La poesía es tan inútil como el ganchillo

Reflexiona el antropólogo Luis Díaz Viana sobre los efectos –perniciosos, según algunos- que el relativismo cultural ha venido a traer en las últimas décadas: la percepción de la cultura no como un valor, sino como una experiencia, no como un producto, sino como un proceso, y no, por tanto, como posesión de “los chamanes de la cultura”, sacerdotes entregados a la sublimación desatinada de la Cultura con mayúscula.

El relativismo cultural (tan saludable como cualquier duda o controversia) viene a decirnos, ni más ni menos, que la cultura es, sencillamente, “ese conjunto de saberes que las gentes se transmiten y a través del cual interpretan el mundo”, y procura, en definitiva, evitar el absurdo abismo entre Cultura e infracultura, subcultura o cultura con minúscula, pues resulta obvio que en cada individuo se da, en distintas proporciones, una multiplicidad de culturas.

Viene esto a colación de un candoroso (y no por ello inocuo) artículo leído recientemente en el que el autor cuenta con arrobo cómo a su anciana madre la ha salvado de la soledad de la viudez y del aislamiento de la pandemia el hecho de escribir una novela, anécdota desde la cual defiende que la literatura sirve ya que no “es un simple pasatiempo, como el hacer ganchillo”. Este discernir me enfada. Intentaré explicarlo con un par de reflexiones ajenas que me han venido a la memoria a raíz de la lectura del mencionado artículo.

Recuerdo un texto de Almudena Grandes de hace al menos veinte años, estaba dedicado a su pequeña hija y podría titularse (no he conseguido localizarlo) “Palabras para regalar”. Se disculpaba la autora ante la niña por no saber hacer tartas de chocolate y otras proezas propias de una madre hacendosa, y en su desquite le decía que podía regalarle todos los cuentos, poemas, novelas y ensayos que le fuera posible escribir. Le ofrecía palabras, a sabiendas (creo que muy lúcidamente) de que un texto hecho con amor puede abrigar o nutrir tanto como un jersey hecho a mano o un pastel perfectamente horneado.

‘Las horas de ocio’ de Georges Croegaert.

Una lectura más reciente, la de algunos diarios de José Luis García Martín, me aporta otro ejemplo ilustrativo. En la página que titula “Vivir de la poesía” García Martín tacha de “sonora tontería” la queja de cierto escritor por la imposibilidad de que la creación literaria no permita a los poetas el sustento básico: “No se trata de dinero –dice el escritor revisado-, sino de la dignidad de la poesía bajo el capitalismo. Se trata de tomarse la poesía en serio. No tomarse la poesía en serio me parece una aberración moral propia del subdesarrollo… Hasta los curas y el Papa tienen un sueldo”. A lo que García Martín responde con claridad: “De la poesía, como de la música, de la pintura o de la fontanería, se puede vivir si hay suficientes clientes dispuestos a pagar por tus servicios… Cualquiera puede ser poeta, ni siquiera necesita aprender métrica para ello, pero no cualquiera puede ser fontanero… Si uno pone un bar y no entran clientes, cierra y se dedica a otra cosa o se va al paro… Sería perfecto que los poetas exigieran vivir de la poesía y, si no lo consiguen, dejaran de escribir versos. Si a pesar de todo siguen escribiendo, que no se quejen”.

Parece, en fin, que aquellos versos sociales que con tanto ahínco revolucionario entonamos en su momento (“Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto”) o se nos han olvidado o nunca los entendimos realmente. Parece habérsenos olvidado también que Machado, con quien muchos aprendimos a leer poesía, ni vivía de la poesía ni sublimaba la literatura, la Gran Cultura, para así empequeñecer la otra cultura, la del ganchillo: conviene no olvidar que era su trabajo de profesor el que le permitía pagar “el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho donde yago”, y no olvidar tampoco que fue Juan de Mairena quien ridiculizó más elegantemente la ostentación del oficio literario traduciendo “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” a lenguaje poético: “Lo que pasa en la calle”.

Es indudable que la creación acude siempre a salvarnos a poco que pongamos de nuestra parte: nos redime de la soledad, nos alivia el dolor, nos hace sentirnos –a ratos- libres, incluso nos llega a convertir en supervivientes de unos cuantos naufragios. Creación necesaria como el pan de cada día, diversa creación (un poema, una novela, una tarta de chocolate, una colcha de ganchillo…) que, no obstante, en ningún caso resiste la comparación con las cosas que verdaderamente sirven, caso del dinero, el poder o la mansa servidumbre. La poesía, como el ganchillo, es verdaderamente inútil.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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