Poéticas del destello: un aforista y tres poetas

El hilo de la luz. Gabriel Insausti. Ediciones La Isla de Siltolá. Sevilla, 2016. 77 pp.

el-hilo-de-la-luz“Leer sirve para olvidar con conocimiento de causa”, reza uno de los aforismos reunidos en este libro del también ensayista, narrador y poeta Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969). Y algo así sucede con el propio aforismo como género: “un poco menos –teoriza el autor– y empieza a ser nada”. Pero esa nada en la que se convierte un libro de aforismos en cuanto su materialidad verbal se evapora en la memoria del lector conserva, como dicen que sucede con las bolitas de sacarosa que recetan los médicos homeópatas, el rastro del principio activo con el que un pensamiento iluminó fugazmente la mente del escritor. En el caso de Insausti, a quien también debemos un puñado de excelentes ensayos dictados por un sano principio de escepticismo hacia las verdades recibidas –véase, por ejemplo, Tierra de nadie: el poeta inglés y la gran guerra, también reseñado en CaoCultura–, este principio activo parece consistir en una saludable mezcla de humor (“La mosca está convencida de que el tozudo es el cristal”), alerta filosófica (“Vivir en el enunciado del problema”) y asombro poético (“Se acostaba de lado como si auscultase al planeta”). Todo ello unido por ese impalpable “hilo de la luz” que da título al conjunto, y que, en palabras del aforista-poeta, “se quiebra a ratos”, dejando en el lector una expectante sensación de continuidad en suspenso: la que caracteriza la propia realidad cuando se contempla –y qué otra cosa ha de esperarse del verdadero aforista– desde la predisposición al asombro.

de Nadie. Mario Pérez Antolín. Editorial Páramo. Valladolid, 2016. 79 pp.

de-nadieMario Pérez Antolín (Stuttgart, 1964) ha sido aforista antes que poeta, y por eso tal vez su poesía gana intensidad cuando se articula en las fórmulas más elementales del discurso poético: la repetición anafórica (en el poema XIII de la primera parte, en el que todas las estrofillas empiezan por la palabra “Ahora”, y en el que termina asomando, sorpresivamente, la imagen de un Juan Ramón Jiménez sorprendido a destiempo por el reconocimiento mundano: “Ahora, / que me quitas a Zenobia, / me concedes el laurel del triunfo”), la simple enumeración caótica (en el poema XV, resuelto en un recuento de las cosas que el poeta lleva en el bolsillo, “la impedimenta necesaria / que da sentido a una vida casi perfecta”) o el efectivo asedio de una idea mediante la mención de los rasgos materiales que la connotan (en el poema II de la segunda parte, en el que se alude al árbol, la roca y el invernadero de los que salen la madera del ataúd, la lápida y las flores que constituyen una tumba, tras lo que se constata: “De ningún sitio / saldrá la abstracción / que te suplante”). Podríamos haber citado otros poemas igualmente efectivos en esta línea de simplicidad, que es la que marca el verdadero logro en este libro tan desigual como sorprendente, y desde luego bastante singular en su manera de articular una voz reconocible, que no es poco.

Los nuestros. Juan Carlos Reche. Editorial Pre- Textos. Valencia, 2016. 114 pp.

los-nuestrosTambién Juan Carlos Reche (Córdoba, 1976) se presenta como un poeta que no quiere recorrer los caminos trillados; lo que no quiere decir que el mero afán de singularizarse baste para garantizar el don del logro poético, pero sí que el intento bien vale la pena cuando responde a un afán de indagación sincero y consciente.  En este caso, el poeta se enfrenta a una vieja carencia histórica de la poesía española: su incapacidad para incorporar efectivamente, sin incurrir en el subproducto regional o en el mero pintoresquismo léxico de un Gabriel y Galán, por ejemplo, el registro coloquial y las inflexiones del habla local. Otra cosa es el famoso “tono conversacional”, que a la postre no es más que una elegante ficción de oralidad. Reche, por el contrario, no sólo incorpora coloquialismos léxicos y sintácticos (“Menos pelos que un litro vino / más antiguo que el poleo, / tapón de alberca… ¡Vicente Belda… “), sino que también recoge algo del carácter alusivo y sincopado del habla coloquial, entreverada de arcaísmos y palabras coyunturales, de cínicas constataciones e inesperadas ternuras. Los poemas resultantes pueden resultar tan sorprendentes para el lector como una conversación entreoída y entendida solo a medias, pero aciertan a dar cumplida cuenta de un mundo íntimo, de un cierto malestar existencial y social, de un fondo cultural concreto (abundan las referencias al cante flamenco, por ejemplo, sin que se pueda decir que esta poesía se abone en ningún momento al flamenquismo) y un entorno social determinado. Por poner alguna referencia conocida, diríamos que esta poesía recuerda en algunos momentos ciertas inflexiones coloquiales de las Crónicas del gaditano Fernando Quiñones. Pero puede ser sólo una coincidencia, claro.

A nosotros la lluvia jamás nos pasará. Miguel Velayos. Baile del Sol. Tenerife, 2016, 104 pp.

a-nosotros-la-lluviaEn la poesía de Miguel Velayos (Ávila, 1978) se alternan la brevedad sentenciosa (“La vida es ir marcando en nuestra agenda /  las fechas de esta sed. / No se puede decir que estemos solos: / la muerte nos va entrando por los huesos”) y el discurso argumentativo entreverado de rasgos descriptivos, en la estela de la “poesía de la experiencia” que se impuso en el panorama poético español desde mediados de los 80. Como la de los “poetas de la experiencia”, en efecto, la poesía de Velayos abunda en alusiones al entorno urbano y a la cultura de masas, e incluso adopta una actitud claramente elegíaca ante algunos referentes de la misma –véase el poema “El club de los 27”, sobre el sorprendente número de estrellas de la música popular, desde Jim Morrison a Amy Winehouse, muertos a la edad de 27 años–. El tono elegíaco, no obstante, es en este libro algo más que un recurso para abordar el pasado colectivo: viene a ser, por el contrario, una actitud vital, en la que concurren la fugacidad del amor, la constatación de los cambios aparejados a la edad, la pérdida de ilusiones y la melancólica celebración de los aniversarios íntimos. Esta melancolía encuentra adecuada expresión en un verso blanco bien pautado –empieza a ser infrecuente encontrar tan buen oído en un poeta de la edad de Velayos– y en una igualmente exquisita contención verbal. Velayos es un poeta que conoce bien a sus maestros y que no pretende llamar la atención por sus atrevimientos, sino por su afán de fidelidad a una determinada temperatura emocional. Lo que, paradójicamente, lo convierte en una de las pocas voces personales de su promoción.

CaoCultura

Autor/a: CaoCultura

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