Obsesionan al asturiano Ricardo Menéndez Salmón la historia del siglo XX así como su exasperante manifestación del mal. Es el viaje al fin de la noche, que de un modo u otro siempre es feroz, como su obra, una exploración en la ofensa; un derrumbe sin posibilidad de redención o corrección: ¿es la luz más antigua que el amor? ¿y que el horror? Quién puede saberlo. Gusta a Menéndez Salmón de experimentar con la confrontación entre el arte y el terror («El terror es la maldición del hombre». Los demonios. Fedor Dostoievski), el tratamiento del bien y del mal sin maniqueísmos, como si de una exposición se tratase, los difusos nexos de conexión, el bien y el mal como líneas paralelas en la misma esencia humana condenadas a no cruzarse jamás. El mal existe y tiene tantas formas como ondulaciones el cabello de la medusa.
Se conjugan en su obra -novelas breves, medidas, tal vez por lo intenso, esquivando la descortesía de insultar al lector con el exceso innecesario- el compromiso, el ejercicio filosófico y la apuesta estética. La crítica es unánime: se trata de una de las voces más importantes de las letras españolas. Y lo es evitando la trampa posmodernista -un posmodernismo que pasará arrojando al olvido cuanto produjo-, no sin cierto afán de trascendencia en el discurso, eludiendo caer en lo pretencioso, una reivindicación de la literatura que fue, ahora decadente, en irreversible extinción; y firme en la apuesta por el estilo en los tiempos en los que el estilo es síntoma patológico.
La aguja roja pizpireta y suspendida en el oleoso limbo de la brújula nos señala hoy la dirección para emprender un nuevo viaje por cimas y simas, por los territorios de la emoción y la conmoción, las novelas de este gijonés al que Seix Barral dio visibilidad y alas, publicando con gusto exquisito la que se ha dado en llamar por lo comercial La trilogía del mal, compuesta por La ofensa (2007), el mal como consecuencia de la ideología, la II Guerra Mundial como escenario: «Porque a Rachel Pinkus, el monstruo verraco de la Historia estaba a punto de devorarla, era judía»; Derrumbe (2008), el mal inherente a la condición humana: «[Mal] una de las palabras más cortas; uno de los viajes más largos»; y El corrector (2009), la presencia del mal en lo cotidiano, en el hecho que nos deja consternados a través de la pantalla del televisor, los atentados del 11 de marzo de 2004 como fuente, pero sobre todo el uso que se hizo de ello por parte de los medios y los políticos; a la que se podría añadir como antecesora su novela más redonda y no menos desgarradora, La noche feroz (Dos ediciones: KRK Ediciones, Premio de novela Casino de Mieres, 2006; y Booket, Seix Barral, 2013).

De la mano de este asturiano viajamos, idas y venidas, de la sobriedad al lirismo barroco o simbolista, sin cortafuegos, en historias contundentes a lomos de una prosa evocadora, el uso del sustantivo como pintura urgente, una narración detenida el sustantivo, pero narración al fin y al cabo; el adjetivo como la punta del iceberg de Hemingway. Pasan desapercibidos cultismos y neologismos en el lenguaje, que parece manejar a antojo, y resulta, no pocas veces, abrumador el amplio y original registro metafórico de imágenes siempre poderosas: «Al contemplar la desnudez de su mujer, Manila sintió el temor a que ella lo abandonara en el cielo de la boca, como el garfio de un carnicero». Apenas se nos permite el descanso en la digresión yuxtapuesta para sumergirnos después en la aventura abisal del contenido.
Es más de Faulkner que de Hemingway, sin embargo, en las antípodas. Y como el Yoknapatawpha faulkneriano también Menéndez Salmón tiene su Promenadia, con el mismo sentido e intención. Es allí -no es del todo difícil reconocer su Asturias natal- donde se agita el espíritu de un maestro escuela de aldea -maestro escuela de aldea y rojo-, Homero, por buen nombre, en tiempos de la Guerra Civil española, y donde el asesinato despiadado de una niña desencadena la brutalidad y la sinrazón; es también en Promenadia donde comete sus crímenes el enigmático asesino en serie Mortenbleau o sus atentados el grupo terrorista amateur «Los arrancadores» en el argumento de la contemporánea Derrumbe, en la que el autor transgrede con éxito los cánones del género negro al más puro estilo nórdico.
Después vendrían La luz es más antigua que el amor (2010), Medusa (2012) y Niños en el tiempo (2014), publicadas en el mismo sello. Todas ellas llevan en su centro el arte visual, a sus lectores no les viene de nuevo, el arte como redención para la especie humana y el arte como síntoma; también el arte enfrentado a la vida.
¿Cura del Mal al individuo, y por tanto a la sociedad, la pintura o la fotografía o el cine? Se nos pregunta quizá en Medusa ¿Lo hace tal vez la literatura?
Ricardo Menéndez Salmón, tan pupilo de Celine como de Goya, así como de Fedor Dosotievski, juega con la percepción de sus personajes, la forma de sentir la existencia; la vida, sencillamente, es azar -una certeza o una aceptación-, la visión cuántica: «Y que solo hay un dios, el azar, y que solo existe una religión, la casualidad, y que cualquier otra interpretación de la vida y de sus accidentes no solo está abocado al fracaso, sino que condena a la más absoluta ceguera» (La ofensa).
Autor de obra más que de libros, Ricardo Menéndez Salmón goza de plena salud creativa. Fruto maduro, por formación e intuición, antes de aparecer en la rama, su trayectoria ha ido, pese a su juventud, in crescendo; cada nueva novela es un acto de superación literaria, la condición humana le es cada vez más ancha y el lector, a la contra, pide más. Para los curiosos no iniciados, invitados quedan, por ejemplo, a La noche feroz: «Ahí, en pie bajo la luna de sangre de este atroz mes de noviembre, está el maestro con el cuchillo de matarife a la cintura, las arracadas de azabache ocultas en los bolsillos y en los labios su roñoso acervo de poetas, guerreros y cónsules muertos, llamando a la puerta con dedos agarrotados por el frío, la muelas doloridas de tanto masticar el forraje insípido de las horas vacías, y acomodado bajo la axila, como si fuera un pájaro vivo, el libro con las cuatro reglas, los seis pronombres, las tres personas del Verbo».

