Lorca o el lenguaje de las flores

“Poema granadino del novecientos, dividido en varios jardines, con escenas de canto y baile”. Así describía Federico García Lorca Doña Rosita la soltera, su último poema escénico, estrenado por la Compañía de Margarita Xirgu en el Teatro Principal Palace de Barcelona en 1935. La obra desconcertó a algunos, irritó a unos cuantos más y entusiasmó a muchos, a todos aquellos que no pusieron reparos en dar la bienvenida a una palabra teatral mecida entre la tragedia y la comedia, inundada de poesía, “que movía los labios a la risa y el corazón a la pena”, como acertó a decir la crítica teatral Mari Luz Morales, quizás la única mujer que, por entonces, se dedicaba a tal oficio.

El canto y el baile femenino –la expresión más femenina del deseo– abrían así el paso a un Lorca maduro y conforme consigo mismo al reconocerse poeta de la memoria, autor crisol de una tradición frondosa que ponía esa tradición al servicio de la renovación cultural y de la libertad, arrebatándosela de las manos al pintoresquismo rancio de los dramaturgos del siglo XIX: no en vano, unos años antes, también en Barcelona y en el estreno de Mariana Pineda (24 de junio de 1927), Margarita Xirgu había recibido los aplausos del público exclamando “¡Mueran los Quintero!”

Mariana Pineda en un dibujo de Federico García Lorca.

Mariana Pineda en un dibujo de Federico García Lorca.

Tanto las mujeres de Doña Rosita como las de Mariana Pineda hablan en el idioma de las flores, ese lenguaje cuya invención deberíamos atribuir al Lorca más sabio, al más sensible conocedor del folklore. Un código nada denotativo, sino profunda y sensualmente sugerente y simbólico, que destierra la educación libresca y la modosidad social y convierte la oralidad poética femenina más antigua en impulso revolucionario. “Mientras que mi hermana lee y relee / novelas y más novelas, / o borda en el cañamazo / rosas, pájaros y letras, / yo canto y bailo el jaleo / de jerez, con castañuelas; / el vito, el ole, el zorongo, / y ojalá siempre tuviera / ganas de cantar, señora”, declama Amparo, de visita en casa de Mariana. Y la propia Mariana, anhelando la noche con el mismo acento con que las mujeres de las jarchas anhelaban el alba, dice: “Ya debieran las estrellas / asomarse a mi ventana / y abrirse lentos los pasos / por la calle solitaria… / ¡Y esta noche que no llega!”.

La cultura popular tiene, sí, un transmisor-legión que es lo que –algo banalmente– llamamos “pueblo”, pero la vida longeva de la memoria necesita de poetas que tamicen la materia prima, que acarreen la palabra desde ocasionales ciénagas a luminosos puertos, que trasieguen constantemente con la poesía para que ésta no críe posos inservibles. Eso hizo Lorca hasta donde lo dejaron.

Rosita y  sus amigas son, por sí mismas, solo solteras, y por tanto cuerpos deseantes de una cama y de un hombre; es la sociedad casposa y macilenta que habitan la que las estigmatiza como solteronas. Si así no fuera, Rosita no podría descifrar el lenguaje de las flores: “Las flores tienen su lengua / para las enamoradas. / Son celos el carambuco; / desdén esquivo la dalia; / suspiros de amor el nardo, / risa la gala de Francia. / Las amarillas son odio; / el furor, las encarnadas; / las blancas son casamiento / y las azules, mortaja.” Ni sus amigas podrían suplicar a la madre-confidente (otra vez la voz de las jarchas) una puerta a la libertad: “Madre, llévame a los campos / con la luz de la mañana / a ver abrirse las flores / cuando se mecen las ramas.”

Nenúfares de Claude Monet.

“Las amarillas son odio; / el furor, las encarnadas”.                                                                  ‘Nenúfares’ de Claude Monet.

Como Rosita, como Mariana, las viejas y las niñas que las rodean atesoran el secreto del deseo, lo añoran o lo presienten recorriendo sus cuerpos y son porque saben de la cercanía del amor y la muerte. Las primeras rezan y conjuran los maleficios que acechan el amor (“Bendita sea por siempre / la Santísima Trinidad, / y guarde al hombre en la sierra / y al marinero en el mar…”); las niñas se traen a Mambrú hasta su calle y ensayan, jugando, la apenada viudez: “Por las calles de Córdoba / lo llevan a enterrar, / muy vestido de fraile / en caja de coral… / La albahaca y los claveles /sobre la caja van, / y un verderol antiguo / cantando el pío pa.”

Antes que  representar al “poeta del sacrificio” (como se ha llamado a Lorca uniéndolo en esto con Machado y Hernández), Doña Rosita la soltera y Mariana Pineda denuncian lo gigantesco del sacrificio del poeta, el holocausto de la memoria, el exterminio del lenguaje de las flores.

Imagen destacada: El cumpleaños de Marc Chagall.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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