Nova Pilbeam, la Galatea de Hitchcock

Este verano (15 de julio) se cumplirán dos años de la muerte, a los noventa y cinco, de la actriz británica Nova Pilbeam. Nadie se acordó en España de escribir la correspondiente necrológica, aunque hubiera bastado para ello que los encargados de hojear la prensa internacional hubieran advertido de la noticia a los columnistas de cine de sus respectivos periódicos. Los de lengua inglesa, desde luego, sí la recordaron con respeto y reconocimiento;  destacando, la mayoría de ellos, la condición de might-have-been –literalmente, de “podría-haber-sido”– de la fallecida estrella, que llevaba más de cuarenta años alejada de los escenarios –su vocación más duradera– y las cámaras; y enfatizando hasta la saciedad el lugar común de que la actriz había sido una de las primeras “rubias” de Hitchcock.

Está claro que “podría haber sido” algo más. Nacida en 1919, la actriz comenzó su carrera a los quince años con sendos papeles dramáticos en, respectivamente, Little Friend, una película del hoy olvidado Berthold Viertel con guión de Christopher Isherwood, y la primera de las dos versiones que Hitchcock hizo de El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much). En la primera, la jovencísima actriz dio vida a una niña que asiste a la ruptura de sus padres en un enrevesado caso de divorcio. La primera secuencia la presentaba en una pesadilla en la que se entremezclaban detalles de su universo infantil en descomposición –incluidos algunos terrores, como el derivado de la visita al dentista– con los gritos –reales– de una discusión que estaban teniendo sus mundanos padres en el cuarto de al lado. La secuencia acertaba a dirigir la atención del espectador hacia el verdadero asunto del filme: la liquidación traumática de la infancia. Y fue quizá la excelente interpretación de la niña-actriz en esa película lo que convenció a Hitchcock para asignarle el papel de víctima propiciatoria en El hombre que sabía demasiado. “Incluso en esa época –declararía luego el director– poseía la inteligencia de una mujer adulta. Tenía muchas ideas y confianza en sí misma”. Tal vez se refería al hecho de que la joven actriz era capaz de transmitir con su rostro, no ya sus miedos de niña perdida en un complicado universo adulto, sino también su condición de testigo consciente de hechos que la sobrepasaban, pero que comprendía perfectamente. También en la película de Hitchcock interpreta a la hija de un matrimonio mundano que tampoco se encuentra en su mejor momento, y que, además, se ve envuelto en una peligrosa trama de espionaje, a resultas de la cual la niña es secuestrada.

Nova Pilbeam con Leslie Banks en 'El hombre que sabía demasiado' (1934).

Nova Pilbeam con Leslie Banks en ‘El hombre que sabía demasiado’ (1934).

Hitchcock no la olvidó. A raíz de lo que se ha escrito luego sobre su tendencia a convertir a las protagonistas de sus filmes en arquetipos femeninos a la medida de sus propias obsesiones, es posible especular que al todavía joven director no le pasó desapercibida la tentación de ejercer de Pigmalión de una nueva Galatea; y que, como en el mito griego, soñara con la posibilidad de modelar a una criatura que se plegara con facilidad a las demandas de su fantasía. Y si en El hombre que sabía demasiado había registrado ya la capacidad de la brillante niña-actriz para asumir la indefensión de la infancia desde una especie de precoz capacidad para comprender el enrevesado mundo adulto –un trasunto, en fin, del propio Hitchcock, que siempre exhibió sin pudor los traumas arrastrados desde su niñez–, poco tiempo después, cuando la actriz rondaba los dieciocho años, la convirtió en protagonista de una trama que era también un pretexto para documentar el comportamiento de una mujer joven en una situación complicada.

La película en cuestión fue Inocencia y juventud (Young and Innocent, 1937), en la que la hija de un jefe local de policía se ve envuelta en la huida de un sospechoso en cuya inocencia, finalmente, terminará creyendo. Hitchcock se empeñó en hacer de esta criatura suya un dechado de candidez e ingenuidad. Inútil sería intentar rastrear en ella la sexualidad atormentada de otras protagonistas femeninas de sus filmes. Erica –tal es el nombre del personaje de Pilbeam en la segunda y última película que hizo con Hitchcock– es, por el contrario, una joven provinciana sin pulir, hija consentida de un viudo que le permite, entre otras cosas, conducir un viejo Morris que se cae a pedazos; pero que, a despecho de esa educación laxa, resulta una muchacha dócil y bienintencionada, aunque quizá también un tanto obstinada y voluntariosa. El guión de Charles Bennett logra sintetizar el trasfondo vital de la chica en apenas tres frases: mientras reanima al sospechoso, que se ha desmayado al recibir la noticia de que su presunta víctima le ha dejado una cuantiosa suma en su testamento, explica a los asombrados policías que la acompañan dónde ha aprendido a afrontar ese tipo de situaciones: en las exploradoras; aunque, cuando recurre al expediente de abofetear suavemente al desmayado y es de nuevo objeto de los comentarios burlones de sus acompañantes, dirá que el arte de abofetear lo ha aprendido de “viajar en coche en compañía de detectives”. Por último, cuando masajea las orejas del desvanecido, explicará que eso lo aprendió de frecuentar los vestuarios de los boxeadores: lo que, al parecer, es un dato extrapolado de la biografía del propio Hitchcock.

Nova Pilbeam y Derrick De Marney en una imagen promocional de Inocencia y juventud'.

Nova Pilbeam y Derrick De Marney en una imagen promocional de ‘Inocencia y juventud’.

El resultado es que, mediante esta caracterización un tanto extravagante y azarosa, el guionista consigue presentar a la chica como resultado de una educación convencional y relajada al mismo tiempo, en la que se adivinan demasiadas horas de soledad y ciertos resabios defensivos que no hay que confundir –todavía no– con la coquetería. El baqueteado sospechoso, que sí ha corrido lo suyo –no queda del todo claro, por ejemplo, que no haya tenido algo que ver con su presunta víctima, una casquivana actriz de Hollywood para quien ha escrito alguna historia–, no tarda en sucumbir al agreste encanto de ese dechado de ingenuidad: la “inocencia” en cuestión a la que alude el título de la película no es, por tanto, la que el público presupone al presunto sospechoso y éste ha de demostrar, sino la de la muchacha que inopinadamente se convierte en su única valedora.

Inocencia y juventud, como se sabe, se recuerda sobre todo por dos escenas memorables. En una, los perseguidos –el sospechoso y su sobrevenida cómplice– se ven retenidos en la fiesta de cumpleaños que celebra la tía de Erica, de la que consiguen escapar sorteando a la anfitriona en el juego de la gallinita ciega. En el cine de Hitchcock, las circunstancias menos susceptibles de ser percibidas como ocasiones de angustia o peligro pueden convertirse en verdaderas trampas; lo que no resulta incoherente en absoluto con la línea de pensamiento de un director para quien la familia, en general, y en particular la institución materna y sus trasuntos, es siempre percibida como una fuente de opresión y anulación de la personalidad. La otra escena en cuestión se resuelve, como suele ocurrir en tantas películas de este director, en un alarde técnico: mientras la protagonista comprueba con desazón que le será muy difícil encontrar al verdadero sospechoso en una atestada sala de baile a la que la han conducido los azares de la trama, una espectacular “grúa” hará que la cámara sobrevuele la multitud que danza y termine dirigiéndose a la orquesta, para terminar enfocando los ojos del percusionista, en los que advertimos cierto tic que ya sabemos que se corresponde con la fisionomía del sospechoso en cuestión.

La actriz en una escena de 'Inocencia y juventud'.

La actriz en una escena de ‘Inocencia y juventud’.

Al parecer, Nova Pilbeam habría podido ser la protagonista de la primera película norteamericana de Hitchcock, Rebeca (Rebecca, 1940), en la que habría interpretado también a un personaje caracterizado por su inseguridad e indefensión. No están claros los motivos por los que el papel acabó recayendo en Joan Fontaine: hay quien dice que fue porque Pilbeam no quiso aceptar el oneroso contrato de cinco años que le ofrecía David O. Selznick, el productor de la película en ciernes; y quien afirma –pero esto nos parece menos probable– que el propio Hitchcock desconfiaba de la imagen de excesiva juventud y fragilidad que transmitía la actriz. El caso es que el genial director cruzó el océano y el destino de Nova Pilbeam quedó circunscrito a modestas producciones británicas y a una brillante carrera teatral –en ese ámbito ya había obtenido un resonante éxito en 1935 en el papel de Peter Pan, tradicionalmente encomendado a mujeres–, que abandonó en 1951. Murió, nos dice la necrológica de The Independent, como la Garbo, voluntariamente apartada de la luz pública. Que se sepa, nunca lamentó no haber sido, como parecía ser su destino, la Galatea de Hitchcock.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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1 Comentario

  1. Que placer leerte, José Manuel. Nova Pilbeam habría sido una estupenda Rebecca, seguro. Aunque, por otro lado, tampoco podríamos imaginar ya la película sin Joan Fontaine.

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