Llamadas perdidas

Luisa cuelga el teléfono. Acaba de hablar con su madre. La anciana llama cuando se siente sola y habla por los codos. Cuando supo quien era le dijo «espera un momento, mamá» y fue a apagar el fuego que tenía encendido en la cocina para atender la conversación sin sobresaltos. Ahora que ha terminado de hablar cuelga. Cuelga sin mirar, como ha hecho tantas veces desde que tiene uso de razón. Aún recuerda el teléfono clavado en la pared del pasillo como un cuadro. Tenía que levantar el cuello para observar aquel aparato que sonaba con la urgencia escandalosa de las ambulancias. Ella era entonces una niña y no alcanzaba con sus bracitos el auricular. En la casa de sus padres no había nadie demasiado alto, pero ella era aún demasiado pequeña. Con el uso, aquel aparato se convirtió en una marca de progreso, la señal que le iba indicando que se hacía mayor. Sus hijos nunca llegaron a ver ese horizonte imaginario, siempre tuvieron el teléfono al alcance de la mano, encima de la mesa. A veces se pregunta dónde encontrarían ahora los niños esa perspectiva. En su infancia el teléfono fue un nuevo centro de gravedad para la familia, como antes lo había sido la radio. Todos gravitaban alrededor de aquel aparato hasta hacía poco inalcanzable para la economía familiar, aunque mamá aún se acercaba al transistor para escuchar el ángelus en Radio Nacional y papá para escuchar el parte. Oír y callar. Para ella, en cambio, el teléfono le permitía no sólo oír, sino también hablar, conversar con sus amigas, intercambiar opiniones con otros. Pero eso vendría después. Antes tuvo que crecer para poder marcar los números en esa rueda que giraba impulsada por el dedo índice y volvía sola a su posición de origen. Y recordaba con nitidez la risa tonta que le provocaba el artilugio cuando quedaba mal colgado, sostenido en el aire por un grueso cable verde, el elástico estirándose y encogiéndose como un juguete de muelle y en su extremo el auricular rebotando contra el papel pintado de la pared. Efectos de la gravedad. Ahora, si se queda el teléfono descolgado, ni te das cuenta.

Ochenta y dos años es una edad respetable, piensa Luisa mientras calienta de nuevo el agua en la cocina de vitrocerámica para prepararse una tila.  Enciende la radio.  Como en las películas, siempre aparece la noticia que más tiene que ver con el argumento de su vida cotidiana. O eso cree ella. Esta vez se estremece al oír la voz del locutor contando la muerte de cuatro personas de una misma familia en un accidente de tráfico. Pobre gente. No quiere ni pensar verse en una situación como esa. Ha imaginado esa llamada de teléfono miles de veces, casi todos los días, pero nunca la ha recibido: Desde algún lugar incierto le comunican que su marido ha tenido un accidente cuando iba al trabajo, y le piden que se dirija a tal sitio. Tal sitio es un abismo y aunque ella es incapaz de nombrarlo cree conocer el dolor y la oscuridad que hay tras esas palabras. Todos los días, antes de ir a la oficina, él lleva a los niños al colegio. Ella los despide cada mañana. Se da un margen de una hora larga. A partir de las nueve se tranquiliza y descarta sus temores cotidianos. Hoy se ha llevado un susto de muerte cuando ha sonado el teléfono a las ocho y media. Ochenta y dos años es una edad respetable, se dice. Incluso si tu madre te llama cuando menos te lo esperas. Y cuando terminó de hablar colgó sin mirar cómo, pensando que mejor se preparaba una tila que un té. El teléfono no podía sonar más.

Ilustración de Caridad Soto.
Ilustración de Caridad Soto.

Vierte el agua hirviendo en la taza. El sobre de la infusión se eleva y queda flotando sobre el líquido caliente. Entonces, ella agarra el sello y con un movimiento repetido de la mano hace que se hunda una y otra vez en la taza. Luego lo deja ahí unos instantes. Se queda mirando la infusión, observa cómo va cambiando poco a poco de color. Piensa en la llamada de su madre. Mira el reloj, las nueve y media. Deben haber llegado bien. Ahora, además, con los teléfonos móviles, te localizan en cualquier momento, en cualquier lugar. Aunque el suyo está averiado; la batería se comporta de manera extraña, enseguida se descarga de energía. Y sin energía, no sirve para nada. De todos modos le da igual, hoy no tiene previsto salir a la calle.

Luisa apaga la radio, coge la bebida caliente y se instala con ella en el salón. Enciende el televisor y empieza a zapear. Anoche vieron todos juntos Salvar al soldado Ryan. A ella se le escapó una lágrima viendo a esa madre de rodillas al ver llegar el coche militar, la carta que le anunciaba que sus hijos ya no volverían a casa nunca más. Siente un estremecimiento al recordarlo y se encoge sobre la taza caliente buscando el calor de la infusión y un poco de calma. Las malas noticias a veces también llegan por mensajería o por carta.

Luisa tiene teléfono desde hace muchos años. Aunque ya no es aquel juguete que la hacía reír cuando no alcanzaba el auricular con sus bracitos, ni tampoco esa promesa de libertad y de contacto con otros jóvenes, con otro escenario diferente al que contenían las cuatro paredes de la casa de sus padres. Ahora ella tiene sus propias cuatro paredes, su propio teléfono, su gorgorito suave y aterciopelado, pero a determinadas horas ese timbre le provoca un terror y una ansiedad que no sabe cómo manejar. Le da vergüenza contárselo a su marido, a veces duda si debería ir al psiquiatra, o al psicólogo. Todo el mundo tiene que aprender a lidiar sus miedos y sus fobias. Con la tila se calmará, como ayer, y como antes de ayer.

Pulsa los botones del mando a distancia buscando, sin darse cuenta del todo, una imagen rutinaria que le diga que todo va a salir bien, que no hay nada fuera de lugar, que hoy va a ser un día como tantos otros, que su marido y sus hijos regresarán a casa a la hora de comer. El teléfono está colocado sobre una mesa justo debajo del televisor, que cuelga de la pared como un cuadro. Luisa mira el aparato un momento y luego devuelve la mirada a la pantalla. El auricular está ligeramente ladeado, lo suficiente para no presionar la leva que abre la línea.  Luisa acaba la tila y al colocar la taza vacía junto a la mesa advierte el parpadeo de la luz roja indicando que hay mensajes en el contestador. Con el dedo empuja ligeramente el aparato, que se coloca sin hacer ruido en su lugar exacto, colgado correctamente. Entonces comprende que algo no ha salido como todos los días, que hay un abismo esperándole tras esa luz roja, un sitio al que nunca quiso ir, en el que nunca quiso estar.

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