La última romántica

Afirma José Luis Rey, traductor y prologuista de esta edición de la Poesía reunida de Kathleen Raine (Essex, 1908-Londres, 2003), que su autora fue “una mujer longeva, (…) razonablemente feliz como poeta exigente y perdurable, pero sin un mito oscuro que la hiciera más famosa, más conocida fuera de sus fronteras geográficas y verbales”. Ello podría hacer pensar en una persona apaciblemente dedicada a las letras, quizá al mundo académico, a quien no cabe asociar el atribulado discurrir biográfico de, por ejemplo, una Sylvia Plath, protagonista a su pesar de uno de esos “mitos oscuros” que tanto han influido en la suerte póstuma de ciertos poetas, hombres y mujeres, desde el Romanticismo hasta hoy.

La lectura de la poesía de Raine, sin embargo, de sus memorias y de su intrincado pensamiento poético, hace pensar en una realidad algo menos plácida, aun en la esencial discreción y privacidad que envuelve su figura. En Adiós, prados felices, el libro que consagró a sus recuerdos de infancia y juventud, da cuenta de su crianza en un hogar carente de afectos, bajo la férula de un padre frío y más partidario de la educación programática bajo principios abstractos que de la necesaria empatía con los hijos: a él atribuye la poeta “ese deplorable conocimiento de (…) las palabras con las que lamentar la destrucción de la tradición por la educación”. A tan triste legado contrapone Raine el recuerdo idealizado de su estancia durante los años de la Primera Guerra Mundial en la casa de una tía suya en un pueblecito de Northumberland, experiencia que convertirá en fuente inagotable de símbolos e imágenes de las que nutrirá su poesía, conformando una especie de mito –volvemos a usar esta palabra, ahora en su sentido propio de relato fundacional– personal por el que las experiencias de una vida gris, marcada por desengaños amorosos, una guerra mundial con sus correspondientes penurias de posguerra, y una creciente insatisfacción con el curso de la vida urbana moderna, se contrapondrán al recuerdo idealizado de esos años en plena naturaleza, en contacto con la cultura tradicional y en comunión espiritual con las figuras tutelares de su madre y su abuela.

No es de extrañar que este marco mental determine una inclinación vocacional hacia cierto tipo de poesía. La devoción de Raine por William Blake, por ejemplo, no necesita mayor explicación. También ella, como este ineludible poeta protorromántico, sintió la condición “satánica” del progreso industrial, en contraste con el carácter divino de la Imaginación –con mayúsculas– que lee en la naturaleza las manifestaciones de un orden superior del que se sabe parte. La espiritualidad de Raine adquiere así un sesgo neoplatónico –y por ello, quizá, neopagano– que no parece contradecir la esencial ortodoxia religiosa que también se explicita en su poesía, ni tampoco el diálogo que esa religiosidad de corte tradicional entabla espontáneamente con el hinduismo o el budismo, por no mencionar otros muchos referentes culturales que igualmente concurren en el mundo de esta poeta y dan cuenta de una espiritualidad de ámbito casi universal que sólo las brutales simplificaciones del materialismo moderno parecen poner en cuestión.

No es que Raine viviese al margen de esa modernidad amenazante. Su biografía, decíamos, parece más bien desmentirlo. Pero, en todo caso, ése fue el marco intelectual y espiritual de su existencia, o al menos el trasfondo de su voz poética. Su poesía primera, tal como la encontramos en Piedra y flor (1943), publicado en plena guerra mundial, se ajusta ya a ese esquema, así como al influjo omnipresente de Blake y otros románticos, e igualmente del irlandés Yeats, en lo que éste tenía de poeta asomado al mundo premoderno de los viejos bardos gaélicos. La guerra está ahí, presente en los poemas que dan cuenta de las idas y venidas a Londres y el contraste entre la sombría ciudad bombardeada y los campos donde “la primavera sanadora” – título de uno de los poemas–, ajena a las tribulaciones humanas, no deja de acudir a a su cita anual. Lo natural redime precariamente el degradado entorno humano; y, por lo mismo, los sentimientos elementales –el amor, por ejemplo– se revisten de trascendencia religiosa. En el sombrío “Año nuevo [de] 1943” – título de otro poema–, “muchachas con melenas como flores, / los ojos y los labios muy pintados / saludan a los héroes de la R.A.F. / torpes en el amor y torpes en la muerte”: ella misma es quizá una de esas muchachas, tal como se retratará en a continuación, protagonista de un encuentro amoroso que le hace “olvidar” momentáneamente el mensaje que previamente le han traído, remedando la Anunciación bíblica, unos ángeles… ¿Misticismo impostado? Más bien, un intento de imponer sentido a una realidad anímica que se adivina tan caótica como la realidad exterior.

La poesía de Raine discurre por estos cauces hasta por lo menos 1965: escasos referentes realistas, circunstanciados, en una poesía que prefiere siempre la deriva hacia la simbología religiosa o la escala neoplatónica de equivalencias y arquetipos. Pero lo que da temblor humano a este complicado e incluso se diría que quizá un tanto anacrónico programa literario es la constante expresión de la duda. “¿En qué lugar de la mente / fluirá la visión / y crecerá la fórmula divina?” se pregunta la poeta en un poema de La adivina (1949) que aúna la alusión a Blake con otra al Buda y a otros “grandiosos rostros arcaicos”, bajo cuya égida pide que esa visión portadora de sentido “ven[ga] en alguna forma que no me haga temer”.

Kathleen Raine.

La enorme, casi inasequible, exigencia de esta fórmula se suavizará, y se humanizará, en la poesía que Raine escribirá en sus años maduros, concretamente a partir de La colina hueca (1965), libro con el que podría decirse que la poeta acerca sus modales expresivos a los que caracterizan la gran poesía inglesa del medio siglo: tono meditativo, lenguaje discursivo e incluso inflexiones conversacionales. No hay concesiones en cuanto a contenido: Raine sigue indagando en el sentido trascendente de la acción humana, pero ahora los contextos son cotidianos: el insomnio de una mujer madura, las reflexiones de una habitante de suburbio que ve florecer una rosa en su jardín, la perplejidad de una persona de cierta edad al recordar la infancia. Más allá de estos poemas circunstanciados, quizá los mejores suyos, no renuncia Raine a su alta indagación en los grandes asuntos, en largas “suites” meditativas de carácter filosófico, como la que se desarrolla en el espléndido poema “Monólogos sobre el amor”, que recuerda un tanto a Eliot: “Todo es uno en esa esfera / cuyos períodos son vidas, / y cuyos lugares consideramos sabiamente / como un mundo, lo que llamamos mundo…”. La fórmula se repetirá en los libros siguientes; en los que, en cualquier caso, los poemas más breves y circunstanciados parecen ir ganando terreno: de El país perdido (1971), por ejemplo, son “Los muertos” (“Qué extraños me parecen / y no porque estén lejos, sino porque están cerca, / qué extraños me parecen ya los muertos”), “Hojas que caen”, “Me dijeron en sueños”… La muerte y la vejez –esto último, quizá un tanto prematura y reiteradamente: la poeta se presentará a sí misma como una persona envejecida a lo largo de sus cuarenta últimos años de vida– se imponen como asuntos al ya consolidado repertorio de epifanías y paisajes espirituales trascendidos; y lo hacen con una urgencia y una economía verbal que casi autorizan a decir que, en su madurez, Raine deja de ser una postromántica heredera de Blake y se convierte en una verdadera coetánea del “realista” Philip Larkin, por ejemplo.

Con los libros posteriores cada lector podría hacer un ejercicio parecido; espigar en ellos, dentro de la excelencia de la totalidad, el puñado de poemas que a cada uno concierna más o encuentre más certero: poemas como “Una vela para todos los santos y difuntos”, por ejemplo, de La presencia (1987), en el que la poeta dialoga con las mudas voces de los libros de su biblioteca, para concluir: “y yo también / dejo mi huella aquí, junto a sus huellas, / pues creemos en esta eternidad”, en lo que parece una reformulación muy atenuada, y ya en sentido laico, de las certezas religiosas a las que la poeta se había atenido hasta entonces. Más radical, en ese sentido –aunque también esencialmente ambiguo–, es el poema que empieza: “No creo en nada –ni me hace falta, / pues estoy rodeada de tantas maravillas…”, que encontramos en la sección de “Poemas nuevos y sueltos” que cierra el libro. Parece inútil intentar dilucidar aquí si efectivamente estos poemas más ponderados, concisos, matizados, expresan una visión del mundo diametralmente opuesta a la que la poeta había sustentado en su juventud y madurez. Lo que si es cierto es que, con ellos, Raine consuma la hazaña, no desdeñable, de acercar el legado de la gran poesía romántica a la sensibilidad e incluso al modo de hacer contemporáneo. Y éste es, quizá, su gran legado.

Que su poesía haya sido vertida al castellano, además, por un poeta ya experimentado en la traducción de los románticos ingleses, es algo más que una afortunada coincidencia. José Luis Rey traduce con precisión y buen oído, y hace un uso flexible y razonable de la silva blanca imparisílaba, sin forzar el verso allí donde el sentido induce a saltarse la regularidad métrica. El resultado es palpable: los poemas de Raine no suenan a verso traducido, sino a poemas escritos en castellano actual y en un registro que el lector de poesía encuentra cercano y asequible. Puede decirse, sin miedo a exagerar, que los mejores poemas de Kathleen Raine son ya, legítimamente, poemas de nuestro propio acervo poético. Es uno de los pocos regalos gratos que nos deja 2023.

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