‘Laberinto’: el tiempo circular de la memoria

Tras la publicación de Realidad en febrero de 2020, José Manuel Benítez Ariza vuelve a la poesía con Laberinto (2022), publicado por la editorial Renacimiento en su veterana colección Calle del Aire. Entre una fecha y otra aparecieron una nueva entrega de su dietario, Todo sobre la gata K. Una gata en un diario (Newcastle Ediciones, 2020) y el libro de aforismos En el corazón del bosque (Cypress, 2021).

Los poemas de Laberinto están agrupados en cinco partes: «Coordenadas», «Laberinto», «Interludio: pájaros», «Tercer cuaderno irlandés» y «Claridad».

Los de la primera parte se unifican por su tono reflexivo y por una misma temática: la que gira en torno a la meta última y fatal que a todos nos aguarda.

Esas coordenadas a las que alude el título de esta primera parte no son otras que las espacio temporales en las que a cada ser humano le toca inexorablemente vivir y desde las cuales cada uno contempla una realidad cambiante y en movimiento, como la que al poeta se le ofrece en ese transporte público al que nos subimos de su mano en el primer poema de la serie, «Buenos días«. Imágenes cotidianas desfilan ante la mirada cordial del poeta, que las saluda y rescata del embotamiento que la rutina de los días iguales y sucesivos provoca en nuestros sentidos, y van desplegándose en un desfile fugaz a caballo de tiradas de un verso libre sabiamente utilizado. Acompañamos al poeta en un viaje corto a su lugar de trabajo cotidiano, pero rico en imágenes y sugestiones, desde el instante en que recibe el frío de la mañana en el rostro al poner el pie en la calle hasta que llega a su destino y nos impregnamos del mismo asombro agradecido que una realidad caleidoscópica y sensorial despierta en su conciencia.

La constatación de esa sucesión a la vez insólita y familiar de personas y cosas se revela como “la razón de ser” del poeta y como la única certeza con la que contamos frente a esa pregunta terrible con que se cierra el poema: «¿Os veo mañana?». Salutación celebratoria  y anticipada despedida de la vida se funden en un átomo  de tiempo único e irrepetible.

Ese saludo confundido en despedida abarca también a las cosas. «En el corazón del bosque« nos deja el autor de Laberinto la siguiente reflexión al  respecto: “Todas las mañanas me despido mentalmente de las cosas que, si nada se tuerce, volveré a ver al día siguiente y hago bien: nunca son del todo las cosas que las del día anterior, como tampoco las que ocupan un sitio cuando yo no venga a saludarlas serán las mismas a las que yo había tratado”. La relación estrecha del poeta con los objetos es el motivo de la primera de las «Dos Canciones« que cierran esta primera parte con el título de «Cuando te apagues«…, una relación que da pie a formular a su conciencia estos interrogantes: “¿dónde quedarán las cosas?/¿Irán cambiando despacio/hasta llegar a ser otras?/¿Solo existen porque tú al saberlas, les otorgas/el don de existir en ti?”. En el reverso de estas cuestiones nos parece descubrir el latido de una pregunta crucial, la del destino de cada uno tras la muerte, una muerte que se dibuja en este poema con los mismos trazos con que se define en otro de los aforismos del poeta como un deseo de objetivarla y distanciarse de ella: “Intuición de un mundo que sucede sin nosotros y que, por tanto, en rigor, también ha dejado de existir como objeto de tu pensamiento o tus sentidos. De un mundo que muere cuando tu mueres”.

Las armas con que creemos poder afrontar la conciencia del tiempo y “la nada que seremos” a la que alude la desolada segunda y dolorida última canción In memoriam que cierra esta parte se nos revelan ilusorias o frágiles en otro poema de esta serie como “fintas de trapecista confiado a la mera idea de una red”.

«Laberinto« es la parte más amplia del libro. La mirada del poeta se vuelca sobre la existencia y se demora en la reconstrucción de reminiscencias de un pasado, unas veces compartido con unos interlocutores ocultos en el poema y otras, directamente con el lector. Son recuerdos en los que la memoria (“la distancia más corta”, como la define en el primer poema de la serie, «Masai«), las más de las veces personal, aunque también heredada (como en el mismo «Masai«) o generacionalmente compartida (así en el poema «Vanesa«), proyecta su foco de atención y los reconstruye con morosidad en busca de un sentido. Y ello, para terminar trascendiéndolos y elevándolos a un plano donde la anécdota se transformada en epítome y símbolo de una experiencia más amplia, con lo que los poemas de esta serie redondean su perfecta arquitectura en finales que hacen que su voz reflexiva y cordial quede percutiendo en la conciencia de un lector que se reclama activo para que el texto adquiera la plenitud de su sentido, más allá de un tono de apariencia objetiva y cadencia deliberadamente narrativa. Lo que parecía un Laberinto se revela como un círculo en el que principios y finales se dan la mano en un eterno retorno, en un tiempo circular que la memoria poética tiene la capacidad de hacer que no pase del todo, de eternizarlo.

«Interludio: pájaros» es la parte central del libro. El poeta se ha propuesto “ser feliz/como esos pájaros”. En uno de sus aforismos, del libro que venimos citando, dice el poeta de Laberinto: “Cambia el pájaro, no el canto. Pero uno diría que al primero le toca algo de la eternidad del primero”. El canto del pájaro con su promesa implícita se convierte en modelo para el poeta. Palomas, un mirlo joven y confiado, un enjambre de estorninos o unos flamencos duplicados en su reflejo pueblan la cotidianidad de un  poeta “instalado en el asombro y en la duda” y que en “la ausencia” de un nido vacío nos hace sentir la esperanza de una “…promesa cierta,/ doblemente presente en lo que ya no está”.

En la cuarta parte del libro, «Tercer cuaderno irlandés», regresa José Manuel Benítez Ariza a una de las constantes temáticas de su poesía: la experiencia del viaje. El poeta es un viajero moderado.  Viaja como señala en uno de sus aforismos “para desgastar la corteza cálida de la costumbre y que el frío de lo desconocido te estremezca un poco, sólo un poco, lo suficiente para que vuelvas a encontrar confortable ese calor puesto a prueba”. Sus viajes son restringidos y de cortas distancias. Le sirven para ir conformando lo que un día le oí llamar su “geografía sentimental.”  Los títulos de algunos de sus libros, Cuaderno de Zahara (2002) y Cuadernos de Benaocaz (2010) son un ejemplo, de esta tendencia a la localización y nos ponen en la pista de está geografía acotada en la que el poeta parece más interesado en ahondar dentro de unos límites que en el ensanchamiento de estos. A esta geografía, donde figuran La Bahía y la Sierra de Cádiz, Cabo de Gata o el Cabo de Trafalgar, Tánger o Portugal, Madrid y Barcelona, ha venido a sumarse Irlanda, sus ciudades y sus campos, con este «Tercer cuadernos irlandés«, precedido de un «Tríctico irlandés», integrado en su libro Arabesco (2018), y  «Waterford (Segunda suite irlandensa)», que forma parte de su anterior poemario ya citado, Realidad (2020). Destaquemos «Cinco Aguafuertes de Dublín«, donde la mano del pintor acuarelista que es también el poeta demuestra su buen pulso para el trazado de líneas y formas y su sentido del color para recrear atmósferas, así como el poema «Ringaskiddy» (Una postal de despedida). Este nos hace partícipes de su adiós de una tierra que ha sabido hacer suya y cuya última visión, como en un cuadro de Turner, se graba a la par que se difumina desvaída en nuestra imaginación: “Nosotros, desde el barco, le decimos adiós/a este empeño de todo por disolverse en todo,/del que solo resulta vencedora la niebla”.

La última parte de la obra, «Claridad«, se abre con «El poema de un día« compuesto como sucesión de haikus (uno por cada hora del día), forma estrófica japonesa que, por su mezcla de ligereza aérea y gravedad sentenciosa y el efecto de realidad fragmentada que conlleva su suma acumulativa, nos evocan el «Poema de un día» machadiano que, sin duda, el poeta se propone y alcanza a homenajear.

En su juego de luces y sombras, de realidad y espejismo, en la representación de una naturaleza tutelar y amenazante a la vez perdurable y perecedera, que a la par que engendra, destruye, y en la evocación de “unos días que son como un resumen,/como una reducción a escala de la vida entera, en lo que va de mañana/a la caída de la noche/…”,  el poeta regresa a su mundo habitual, a ese paisaje donde lo elegiaco y crepuscular se dan la mano con la celebración de la vida “antes/ de que el tiempo sentencie incluso contra/esta abundancia ahora inagotable”. El paseo de su mano merece la pena.

 

Imagen de portada: Alchimia (1947)Jackson Pollock.

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