Luis Díaz Viana: “La cultura popular es reliquia, pero también es subversiva y transformadora”

Luis Díaz Viana (Zamora, 1951), profesor de investigación del CSIC y algunas otras cosas, es, sobre todo, antropólogo, es decir, hombre que mira al hombre, en una observación que conjuga la intuición de la poesía y el rigor de la ciencia. Ensayista, poeta y novelista, ha recibido recientemente dos premios que le alegran: el de Humanidades y Ciencias Sociales de Castilla y León y el Premio Diálogo; ambos destacan su papel como antropólogo de la contemporaneidad y su lucidez en los estudios de cultura popular.

¿Cómo y cuándo comienza su interés por la cultura popular?

Muy tempranamente, en mi entorno familiar, y era entonces un interés sobre todo relacionado con la oralidad y lo rural. En mis primeros tiempos como catedrático de Instituto en Soria ya me planteaba mi vocación de investigador de lo popular, y entendía que la escritura antropológica debía ocuparse de dejar constancia de la cultura de quienes solo se comunican en la oralidad, de los que están ajenos a la cultura libresca. Luego, cuando llegué a la Universidad de Berkeley (USA), a principios de los ochenta, hubo quien incluso me acusaría con el tiempo de cierta pérdida de sentido de la realidad de aquí, cuando –en mi opinión– lo que me ocurrió fue justo lo contrario; así que siempre he declarado que yo las preguntas las llevaba “puestas” cuando llego a Estados Unidos. Lo que allí se produce es mi encuentro con la llamada antropología postmoderna desde la que algunos antropólogos se hacían las mismas preguntas que yo me venía haciendo para acabar en una parecida respuesta: juntar todo en mi vida (tradición filológica, antropológica, narrativa). Y reflexionar sobre el antropólogo como autor.

La comprensión general de lo que significa cultura popular es problemática, se mixtifica con conceptos como cultura tradicional o folklore. ¿Qué piensa sobre eso?

Cultura no es un concepto nada inocente en sí. Se atribuye a Epicuro aquello de “huyamos a velas desplegadas de toda cultura” (educación-paideia). Cultura popular resulta ser aún menos inocente si cabe. Y cultura tradicional puede llegar a funcionar como un constructo a veces decididamente perverso. Ya señalo Gramsci que la cultura popular puede ser entendida y rescatada en sus aspectos más conservadores, de reliquia y eco del pasado, pero que también lleva en sí una potencialidad subversiva y transformadora: la que a mí me interesa más. Entiendo como cultura popular lo que antropológicamente entendemos por cultura, una cultura de la gente y para la gente, no solo de los cultos o de los artistas e intelectuales que encarnan la cultura hegemónica.

Luis Díaz Viana.

Luis Díaz Viana.

¿Propone entonces una visión diferente de la cultura, ajena a la división convencional?

Es evidente. Aquí ha tardado en entrar y aún está lejos de ser aceptada una concepción antropológica de cultura. La separación entre Cultura con mayúsculas y “la otra cultura” es muy fuerte. La cultura es el conjunto de conocimientos, expresiones, lenguajes y sistemas simbólicos de representación que un grupo humano crea y se transmite. Visto así, el afán en separar o calificar los conceptos de cultura, pueblo y tradición pierde bastante de su sentido. Desde una perspectiva antropológica toda cultura se construye popularmente y en base a la tradición (acto de entregar-tradere saberes) entre generaciones. Yo añado una perspectiva más a las dos que, siguiendo a Gramsci, apuntaba antes: la del “folklore remedo”, que en vano persigue pureza o autenticidad para devenir casi siempre en rigidez o esclerosis cultural.

¿Cuáles serían las críticas más importantes que pueden hacerse a la manera en que se ha venido recopilando, clasificando e investigando la literatura popular?

Creo que esa concepción decimonónica y romántica de lo popular idealizando al pueblo, “construyéndolo” desde una perspectiva nacionalista y esencialista (al tiempo que ignorando a la gente real y su capacidad creativa en la práctica) ha perjudicado lo que sin duda era un gran edificio teórico y metodológico. En ese separar lo popular-tradicional de lo vulgar aletea la sombra de Herder hablando de un pueblo-pueblo, el campesino, y despreciando al populacho vocinglero de las ciudades. Fijar la atención o más bien “depurar” una literatura popular, la tradicional, rural, oral y antigua es ignorar todo lo que la rodea, envuelve y la hace posible.

¿No cree usted que sean válidas, por tanto, las investigaciones centradas únicamente en los textos avalados por la tradición, los que delatan una cierta antigüedad?

Creo que resulta imprescindible tener en cuenta las intersecciones, las comisuras, los constantes caminos y puntos de contacto entre la llamada literatura vulgar y la consagrada como tradicional; esos planteamientos puristas y “salvamentistas” sobre lo tradicional-popular se han ido volviendo cada vez más insostenibles, porque mientras algunos pretendían mantener a toda costa la autenticidad de tales expresiones llegó la globalización que ha dejado a todo hijo de vecino con el pie cambiado. En la filología interesada por los cantos folklóricos ocurría con cierta asiduidad lo que en el derecho: se ha construido un corpus monolítico –lo salvable, conservable y aplicable- al que amenaza la mera sombra de la diversidad que queda fuera: resulta más fácil que el pueblo sea sólo una parte del pueblo, que se recoja y estudie lo que hace pero no cómo lo hace, que se descontextualice lo recopilado para poder juntar y comparar. La filología en estos ámbitos que comentamos se ha centrado en las encuestas folklóricas, pero ha despreciado en general el trabajo de campo continuado, no sea que nos fuéramos a enterar de algo que no nos interesaba, y ha profundizado en las técnicas de encuesta pero ha obviado la entrevista, recogiendo sólo datos muy escuetos de los informantes. Y es que los hechos escapaban a los métodos y la realidad podía estropear la teoría.

Díaz Viana durante una conferencia.

Díaz Viana durante una conferencia.

Usted ha acuñado la expresión “guardianes de la tradición”, ¿qué significa?

El término no está exento de leve ironía. La aproximación a la cultura popular se ha hecho desde distintas esferas y con diferentes propósitos o intereses. Por ejemplo, con una intención de mero divertimento o hobby; y, en tales casos, entre folklorismo y senderismo puede no haber –a veces– más distancia que la de la actividad que se desarrolla después de ir de lugar en lugar por el campo (pensemos en las sociedades de excursiones a las que tanto movía la curiosidad etnográfica); o desde la inspiración estética (para recrear formas del pasado o innovar con otras que pueden resultar vanguardistas). En el caso de la tradición filológica hay grandes luces y algunas sombras.  Yo puedo abrazar también, si no tanto la idea del autor-legión (en cuanto que despersonaliza a ese pueblo y le roba a menudo su rostro), sí la creencia de que el pueblo, la gente, el folk crea realmente; pero no que se mitifique al pueblo sin llegar a conocerlo, que se le idealice para ignorarlo y reducirlo a una especie de “archivo con boina”; hasta el punto de que esa receta recopiladora del folklorismo se convirtiera, con frecuencia, al ser aplicado por algunos creyentes de la fe en la tradición, en una suerte de “catecismo tradicional”, desde el  que lo más recomendable era plantearse pocas cosas respecto a los términos y conceptos que se habían venido empleando.

¿Las relaciones entre lo oral, lo escrito y lo impreso han sido tenidas en cuenta o han sido más negadas que investigadas?

Esos “guardianes de la tradición” mantienen una cierta prevención ante el “textualismo indidualista” que comprendo, pero parten también –a menudo– de planteamientos en exceso historicistas. Y, para mí, hay un tiempo –o un modo de entenderlo- de la antropología que no se reduce al de la historia, es decir, si observamos bien, hay continuidades sorprendentes en lo cultural, así como diferentes tiempos según la gente que vive en una misma época. Esa convicción, tan extendida en países como éste, de que sólo pueden crear cultura los cultos responde, evidentemente, a una visión elitista de cultura. Y nuestra historia, hasta hace no tanto, sólo se ocupaba de ese tipo de creaciones culturales. Pero hay más: encuentro sorprendentes otras afirmaciones según las cuales se supone que en las regiones subsaharianas o en Oceanía viven pueblos con culturas que tienen más que ver con nuestra Edad Media que las supervivencias folklóricas actuales. Lo que va tanto en contra de la antropología como de la historia. Así que, a la visión elitista, habría que añadir otra bastante etnocéntrica de la cultura.

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¿Qué asuntos tiene pendientes el estudio de la cultura popular?

Falta mucho por ser recogido y comprendido, nos faltan eslabones que están ahí, esperando que los documentemos, pero resulta más cómodo –en la mayoría de las ocasiones– no complicarse la vida, es decir, pensar que lo oral y lo escrito no se interinfluencian. Muchos siguen llevando hasta el último extremo el principio lordiano (teoría de Lord) de lo “técnicamente oral” y arrojan indebidamente al ostracismo todo lo demás. Pero el funcionamiento de la cultura (popular o no) es más complejo. Hay que relacionar tradiciones. Hay que volver sobre todo a Gramsci, considerar sus diferentes maneras de aproximación y entendimiento de lo popular, y no definir este concepto excluyendo vertientes o estigmatizándolas. El único axioma que yo defendería respecto al discurrir de las culturas es que no hay en ellas prácticamente procesos irreversibles.

En su libro De lo propio extraño late esa idea de la mirada antropológica integradora…

Sí, hemos construido un exotismo del otro (del antiguo o del lejano), sin advertir que el conocimiento de los otros (una preocupación constante de la antropología) nace de un interés por nos-otros mismos, al menos por nuestra propia memoria cultural, por lo más cercano. Lo que resulta más importante y revolucionario es que –en efecto– la gente, los grupos humanos crean y transmiten cultura y arte; desde luego el lenguaje se inventa y transforma así: cada individuo tiene capacidad de crear y de disfrutar las creaciones humanas como parte de un gran relato humano, y nadie debería negarle ni esconderle ese derecho. El derecho y la capacidad que nos han hecho la especie que somos. Me interesa pues la cultura llamada popular y la antropología como proyecto humanizador de una humanidad siempre mejorable en la que, sin embargo, podamos encontrarnos y ayudarnos todos en la diversidad y las diferencias. Creo que, si nos identificáramos con ese gran relato, podríamos –quizá– mejorar algo este mundo cada vez más preocupante.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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