“Serafín” y Manuel del Arco, peripatéticos (y dibujantes)

Encuentro en Una cierta edad, los dietarios del periodista y crítico teatral Marcos Ordóñez, una evocación del también periodista y caricaturista Manuel del Arco (1909-1971), que el diarista cita entre sus referentes periodísticos y también como alguien ligado a su memoria sentimental. Lo que me recuerda cómo llegó a mis manos su libro 101 interviús por las buenas, que incluye también otras tantas caricaturas de los entrevistados. Lo encontré en el más infecto remate de libros en el que me he metido de codos alguna vez, en el contorno de la plaza de abastos de Cádiz: ocupaba el local de un antiguo bar que llevaba lustros cerrado y que nadie se había molestado en limpiar antes de volver a abrir para albergar unas someras tarimas sobre las que el vendedor en cuestión volcó unos miles de libros previamente desechados por otros vendedores del ramo…

Entré en ese local en varias ocasiones, bajo la convicción de que entre tanto libro descabalado y semideshecho por la humedad e incluso roído de ratas no podía dejar de haber alguno valioso. Y allí estaba el de Del Arco, en bastante buen estado –salvo por la sobrecubierta, algo rasgada– y pleno de vidas singulares, de famas hoy olvidadas –quién se acuerda, por ejemplo, de Matilde «La Galleguita»– y de otras no tanto –Álvaro de Laiglesia, el modisto Pierre Cardin, el cineasta José Luis Sáenz de Heredia, etcétera.

Las entrevistas, como muy bien explica Ordóñez en su semblanza del libro recordado, eran rápidas y exigían de los entrevistados respuestas breves y certeras, de no más de dos líneas. Luego, explica Ordóñez, el periodista daba sus notas a leer al entrevistado y, si éste estaba de acuerdo, la entrevista la firmaban los dos… No me ha quedado claro si la caricatura también se hacía en el momento y el modelo había de dar también su visto bueno. Y así es como este periodista asentó una fama que –intuyo– no lo convertiría en un hombre rico y quizá más bien lo abocara a ese malvivir a fondo perdido que era el estado natural de los del gremio.

 

Walt Disney en una caricatura de Manuel del Arco.

Que se lo digan, si no, a otro conocido caricaturista de entonces, del que me acuerdo ahora porque el libro que tengo de él se editó en una colección que dirigía el ya mencionado y entonces omnipresente Álvaro de la Iglesia y lo encontré, como el de Del Arco, en un puesto de desechos: me refiero a Taurocracia, un librito de chistes gráficos publicado en 1973 por el dibujante Serafín Rojo Caamaño (1925-2003), que firmaba su trabajo con su nombre de pila. En sus últimos años, recuerdo, Serafín puso a la venta, o quizá subastó, sus famosas “marquesas”, delirantes criaturas de su invención con las que caricaturizaba determinados arquetipos femeninos de la aristocracia y la alta burguesía. El negocio no debió de salirle muy bien: años después, esos mismos dibujos aparecieron, a precios irrisorios –creo recordar que lo leí en los diarios de Andrés Trapiello–  en el Rastro madrileño.

En la nota de contraportada del libro en cuestión, seguramente redactada por De la Iglesia, se dice que Serafín es “peripatético. Ha viajado algo, no mucho –París, Italia…–  (…). Su vida es eso: pintar, viajar, dibujar, beber tintorro, celebrar exposiciones que la crítica toma a chufla…”. La descripción se ajusta bastante a los hechos. Fue uno de los últimos representantes de la vieja bohemia, con todo lo que ésta tenía de impostado y trágico. No parece del todo inapropiado que sus libros acaben en los baratillos y que haya que comprarlos como quien hace una obra de misericordia. Pero el caso es que sus dibujos son muy buenos, a mitad de camino entre lo surrealista, tal como lo practicaban los colaboradores de La Codorniz, y lo puramente esperpéntico.

‘Los humoristas’ de Serafín.

En el que abre el segundo capítulo de este libro, dos manolas tocadas con peineta y mantilla, pero con las faldas levantadas como para refrescarse, mostrando unas piernas espléndidas, contemplan desde un palco el paseíllo de una corrida de toros, y al ver a los dos alguacilillos a caballo que abren el desfile, ataviados con ropajes del siglo XVI, dicen: “Es el momento que más me gusta de la corrida; cuando salen Felipe II y su hermano”.

Peripatético también, Del Arco –que no entrevistó a Serafín, que yo recuerde– hubiera apreciado mucho ese laconismo como respuesta a una de sus preguntas escopeteadas.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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