Romántica y moderna: la poesía contracorriente de Mary Ann Evans

‘La oscuridad radiante’. Antología poética. Mary Ann Evans (“George Eliot”). Edición y traducción de Juan Pedro Martín Villarreal. Ediciones Torremozas. Madrid, 2018. 135 pp.

Como nuestra Fernán Caballero o la francesa George Sand, la inglesa Mary Ann Evans (1819-1880), más conocida como George Eliot, hubo de recurrir a un pseudónimo masculino para abrirse paso en el mundo de las letras. Aun así, y a pesar del merecido prestigio del que todavía gozan novelas como Silas Marner o Middlemarch, que se cuentan entre las más representativas de la narrativa victoriana, su obra poética no ha alcanzado todavía la difusión y el crédito que merecen, en lo que no puede descartarse el peso de los prejuicios que, entonces y ahora, pesaban sobre los logros de una mujer consagrada al cultivo de las letras; y más, como fue el caso de Mary Ann Evans, cuando su circunstancia y carácter reafirman una decidida voluntad de vivir la propia vida al margen de las convenciones sociales y con absoluta fidelidad a los dictados de la vocación y de unos principios vitales irrenunciables.

Y son quizá esos prejuicios, como subraya Juan Pedro Martín Villarreal en el prólogo a la antología que nos ocupa, los que fundamentan la amplia gama de objeciones que se han hecho a la obra poética de Mary Ann Evans: desde su presunta falta de musicalidad a su posible escaso vuelo, pasando por la radical originalidad, frecuentemente malentendida, del pensamiento que la sustentaba. Su poesía, desde luego, huye del exotismo neorromántico de los poemas más populares de Tennyson o de la impostada gesticulación de Swinburne; y, de hecho, lo que caracteriza sus intentos de acercarse a la poesía narrativa que entonces gozaba del aprecio del público es el abandono del color local y de la narración pura a favor de los intervalos reflexivos o del puro arrebato lírico: es lo que ocurre, por ejemplo, en “The Spanish Gypsy” (“La gitana española”, 1868), del que Martín Villarreal selecciona una colección de breves fragmentos cuya tonalidad se extiende desde la encantadora ligereza de “Spring comes hither” (“Aquí viene la primavera”) al controlado patetismo de “I am lonely” (“Estoy sola”), cuya andadura rítmica, basada en la repetición del lacónico estribillo que el traductor sugiere como título del fragmento, recuerda a la del hermosísimo “Sé más feliz que yo” de nuestro Juan de Arolas. A esta serie, por cierto, pertenece la acuñación que Martín Villarreal ha utilizado como título de su selección: “The Radiant Dark” (“La oscuridad radiante”), que procede del bellísimo pareado con el que se cierra el fragmento seleccionado: “O radiant dark, O darkly foster’d ray, / Thou hast a joy too deep for shallow day”, que Martín Villarreal traduce literalmente como “Oh, oscuridad radiante, oh, rayo oscuramente alentado, / tu alegría es demasiado profunda para el frívolo día”.

La traslación literal, palabra por palabra, no siempre da idea de la justeza expresiva y la contenida musicalidad de estos versos: a favor del traductor hay que decir, no obstante, que su método es efectivo a la hora de desentrañar las complejidades del original y normalmente ahorra confusiones o perplejidades al lector que quiera leer también el texto inglés. Es más de lo que se puede decir de la mayoría de las traducciones de poesía inglesa que se publican hoy; a lo que debemos añadir el logro de haber traducido estos poemas al castellano por vez primera; por más que cabe esperar que, en el futuro, esta redescubierta poeta encuentre también traductores capaces de verterla en un cauce rítmico lo más cercano posible al original.

En cualquier caso, la breve pero certerísima muestra que Martín Villarreal ofrece en esta edición es más que suficiente para que a ningún lector avisado le quede la menor duda sobre la valía de la poeta en cuestión y, sobre todo, sobre la palpable vigencia y modernidad de sus versos. Véanse, por ejemplo, los dos espléndidos ejemplos de poesía “objetiva”, de pura descripción capaz de sugerir también la posición moral y sentimental del observador, que ofrecen “In a London Drawing Room” (“En un salón de Londres”) e “In the South” (“En el Sur”), que contraponemos aquí por referirse respectivamente a una escena urbana y a un paisaje natural, pero que tienen en común la absoluta ausencia de interpolaciones subjetivas, a favor de una sobriedad descriptiva que tardaría aún más de medio siglo en ser la norma de una renovada poesía que quería depurarse de los excesos románticos: “The sky is cloudy, yellow’d by the smoke” (“El cielo está nublado, amarillo por el humo”) empieza el primero, que tiene el acierto de poner incluso una nota de movimiento en su caracterización de la pura grisura: “No bird can make a shadow as it flies / For all is shadow”” (“Ningún pájaro hace sombra mientras vuela, / pues todo es sombra”).

Mary Ann Evans más conocida por su seudónimo masculino, George Eliot.

La mera lectura de estos poemas sugiere que Mary Ann Evans se asomó a sus maestros –Keats, Wordsworth– con ojos más cercanos a los del lector de hoy que a los del victoriano. He ahí otro rasgo de su originalidad: su capacidad para entender de otro modo la tradición en la que estaba inmersa. Lo vemos en “Brother and Sister” (“El hermano y la hermana”, 1869), la extraordinaria serie de sonetos que dedica a rememorar su camaradería infantil con su hermano, del que luego se distanciaría por la incomprensión de éste hacia la atípica situación conyugal de la poeta. En esta serie, Mary Ann Evans se las arregla para combinar su laconismo característico con una mirada visionaria que bebe de lo más hondo de la vivencia romántica para reafirmar el poder incluso moral de la Imaginación ejercitada en la contemplación de la naturaleza, ese “algo desconocido, más allá, adonde volaba / el cuco que partía hacia una fresca primavera” (“some Unknown beyond it, whither flew / The parting cuckcoo toward a fresh spring time”). Esta espiritualidad estrictamente poética y pronto emancipada de la religión oficial es uno de los rasgos más singulares de la poesía de Mary Ann Evans. Que también en ese sentido fue una poeta contracorriente: si a mediados de siglo la mayoría de los poetas renombrados, incluyendo algún que otro romántico, habían vuelto la espalda a los aspectos más liberadores del Romanticismo, y sobre todo a su audaz defensa de la Imaginación como método para dirigir una mirada nueva, reveladora y crítica, hacia la realidad, Evans se reafirma valientemente en la capacidad puramente humana de recrear lo real con la mirada poética. En ese sentido fue, a la vez que una de las primeras poetas “modernas” de la literatura inglesa, también la última de los románticos. Si es que ambas cosas no son la misma.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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