José Antonio Olmedo: “Sin la imaginación, sin la intuición o el sueño, seríamos seres artificiales”

Para José Antonio Olmedo López-Amor vida y literatura parecen ser la misma cosa: es escritor y escribe sobre otros con entusiasmo y tesón. Acaba de publicar su último poemario, ‘La flor de la vida’ (Lastura, 2016), un libro que ha preferido firmar con el seudónimo Heberto de Sysmo, en el que ha estado trabajando casi una década y con el que abre paso a una voz poética “madurada y pulida”. En esta entrevista nos desvela algunas de las claves de una obra inteligente, compleja y enigmática.

¿Quién es, o quién quiere ser, Heberto de Sysmo?

Sin riesgo a equivocarme, puedo afirmar que este heterónimo nació con la aspiración de ser el responsable de mi parte más artística y soñadora, más libre y por ello, menos mundana; o al menos, pensar que ello es probable siempre me ha tranquilizado. Si escindir una conciencia en dos mitades fuese posible, ¿quién no aglutinaría en una de sus partes lo más digno de sí? A grandes rasgos, una persona inquieta y ávida de conocimientos, inconformista, desordenada por polivalente e indagadora por expresionista, no puede ni debe alcanzar a desglosarse con mucho acierto. Heberto representa un ideal, ingenuo e imprudente, no es absoluto, pero sí necesario para mí.

¿Por qué un seudónimo?

Cuando era adolescente, pensaba que, no solo firmar con seudónimo cualquier obra, sino reconocerse a sí mismo como a un ente diferente a la hora de crear, produciría un invisible cortafuego que circundase a nuestra esencia más pura y la mantuviese a salvo de ese fuego contaminado y expansivo que todo lo incendia. Sigo pensando que hay algo de verdad en esta obstinación, hay algo romántico en defender causas perdidas. Tenía que intentarlo.

José Antonio Olmedo López-Amor.

José Antonio Olmedo López-Amor.

Una rosa puede encerrar el secreto del cosmos, ¿es poesía o matemática?

El poeta responderá que es poesía, el matemático, dirá que es matemática. ¿Y qué son los diferentes afluentes de un río que van a desembocar a un mismo mar? El mismo agua, los mismos elementos, la misma música recorriendo paisajes y cauces diferentes.

Pienso que todas las religiones, todas las artes, todas las filosofías son lenguajes diferentes que transmiten un mismo mensaje. Decía Saint-Exupéry que lo esencial es invisible a los ojos, yo añado que también es sencillo.

El ser humano es experto en complicarse las cosas, en encontrar pretextos separadores, cuando la naturaleza está empecinada en irnos revelando, cada vez más, sus invisibles vínculos.

Si el universo entero, en algún momento, fue una sopa primordial —como parecen afirmar los científicos—, todos somos todo: rosa, poesía, matemática, luz sublimada; solo que quien dispone de conciencia no hace más que preguntarse, y hace bien.

La verdad y la mentira, la belleza y el horror, la muerte y la vida… ¿Puede el arte explicar la dualidad?

Dudo que el arte explique muchas cosas, más bien las desvela, las delata o apunta por pura incontinencia, casi siempre a través de desconocidos mecanismos y quizá por motivos inaprehensibles. Intentamos dar rienda suelta a nuestra creatividad y el arte brota de esa lucha, de esa metáfora entre sistemas binarios que se oponen y equilibran en un forcejeo del que surge la vida. Semióticamente, no puede desperdiciarse una simbología así. Esos factores, icónicos por dramáticos y trascendentes por ciertos, no pueden deslindarse del pensamiento, de la emoción, del arte, pues entre todos configuran cuanto conocemos del mundo y de nosotros mismos. A pesar de todo, creo que el arte expresa mucho más de lo que podemos interpretar, y creo que es bueno que así siga siendo.

¿Es la imaginación la llave que abre la esfera oculta del conocimiento?

Cuando llegamos a los límites de la ciencia y queremos seguir avanzando ¿qué nos queda? Todo axioma nació de un sofisma, como digo en la introducción al libro. Sin la imaginación, sin la intuición, la creatividad o el sueño, seríamos seres artificiales, sin alma. Hay algo en nosotros que conecta con una realidad inabarcable, ponerle etiquetas es arriesgado, negarlo es una imprudencia.

“Sacrificar el lirismo en virtud del pensamiento, aniquilar el yo, desnudarse y adentrarse en la nieve”… ¿Es un manifiesto o una poética?

En mi caso, ambos términos son sinónimos. Para muchos, la vida es un trayecto en el que debemos aprender a irnos desprendiendo de las cosas. No es lícito aspirar a algo sin apostar por ello; pagar un precio para conseguir algo parece una resta coherente cuando se pretende sumar, aunque, en este caso, sea interiormente.

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¿Cómo está concebido este libro? ¿Háblenos de su estructura? Imagino que habrá sido un proceso interesante pero complicado.

En este libro está implícita mi preocupación por el fondo y la forma en el discurso poético. Leemos la letra de una canción y puede gustarnos, incluso conmovernos, pero cuando la escuchamos cantada y acompañada de música nos produce una sensación indescriptible que nada tiene que ver con lo anterior. Los formalistas rusos, y antes que ellos, Goethe, afirmaron que cualquier modificación en la forma tenía su repercusión en el fondo, en la percepción de quien enfrenta la obra de arte y hasta en la realidad misma.

El tema de la geometría sagrada me invitaba, de alguna manera, a ahormar el lenguaje escrito a su forma. Por eso cada poema, cada bloque, y en general, la estructura misma el libro,  pretenden ser una pequeña parte de cuanto expresan. Por ejemplo, el libro se divide en siete partes, los bloques primero y último están escritos en verso libre, un verso que simboliza el caos y por ello es más prosaico que el resto. En segundo, tercero, quinto y sexto bloque, se componen de endecasílabos; con ellos represento el acceso y concreción al orden, la medida. Mientras que el núcleo central o cuarto bloque es una síntesis concebida bajo la métrica del haiku clásico. A su vez, en el tercer bloque los versos se ordenan según la sucesión de Fibonnaci. En el quinto, los versos se agrupan en dísticos que simbolizan la dualidad y lo binario. El libro consta de sesenta y nueve poemas y el número de versos totales tiende a números de Fibonacci. Nada es por casualidad, y todo este andamiaje interno del que solo he desvelado una parte, se hace más comprensible a través de los dibujos de Vanesa Torres y de las glosas de David Acebes Sampedro, verdaderos baluartes que aportan dos de los puntos fuertes del libro.

¿Marca este libro un antes y un después en su trayectoria literaria?

Desde luego. No solo como libro en sí, sino por lo que representa.

Mi primer libro fue Luces de antimonio, (coautoría con Okoriades Varacri, Ediciones Ateneo Blasco Ibáñez, 2011), una antología de poemas de juventud. Fui yo cuando escribí aquellos versos, algunos hace más de veinte años. Mi forma de concebir la poesía y la escritura en el presente es muy distinta.

Mi segunda publicación fue El testamento de la rosa, un poemario que “armé” literalmente para participar en un concurso. Tuve la suerte de que resultó finalista en el Premio Nacional de Poesía Poeta Juan Calderón Matador 2014, y aunque aquello me dio una gran alegría, no me encontraba al cien por cien en los poemas, ni sentí haber dado lo mejor en ellos.

La siguiente publicación fue La soledad encendida, (coautoría con Gregorio Muelas, Ultramarina Editorial, 2015), un proyecto muy trabajado —esta vez sí— en el que los versos conformaban haikus, una concepción poética en la que el autor debe desaparecer de sus poemas.

Por lo que, con La flor de la vida (Lastura, 2016), culmino una obra en la que he invertido casi media década de mi vida. Este libro es una obra madurada, pulida y en la que para bien o para mal, soy yo mismo sin ambages. Por tanto, esta publicación será el punto de partida de una voz poética, que ya sin titubeos, se imprime en cuerpo y alma en cuanto hace.

¿Qué tienen en común poesía y geometría?

Si el poeta aspira a ser un geómetra de las palabras, el geómetra sueña ser el poeta de las formas. Ambas disciplinas poseen lenguajes diferentes pero no siento muy lejos a la una de la otra.

La geometría parece sustentarse en conceptos físicos, demostrables, y es advertida con cada descubrimiento, más ligada a la vida y a la conformación de la materia. Mientras que la poesía es algo no empírico, abstracto y con capacidad para influir y trascender en la conciencia; quizá por ello —y siguiendo con el formalismo— son disciplinas poco explotadas y relegadas a una especie de ostracismo, precisamente por la capacidad de extrañamiento y desautomatización que pueden provocar en quien profundice en ellas, motivando con ello la modificación de sus referentes.

Aunque parezca mentira, el sistema social sigue pretendiendo convencernos de que no vale la pena pensar en cambiar las cosas, de ahí, esa campaña de acoso y derribo contra las Humanidades.

Poesía y geometría: intuición y ciencia en busca de la verdad y la belleza.

Imagen de portada: Mandala de José Alberto López.
Mª Ángeles Robles

Autor/a: Mª Ángeles Robles

Soy periodista especializada en temas culturales. He trabajado en Diario de Cádiz, en la agencia de noticias Europa Press y he sido redactora y fundadora del periódico El Independiente Cádiz. Colaboradora habitual de diversas publicaciones culturales en las que he escrito de teatro, cine y literatura.

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