Road movie (2): un viaje de ida y vuelta de extremo a extremo de la Península

Al poco de arrancar el coche y ya saliendo de A Coruña, de nuevo la pantalla da el aviso de que tenemos una rueda baja de presión. Como vamos a cruzar la frontera y se me ocurre que en territorio extranjero puede ser más complicado solucionar cualquier percance, nos detenemos en una gasolinera y llamo al seguro. Mientras esperamos la grúa, me da por mirar el neumático en cuestión y esta vez veo claramente que la llanta tiene clavado un tornillo: es decir, hemos atravesado la Península de extremo a extremo con una rueda pinchada, como si detenernos a cambiarla hubiera supuesto perder la ventaja acumulada en nuestra carrera hacia ninguna parte. Pero la demora no es tanta como cabía suponer: el gruísta, que ha tardado en llegar menos de una hora, me dice que, si se lo permito, puede reparar el pinchazo sin necesidad de llevar el coche a un taller. Dicho y hecho: se tumba a un costado del vehículo, forcejea con el tornillo clavado hasta sacarlo y con gran esfuerzo, sudando y jadeando bajo el sol de plomo, introduce en el agujero una mecha de caucho. Curiosamente, no admite propina por una reparación que en cualquier taller nos habría supuesto un gasto estimable. Se despide amablemente, dejándonos una última excelente impresión de bonhomía gallega. Sin más problemas, cruzamos Galicia de norte a sur, rodeando Vigo y su muy fotogénica ría, hasta entrar en Portugal.

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Praça do Município. Braga (Portugal).

El regreso por Portugal, dice mi acompañante, equivale a una experiencia de descompresión, como el lento camino hacia la superficie que debe hacer un buceador cuando regresa de las profundidades. Nos dirigimos a Braga. Hemos elegido esa parada también al azar, porque estaba a una distancia de A Coruña que podíamos cubrir en una mañana, aunque esta vez debamos sumar el retraso acumulado por la reparación del pinchazo. Más allá de esos cálculos, de Braga no sabíamos nada, salvo que es una población importante y con significación histórica y monumental. Lo que no sabíamos es que se trata de una ciudad de traza barroca, abundante en impresionantes plazas presididas por palacios, edificios civiles y más raramente iglesias. Predomina la arquitectura italianizante y posterior al periodo manuelino, que es el que imprime carácter a la mayoría de las ciudades monumentales portuguesas, y eso la hace muy distinta a cualquier otra. Pesa, desde luego, sobre ella la impronta eclesial: a ratos, piensa uno en una ciudad llena de seminaristas, de funcionarios eclesiásticos, de burócratas con sotana. Quién sabe, quizá la grisura del invierno favorezca esa retrospección histórica. Pero en verano, desde luego, es otra cosa.

Llegamos, como siempre, un tanto confundidos. Nuestro hotel está en el Largo de la República, la plaza más céntrica, en cuyos alrededores es imposible aparcar. Lo hacemos en un aparcamiento subterráneo en el que sería ruinoso permanecer más de lo indispensable, así que, una vez descargado el equipaje y depositado en la consigna del hotel, salimos a buscar una zona donde poder dejar el coche gratuitamente. Como suele suceder, la ciudad se presenta laberíntica para quien no la conoce, pero luego se revela mucho más manejable de lo que parecía: a apenas diez minutos a pie de la mencionada plaza céntrica, se acaba la zona de aparcamiento restringido y es posible hacerse con un hueco en cualquier calle. Resuelta esta cuestión, vamos a tomar un bocado –ya es tarde y se ha pasado la hora del almuerzo– donde sea posible. Al enfilar la calle principal casi tropezamos con la populosa terraza de una cafetería muy concurrida. Ahí tomamos un bocadillo y empieza lo que será, a lo largo de un par de días, una gratísima sucesión de asombros, el primero de los cuales es nuestra apreciación de que la cafetería en cuestión es un local añejo, de aires modernistas, que luce en la esquina un reclamo pintado que debe datar del año de la fundación del local y en el que una señora sonriente sostiene una taza bajo la leyenda “O melhor café”. Al pie, el nombre del local, A Brasileira, que es el mismo de la cervecería lisboeta en la que almorzaba Fernando Pessoa. Por las trazas, esta otra A Brasileira debe de ser coetánea y desde luego tiene el mismo encanto, e incluso más, porque la de Lisboa es ahora un restaurante turístico y ésta sigue siendo un lugar que conserva su carácter y frecuentan los naturales del lugar.

Paseo fluvial de Braga.

Esa misma tarde recorremos la mencionada calle principal hasta llegar al Arco da Porta Nova. Nombrar aquí todos y cada uno de los hitos ante los que nos detenemos sería fatigoso: me basta anotar que, a la vuelta, ya anochecido, nos sorprende comprobar que en O Chafariz do Castelo (la Fuente del Castillo) que ocupa el centro del Largo do Paço, que toma su nombre del antiguo palacio arzobispal, se baña un polluelo de gaviota, lo que resulta bastante inesperado en una ciudad que está a bastantes kilómetros del mar. ¿Andará perdido? ¿Lo habrá empujado hasta aquí el mismo vendaval que hace un par de días azotó las costas de A Coruña? Cerca, en unos escalones de piedra, posan para quien quiera fotografiarlos un par de gatos. Me llaman más la atención estos detalles que la posible reseña histórica de los monumentos que les sirven de marco, y que ya leeré en otra ocasión. También al día siguiente preferiremos entregarnos al azar antes de cumplir los objetivos de una bien planeada visita turística: queríamos ir a pie hasta el renombrado santuario de Bom Jesus do Monte, en las afueras, a una hora larga de caminata, pero nos rinde el calor y, a la vista de un sendero peatonal que transcurre por las orillas del río Este y parece que vuelve al centro de la ciudad, decidimos seguirlo, lo que nos depara, aparte de un panorama de los barrios residenciales alejados del núcleo monumental, unas hermosas vistas del propio río y de las arboledas que lo circundan y se reflejan en él. Nos decimos que este paseo bien vale lo que quizá nos hemos perdido al no subir al santuario. Por lo mismo, esa tarde mis pasos al azar me llevan a la bellísima y un tanto recatada Praça Municipal, en cuyo centro está la historiada Fonte de Pelicano, de empaque romano (por la Roma barroca, no la imperial), que me distraigo en dibujar y de la que luego sacaré una acuarela.

Vista del fuerte de Nuestra Señora de Gracia de Elvas (Portugal).

Conmovidos por toda esa belleza que dejamos atrás, salimos de Braga en dirección a Elvas, que será una vez más nuestra puerta de salida de Portugal. Comemos en un bar de carretera –bastante más limpio y económico que los que se suelen encontrar en España– y llegamos a nuestro destino a media tarde. En cuanto nos instalamos y tomamos un baño en la piscina del hotel, salimos a pasear por las melancólicas afueras de la ciudad, que conducen a una ermita junto a la cual hay un conocido restaurante que sirve imponentes mariscadas. Merece la pena hacer el paseo a pie y a la luz menguante del atardecer, que dora las tapias pintadas de blanco y rematadas por franjas y adornos de color albero, que es el que aquí han elegido para pintar los revestimientos enlucidos de las murallas. Ante la cena, cara y ostentosa, sentimos que hemos incurrido en una ordinariez, pero el paseo previo y el de vuelta nos redimen sobradamente. En otra ocasión, pensamos, más valdrá pararse a tomar un bocado en cualquiera de las tabernas populares que vemos al pie de los modestos edificios de vivienda que jalonan el camino, en segundo plano, sin estropear la hermosa perspectiva.

Muralla de Elvas (Portugal).

Cuarenta y ocho horas después enfilamos el último tramo de nuestro viaje. A la salida de Elvas, confundido, me salto un semáforo a la vista de una patrulla de la policía local, que me regaña con bastante fundamento, pero acepta mis excusas de turista despistado –no era cuestión de explicarles que en realidad somos fugitivos, que venimos huyendo…–. En apenas una hora, después de una preceptiva parada para hacer compras, estamos ya en España y enfilando la Ruta de la Plata en dirección al sur. La huida ha terminado. ¿Y de qué huíamos? No lo sé. El caso es que, fuera lo que fuera, de una cosa estábamos seguros: a nuestro regreso lo volveríamos a encontrar; aunque quizá no pudiera decirse lo mismo a la inversa: es decir, que quienes volvíamos fuéramos exactamente los mismos que quince días atrás. Habíamos atravesado de extremo a extremo dos países enteros, habíamos cometido, por precipitación o inadvertencia, errores que nos han hecho pensar, habíamos encontrado serenidad dibujando una fuente o paseando por las destartaladas afueras de una ciudad portuguesa. ¿Éramos otros? Como decía, uno es libre de fantasear: quiero pensar que sí.

Ilustraciones de José Manuel Benítez Ariza.

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