Padre

Venimos de ver la casa nueva. La barriada es bonita, pero está un poco aislada y todavía no hay línea de autobús. Así que, una vez terminado lo que veníamos a hacer –papá ha puesto bombillas en todas las habitaciones, ha tomado medidas, ha tapado con cemento blanco la junta de la pila de lavar (para que no salgan bichos, dice), ha corrido y descorrido las persianas y ha recanteado las bardas que se atascaban–, hemos ido a patita hasta la parada de San Severiano, que está más lejos que la de Puntales o la de Santo Tomás, al otro lado del Cerro del Moro, aunque papá prefiere atravesar el descampado antes de adentrarse de noche en esos barrios que no conoce. He dicho “el descampado”, pero hay lo menos cuatro: cuatro grandes parcelas todavía sin edificar, delimitadas por calles asfaltadas. Papá dice que allí levantarán la segunda fase de la barriada, y que, cuando eso ocurra, ya no estaremos tan aislados. “De momento, hay sitio para que correteen los chiquillos”, dice, y me da una palmadita en la espalda. Yo no me doy por aludido, aunque sé que hay niños de mi edad, e incluso más pequeños, que juegan en la calle, como los hay que juegan, a pesar de las quejas de los inquilinos, en el patio de la casa de vecinos en la que hemos vivido hasta ahora.

Yo tengo un amigo en esa casa. Se llama Urbano, que es un nombre muy feo, pero todo el mundo lo llama Urbanito, que es todavía peor. Desde la barandilla de la azotea en la que tenemos el partidito veo la ventana de su casa, que da al patio de luces. Urbanito asoma el cañón de su rifle de safari y dispara una bola amarilla. Como siempre, el impulso no basta para salvar el hueco del patio, y la pelota cae al vacío. Urbanito ha perdido así casi todas las balas que traía el rifle cuando se lo pusieron los Reyes. Aunque a veces, cuando a su  madre le toca hacer el patio, le sube algunas que encuentra perdidas entre las macetas, y que no se han llevado los niños que juegan allí. Urbanito, como yo, teme a esos niños, aunque piensa que podría hacerles frente con su escopeta de safari. Yo saco el revólver de mixtos que me regalaron por mi cumpleaños. Los mixtos se me acabaron ese mismo día, porque todos los invitados –Urbanito, mis primos– quisieron disparar. Cuando vi que me habían dejado sin mixtos, me enrabieté y mi madre se enfadó y me pegó con la zapatilla y dijo que era la última vez que me organizaba una fiesta de cumpleaños. Así que no tengo mixtos, pero me agacho como para esconderme tras la barandilla y hago el ruido con la boca. ¡Puusht! ¡Puusht! Urbanito dispara una segunda pelota amarilla, que vuelve a caer al patio, y luego, como ya no le quedan más, hace también ruidos con la boca. ¡Pom! ¡Pom! Sus tiros no suenan a tiros de verdad, sino…, no sé, a martillazos, como los que mi padre da con la machota cuando quiere hacer un agujero en la pared. Lo vi hacerlo el verano pasado, cuando se empeñó en encontrar el nido de las cucarachas que tanto asco daban a mi madre. Efectivamente, estaba allí, tras el tabique. Salieron a docenas; qué digo a docenas: a centenares. Mi padre las recogía en un cubo y las iba echando al váter, y mi madre no paraba de echarles encima agua con lejía. Luego mi padre limpió el hueco con sosa y roció zotal, pero las cucarachas han seguido saliendo de todos modos.

Ilustración de Daniel Echeveste.

Ilustración de Daniel Echeveste.

En la casa nueva no hay cucarachas, dice mi padre. Yo, la verdad, no he visto ninguna. Huele un poco a cañería, eso sí, pero mi padre dice que es porque todavía el edificio está vacío y no corre agua por las tuberías. Tampoco sé si en el descampado que estamos atravesando ahora, casi a oscuras, habrá bichos. Mi madre se empeña en que lleve pantalones cortos, así que noto el roce de las yerbas en mis pantorrillas. A veces doy un respingo, porque me parece que un bicho me ha rozado las piernas. Mi padre se ríe. Claro que él lleva pantalones largos y no se da cuenta de nada. Le he dicho a mi madre que ya soy mayor para llevar pantalones cortos, pero ni caso. Y eso que ya alcanzo a los cajones altos de la cómoda, aunque no a la mirilla, que es lo que más me ha llamado la atención de la casa nueva: el portón de entrada tiene mirilla. Si alguien llama a la puerta, uno no tiene más que asomarse y ver quién es. Si es un desconocido, no se le abre. Dice mi padre que eso está muy bien para cuando mi madre esté sola. Ella misma ha dicho que le da un poco de miedo quedarse sola en esa barriada tan solitaria, y sin conocer todavía a ninguna de las vecinas. También mi padre tiene un poco de miedo, pero creo que por otros motivos. Antes de recoger las llaves del piso nuevo, le vi hacer muchas cuentas y le oí hacer muchas preguntas a mi madre, pero como si no fuera a ella, porque ella no contestaba, sino como si pensara en voz alta. Hasta que llegó un día a casa y dijo “Ya no hay vuelta atrás”, y al siguiente él y mi madre se vistieron de domingo –mi padre con el traje de chaqueta, mi madre con un vestido– y fueron a la entrega de llaves, a la que asistieron el alcalde y el delegado provincial del Ministerio de la Vivienda. A mí me dejaron en casa de la abuela.

Debe de ser estupendo ser adulto. No llevar pantalones cortos, ni quedarte con la abuela, ni tener que jugar solo en la azotea. Me pregunto dónde jugaré ahora y con quién. Mi padre ha vuelto a decirlo: “Aquí hay mucho espacio para que correteen los chiquillos”. Pero a mí, como a mi madre, me da un poco de miedo verme aquí solo. Ni siquiera me he atrevido a decirle a mi padre que paremos un momento, que tengo ganas de mear. Me da miedo mear en lo oscuro, apuntando a uno de esos matojos negros bajo los cuales, a lo mejor, se esconde una rata. En eso también me gustaría ser como mi padre: sin pararse, sin dejar de hablar, se ha sacado el pito por la bragueta y ha empezado a mear. Es una cosa grande, negra también, como los matojos. El mío, a su lado, parece un rabito de cerdo. Oigo caer el chorro, luego veo cómo mi padre se lo sacude antes de cerrarse de nuevo la bragueta. Y me siento muy pequeño a su lado.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

Comparte en
468 ad

1 Comentario

Deja un comentario