Hurgar en el dolor

Desde el arranque de su novela La víspera del grito Helena Sampedro descubre un protagonista acosado, Edvard Munch, que a cada instante hurga en el dolor. Nunca está solo; lo acompañan sus sombras y miedos, como si el estar diario fuera un gemido quejumbroso que requiere un esfuerzo de autocontrol. Precisa mitigar el temblor continuo que convulsiona su piel. Nunca hay tregua. Los periodos temporales que conceden un estado de calma externa siguen repletos de asimetrías internas.

Desde muy joven ha sentido una inclinación natural por la pintura. Es, con frecuencia, una terapia para airear estados de ánimo. Es también un nido de recuerdos sobre la madre, impulsora de su vocación artística, y sobre el semillero de vivencias que concluye con el tiempo trágico de la despedida, tras la enfermedad materna, cuando muere Laura Catherine y el niño apenas contaba seis años de edad. Sin ella, los hermanos entran en un existir complejo, con un padre distante y ocupado, sin sitio para los afectos. Es un fanático religioso y un déspota a quien el alcohol le sume en periodos en los que aterroriza a sus hijos. Esa situación crea en el joven Edvard una actitud confrontada que camina en el resentimiento. Su padre será continuo protagonista de sus pinturas más descarnadas, y así lo percibirá su tía, al descubrir los dibujos. Ella intenta que el talento natural del artista se dirija hacia el arte de forma menos agresiva, como una parcela a desarrollar en el futuro que le permitan una salida profesional. Pero esa vocación en ciernes estará llena de dificultad; su progenitor espera de él una formación más pragmática, nunca volcada hacia el arte que considera sin más un trabajo secundario y bohemio. Por otra parte, el entorno familiar sigue convulsionado por la enfermedad. Su hermana Sophie sufre un profundo deterioro físico que durante meses transforma su organismo hasta el final. El mismo Edvard tiene una identidad psicótica, que le impide desarrollar tareas sin los condicionamientos de la pesadilla.

Toda la primera parte de la novela está marcada por el desamparo y la muerte; es lógico entender que el aprendizaje es incapaz de superar estos laberintos anímicos de una grave crisis personal que afectará a su forma de entender el arte. Está sumido en un abismo interior del que apenas puede salir. Se traduce en un estado compulsivo de inquietud y pesadilla que dura casi dos años; es un tiempo donde el pintor vive una realidad enajenada, en el que todo carece de sentido por esos intrusos que gobiernan su voluntad y su atonía. Los mínimos esfuerzos por retomar la pintura fracasan, como si la figura omnipotente del padre se impusiera también como protagonista de sus pesadillas y sueños. A pesar de todo, la presión del entorno busca luz a su quehacer artístico y también los hacen los recuerdos preservados de su madre y su hermana… El mismo Edvard sabe que su realización como persona requiere un paso adelante en el que tome forma su deseo de pintar. Las pesadillas no se alejan, ni esos estratos cromáticos interiores que tanto convulsionan, pero poco a poco los pinceles son los instrumentos de su propio psiquismo, una terapia fuerte que le obliga a seguir.

Helena Sampedro.

Pero no solo el joven pintor cobija un cúmulo de sombras. Un recurso cervantino, la historia dentro de la historia, permite asomarse al alma atormentada del padre y a su concepto del pecado y la culpa que tanto marcó la historia relacional con la madre desaparecida.

El tramo final incide en la forja del artista. El ambiente de la academia, el aplauso de los profesores por su originalidad, y la adquisición de técnicas y motivos no logran ahuyentar la inseguridad del creador ni su mundo sombrío de apariciones y extrañezas. Los largos periodos de encierro denotan una patología no superada en la que confunde la expresión real y estratos abiertos de las pesadillas que reiventan mundos ajenos. Solo la ayuda de su tutor artístico y la paciencia de su tía consiguen ir creando un clima de regreso a la cordura. Y en ese regreso el retorno a la vida social que le permite enfrentarse con determinación a la autoridad paterna,  conocer el clima intelectual del momento y la obtención de la beca en París, tan necesaria para abrir puertas a su talento creador. Y como culminación de este largo viaje a la luz el descubrimiento del amor y del sexo como acicate e impulso vital.

Helena Sampedro firma unas propuesta ficcional amena, de lectura ligera, con una lograda cristalización de personajes y un argumento verosímil, atinado en la recreación de la atmósfera familiar. Conjuga brevedad y capítulos intensos, de alto clima emocional. En ellos resalta la identidad juvenil del pintor y su carácter psicótico, azotado por los juegos de la imaginación repletos de demonios interiores, esos que le permitirán romper los espejos de lo convencional para abrir un profundo surco en el arte contemporáneo y convertir su pintura en grito perdurable.

José Luis Morante

Autor/a: José Luis Morante

José Luis Morante (El Bohodón, 1956) es profesor de Ciencias Sociales, poeta y crítico. Ha escrito una decena de libros de poesía, el diario 'Reencuentros', el conjunto de entrevistas 'Palabras adentro' y varias ediciones críticas, entre ellas las de Joan Margarit, Luis García Montero y Eloy Sánchez Rosillo para Letras Hispánicas. Es responsable del blog 'Puentes de papel'.

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