Para que nada muera

‘Cuaderno de historia’. Manuel Rico. Pre-Textos. Valencia, 2021. 136 pp.

Justo antes de empezar a leer Cuaderno de historia, del veterano Manuel Rico, acababa de cerrar y reseñar las páginas de Los hombres que beben cerveza no son como yo, de un poeta aún muy joven, Carlos Torrero. Nada que ver uno con otro. O mucho que ver, pues en ambos la voz poética se sumerge en el yo, en su historia personal; lanza una sincera mirada a su pasado y el fluir de los días se convierte en eje vertebrador. Ya lo decía Antonio Machado: «La poesía es palabra esencial en el tiempo». Quién se atrevería a llevarle la contraria. Como tampoco a desdecir la cita de Denise Levertov con que se abre este libro y que hace referencia al cúmulo de preguntas en que se convierte la vida. (También Torrero se planteaba la misma cuestión). Preguntas a las que no somos capaces de dar una respuesta y quizás, por ello, recurrimos a la literatura. Aunque esta solo sirva para seguir lanzándonos preguntas como piedras.

Manuel Rico, en su epílogo, nos cuenta algo de cómo surgió este libro. Y fue a partir de un poema con nombre urbano: el de la calle donde vivió en un Madrid que se convierte, en la parte inicial del libro, en protagonista. Un Madrid con su grisura y sus bares y todo un entramado de recuerdos de niñez y juventud que son los de muchos de los que pertenecemos a su generación. Una ciudad aún construyéndose (nunca dejará de hacerlo), de tristes arrabales y obreros tristes, de descampados fronterizos, ámbito para el juego, que el poeta alterna con espacios luminosos de vacaciones, mares y entornos campestres, donde con todo lujo de detalles nos sumerge. Así, nos sentimos uno más del paisaje, en cuya pintura utiliza recursos que llaman, amables, a todos nuestros sentidos.

Pero no solo eso. Hay en este libro una mágica conciencia de hogar y de pertenencia, un aire familiar, un deseo de habitar los espacios y objetos compartidos y ofrecérnoslos como un don, para que aprendamos nuevamente a mirar («Autobuses que amé sin apenas saberlo»); de festejar las estancias de la casa (todo un apartado se dedica a recorrerlas), ese refugio de la intemperie, esa parte de nuestras vidas que clava en nosotros su huella. Será porque «Todo poema acota un espacio / y lo funda, baliza un territorio», según recoge la cita de Fermín Herrero que abre la primera sección. Será porque el espacio es importante, nos construye y nos cimenta.

Pero no solo eso. Hay un deseo de diluirse en la continuidad, de hacernos conscientes del término «herencia» («fuimos / los herederos grises de antiguas primaveras»), con su significado tierno y global de lo humano. Hay unos ojos sabios, reposados, reflexivos, inteligentes, que viven más que fantasean (los sueños de «Acera y límite» ya resultan lejanos). Y hay mucho amor. Amor por el padre poco entendido, por el dolor oculto de quienes vivieron alimentados por el miedo y erigieron, sin darse apenas cuenta, un muro de vacíos y silencios. Amor por la pequeñez de la madre, por los hijos ya idos, por los que vendrán a habitarnos.

Pero no solo eso. Por haber escenas que confirmen el título del libro, su segunda sección, «Encierro y soledad», rememora el que fuera uno de nuestros abriles más crueles, la primavera pesadillesca de 2020, que contempla el poeta desde la bendición de un espacio privilegiado (Gargantilla de Lozoya, de apenas cuatrocientos habitantes) para apreciar cómo ese «paréntesis de sombra» fue solo nuestro: ni de la naturaleza, que seguía creciendo en el exterior, ni de la memoria, que contaba aún con más tiempo para también ensancharse. De hecho, muchos fueron los que entonces, en aquellos meses oscuros, pararon, no ya solo por obligación, sino por necesidad de poner la vida en orden; y muchos los que han convertido ese encierro en literatura.

Pero no solo eso. Hay respeto a la palabra y al verso largo y frágil a la vez, de paso comedido y solemne apoyado en un equilibrado ritmo binario. Hay un lenguaje que crea la atmósfera precisa para que intentemos, con él, contemplar el mundo desde nuestra ventana, agrandar esas grietas (dos términos muy presentes; de hecho hay un poema dedicado a «La primera ventana») que conecten todo. Y, con ese lenguaje afinado y precioso, hay un continuo diálogo sin estridencias, pues eso es el diálogo. No hay grito aquí porque gritar no cabe, porque no es su forma de hablar ni de entenderse.

Manuel Rico.

Por eso me resulta especialmente conmovedor el poema «El secreto», donde se repite el mantra «Mi padre me pegó dos veces», la comprensión que revela, el amor. Sí, siempre el amor. Otro tema, como el tiempo, universal y materia poética por añadidura, que deambula por algunos versos reflejado en los primeros encuentros de juventud, los escarceos escondidos, los espacios donde compartir la felicidad: cines, calles, parques, asientos traseros de coches viejos, centros parroquiales donde quizás ensaya un coro…

Pero no solo eso. Hay un hermoso homenaje a personas reales, a los que dedica poemas enteros, a las librerías clandestinas («Calle»), a hechos significativos de la Historia y de su historia íntima («Atocha 1977»), a ciertos acontecimientos que jalonaban el fin de una dictadura y el inicio tambaleante de una nueva era llena de esperanzas en la que a veces costaba creer. Por algo el poemario se llama Cuaderno de historia. Historia con mayúscula, tal como escribe el poeta en más de una ocasión; esa que conecta causas y consecuencias, hechos mínimos que a veces, como el vuelo de una mariposa, provocan huracanes al otro lado del mundo.

Solo me queda decir que he disfrutado y sufrido mucho con este libro, a partes iguales, pues, en la evocación que significa  todo él, hay mucha nostalgia, y esta, como sentimiento ambiguo que es, conlleva su hermosura, su débil caricia de triste placer; y que, por encima de todo, este Cuaderno de historia, creo yo, está construido desde el deseo, tan humano y legítimo, de que nada de lo rememorado muera.

Por eso me gustaría terminar esta reseña con unos versos del autor, precisamente los que cierran el poema «Mapa con grietas»: «Vivir el mapa / de la ciudad con grietas de mis veinte años. / Vivirlo en el poema / que quizá lo salve o lo proteja / es volver a los sueños.

Elena Marqués

Autor/a: Elena Marqués

Elena Marqués (Sevilla, 1968), filóloga hispánica, máster en Estudios Avanzados de Literatura Española e Hispanoamericana, trabaja como correctora de textos en el Parlamento de Andalucía. Como cuentista y poeta ha ganado numerosos premios. Es autora de las novelas 'El último discurso del general Santibáñez', 'Versos perversos en la cubierta azul del Mato Grosso', 'El largo camino de tus piernas', 'Año sabático' y 'El juego de la invención'; de los libros de relatos 'La nave de los locos' y 'Distintas formas de ir a la deriva'; y de los poemarios 'A lluvia perpetua' y 'Lo sublime y el frío'. Se ha atrevido también con el microteatro, y una de sus obras se representó en Monforte de Lemos en 2018. Colabora con sus reseñas en las revistas digitales 'Culturamas', 'Doctor Goodfellow' y 'Estado Crítico'; y antiene su propio blog: ww.desde-mi-ventana.es.

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