tanto habérsele exigido silencio, necesitara sugerir más que explicar, comprimir en un átomo los ayes que de tan largos no admiten narración. La villanela no es épica, sino canción, lirismo; de fórmula métrica también ajustada, sus tercetos tejen un delicado ir y venir de la expresión nuclear, y su lectura no puede dejar de evocarnos toda esa lírica pan-europea puesta en boca de mujer: el ambiente intimísimo de las antiguas jarchas («Mamá me dijo que no había mucho que explicar, / sangraría muchos años y luego me secaría»), el acuático y femenino leixa-pren de las cantigas de amigo, o los estribillos intensísimos de los primitivos villancicos castellanos («Cuanto pudiera saber, yo BIENQUEMELOSABÍA… / Cuanto pudiera saber, yo BIENQUEMELOSABÍA… / Cuanto pudiera saber, yo BIENQUEMELOSABÍA…»)

Se entenderá que, con tal formulación poética, el reto de la traducción no devenga ni siquiera en un equilibrio funambulista, sino en una caída libre, sin red, en la que Elizabeth Candina y José Blanco planean sin estrellarse, igual que Arnaut Daniel, sin romperse la crisma tampoco, traducía en sus sextinas el gorjeo de los pájaros. Los traductores explican sus dificultades partiendo, antes de nada, de la ductilidad que el inglés permite en el uso de las palabras-rimas, naturaleza que no subyace en el castellano, y que les ha llevado a tomar decisiones arriesgadísimas a la hora de adaptar la métrica regular de las estrofas o de apartarse de traducciones literales que, siéndolo, se alejaban paradójicamente del sentido original («siempre hemos buscado ser fieles al texto original, y esto se consigue, a veces, alejándose antes que plegándose totalmente»). El resultado es brillante, tremendamente emocionante en ocasiones.

Tanto la edición en inglés de La cara oculta de las gárgolas como la traducción de Candina y Blanco incluyen, al final, un extenso poema titulado «Oh!» por Coffin, y ahora traducido como «¡Ay!». Los asistentes al encuentro de EDITA de 2022 tuvimos el privilegio de escucharlo de boca de su autora y, en aquel momento, recuerdo que declinamos el ofrecimiento de traducción simultánea que nos hizo la intérprete. Porque la rima, la repetición, la letanía de los ángeles precipitándose al vacío desde las Torres Gemelas eran un conjuro, una invocación del humanismo: universal, intraducible.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) recoge sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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