‘Road movie’ (1): un viaje de ida y vuelta de extremo a extremo de la Península

A primera hora de la mañana del domingo la autopista está vacía. Hemos partido sin otro preparativo que llenar el tanque de gasolina y revisar las ruedas, después de que la pantalla digital del coche nos avisara de que una de ellas había perdido presión: efecto de un bordillazo, seguramente. En la misma pantalla hemos sintonizado Spotify y vemos desfilar las carátulas de diversos discos de jazz. Viajar se presta a fantasías, y ya se sabe que no hay nada más previsible que una fantasía, que responde siempre a rasgos muy específicos del sujeto que la alberga. En este caso, fantaseamos con que este viaje es una especie de película, una road movie, una huida: somos fugitivos; de qué, ya se verá.

Plaza Mayor de Béjar.

En todo caso, se trata de una huida sujeta a reglas: por ejemplo, la que impone que sólo conduciremos en el hueco de la mañana y que, una vez nos detengamos a almorzar en alguna población, pasaremos la noche allí. Por eso nos hemos detenido en Béjar, a cuatro horas y media de nuestro punto de partida. Es lo que se tarda en recorrer longitudinalmente la mitad de la península: es un país pequeño. Y tórrido: la dichosa pantalla, impertinente, indica que la temperatura en el exterior roza los cuarenta grados, pero la verdad es que las estrechas calles de Béjar resguardan del sol y resultan, por contraste, frescas. Da la impresión de que, una vez haya pasado este intervalo de temperaturas desmesuradas, el pueblo debe de ser frío y, sobre todo, húmedo. Un rasgo notable de su arquitectura es que muchas casas tienen los muros forrados de tejas, cuando no de chapa ondulada. Ambos recursos –más el segundo que el primero– resultan antiestéticos: serán efectivos para preservar el interior de los hogares del frío y la humedad, pero a costa de recubrirlos permanentemente de una especie de costra enmohecida y negruzca, que da a todos los edificios, incluso los habitados, un aspecto de abandono. La realidad es que muchos de ellos están deshabitados. En el escaparate de una inmobiliaria vemos que se venden a precios irrisorios: el pueblo, por lo que parece, conoció un periodo de esplendor económico en torno a los años setenta y ochenta del pasado siglo, por efecto del auge de la industria textil. En ese tiempo creció e incluso se dotó de un ensanche de empaque urbano, con grandes avenidas, edificios modernos y un hermoso parque. Luego esa industria entró en crisis, las fábricas cerraron y medio pueblo quedó abandonado. Da mucha tristeza constatarlo.

Ayuntamiento de Béjar.

Pero, en fin, las cosas son como son. Hemos comido en un bar en el que sonaba de fondo, y a un volumen razonable, música de blues. Le he elogiado el detalle al encargado y éste me ha comentado que en el pueblo celebran todos los años un festival dedicado a ese género, lo que no me parece que disuene en absoluto de la impresión que el lugar nos está causando. El blues es una música melancólica, que casa bien con cierto sentimiento de interiorizada decadencia revertida en orgullo. Béjar debe de ser también, a su modo, un pueblo orgulloso. Lo dicen sus piedras viejas, su magnífica plaza mayor, las almenas del trozo de muralla que, desde la parte alta de esa plaza, se asoman al llano despojado e infinito. Me he sentado en las escalinatas que ascienden a ese punto elevado y desde allí he bosquejado la plaza en mi libreta. Luego hemos huido de los restaurantes turísticos –aquí también los hay– y hemos buscado una cafetería tranquila para tomar un bocado antes de dormir.

Al volver a poner en marcha el coche al día siguiente, vuelve a saltar el aviso de que una rueda pierde presión. Salgo a echar un vistazo: a simple vista y al tacto no se nota nada. De todas maneras, paro en una gasolinera y, tras comprobar que, efectivamente, la rueda se ha desinflado un tanto, aunque no hasta extremos preocupantes, le devuelvo la presión requerida y seguimos camino.

Faro de Hércules.

De nuevo, conducimos a lo largo de la mañana, hasta llegar a A Coruña, donde permaneceremos una semana. Nos habían advertido que trajéramos un chubasquero y alguna prenda de abrigo ligera, porque las tardes tienden a refrescar, pero de nuevo nos sorprende que las temperaturas superen ampliamente los treinta grados y no haya apenas alivio por la noche. Ello nos impide hacer la vida callejera que teníamos planeada, y lo cierto es que la mayoría de nuestros paseos son sumarios: lo justo para visitar los lugares más nombrados, hacer fotos, llegar a tales o cuales restaurantes. Gran parte del día la pasamos en nuestra habitación, disfrutando del aire acondicionado. Aún así, el tiempo cunde. Como nuestro alojamiento está pegado a la bahía y tenemos al otro lado el Faro de Hércules, mi primer dibujo es el de esa perspectiva, a la hora en la que las sombras se alargan lo suficiente como para permitir que el dibujante encuentre un banco en el que sentarse a resguardo del sol. En esa hora incierta, me baño también en alguna de las calas adyacentes, que son refugio de quienes por alguna razón huyen de la playa principal y más concurrida: parejas con niños propensos a perderse en las multitudes, viejos, alguna que otra chica que toma el sol en topless y entre las piedras se siente a salvo de miradas indiscretas. Luego salimos a cenar, cada día en un sitio distinto, algunos muy dignos de elogio –pienso en un acogedor figón llamado O Recodo–, otros más o menos turísticos. En general, como vamos guiados por gente que vive allí, acertamos.

Betanzos.

Llevados por estos amigos hacemos también, en los días siguientes, algunas excursiones a los alrededores: almuerzo en Betanzos con parada, a la vuelta, en Sada, donde nos detenemos al lado de la Terraza, la impresionante cafetería modernista, de hierro y cristal, alineada con la ría; excursión de casi veinte kilómetros de marcha –eso sí, en un día nublado– a lo largo de la ribera del Eume hasta llegar al monasterio de Caaveiro, junto al cual hay un merendero que presume de servir un impresionante bocadillo premiado, dicen, en el certamen Madrid Fusión… De Betanzos, de las Fragas do Eume y del monasterio hago dibujos y acuarelas: son mi memoria gráfica de los viajes, la única que me sirve luego de acicate para recordarlos, muy por encima de las rutinarias fotografías empequeñecedoras que obtengo con el móvil. También he dibujado en la propia A Coruña: la plaza de María Pita, por ejemplo, en la que también me he permitido una pequeña broma fotográfica: aprovechando que en ella concurría un rally de coches de época, me he fotografiado junto a algunos de ellos y, al virar la imagen a blanco y negro, el resultado es una foto de época, que me devuelve a mi infancia, a mi recuerdo de los taxis negros alineados frente a la fachada del ayuntamiento de Cádiz, a la visión fugaz, entre los soportales, de un guardia con arreos y casco blancos.

A Coruña, en general, recuerda mucho a Cádiz: la presencia del mar a dos vertientes, el griterío de las gaviotas –me da la impresión que más chillonas, quizá un poco más agresivas, que las gaditanas, aunque eso puede deberse a circunstancias coyunturales: a que estuvieran intuyendo el temporal casi seco, aunque con grandes olas y fuertes ráfagas de viento, que azotó la ciudad el penúltimo día de nuestra estancia–, el hecho mismo de que sea una población todavía abarcable, aunque ya, como tantas, indefectiblemente entregada a la avalancha turística… Puedo escribirlo sin remordimiento: como decía, en esta ocasión no veníamos en calidad de turistas, sino como fugitivos.

Como tales salimos de A Coruña unos días después a primera hora de la mañana, hacia el sur, en dirección a Portugal. (Continúa.)

Ilustraciones de José Manuel Benítez Ariza.

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