Mi hijo quiere ser pintor

Perdónenme que recurra al tópico, pero hace ya como un par de años que, cierto día, mi hijo me dio una buena y una mala noticia. Primero la buena: papá, quiero ser pintor, como tú. La mala: papá, quiero ser pintor, como tú. Ustedes dirán: es la misma noticia. Y se preguntarán: ¿cómo es posible que una misma noticia pueda ser buena y mala a la vez? No le den más vueltas. La vida se construye sobre este tipo de paradojas.

Examinemos la vertiente buena de la noticia. Yo era lo que se decía antes un humilde maestro de escuela. Jamás me había dado por coger un pincel para plasmar la realidad. Bueno, ya se sabe, los consabidos monigotes infantiles con lápices de colores y pare usted de contar. Pero cierto cumpleaños mi mujer me obsequió un estuche de acuarelas. Le pregunté que a cuento de qué venía ese regalo. Me dijo que lo encontró en oferta y le había parecido bonito. Además de que podría emplearlo para entretenerme en casa sin necesidad de estar pegado todo el rato a la pantalla del televisor. Cuando abrí el estuche me llevé una fuerte impresión, por su disposición y su variado colorido. Aquella visión despertó algo muy poderoso que llevaba latente en mi interior sin que se me hubiera pasado nunca ni por el forro de mi imaginación. Caí en una especie de estado febril de acuarelista autodidacta tardío. Me compré varios manuales de iniciación y examiné la obra de los grandes maestros del género. No era volver del colegio que ya estaba en el patio de mi casa tratando de atrapar sobre las cartulinas todo lo que se pusiese ante mi vista: los tendederos con la ropa, los edificios de enfrente, las piruetas del gato, los árboles de la calle que asomaban por encima de la tapia, mi propia casa. Me perdía por las calles buscando rincones que, de regreso, pudiera llevarme metidos bajo el brazo. Permanecía despierto hasta altas horas de la madrugada tratando de aquilatar los más finos detalles de mis obras de principiante. Hasta tal punto llegó mi pasión que mi mujer me llegó a declarar su arrepentimiento por habérsele ocurrido hacerme tal regalo y, temiéndose que aquello se estuviera convirtiendo en una insana obsesión, incluso me sugería que me tumbase en el sofá a mirar la televisión.

Ilustración de Luis López Núñez.

Hubo un antes y un después de aquel concurso local de acuarelistas, Dibuja Tu Pueblo, que gané con todo merecimiento, según expresó el presidente del jurado en el acto público de entrega del diploma acreditativo. Aquello hizo que mi ego rebosara de satisfacción. Mi hijo, por aquel entonces, aún gastaba pañales. Mi mujer me felicitó con una extraña mezcla de gozo, por la parte que le tocaba, y de lamentación, por lo que imaginaba que se le podría venir encima. Y no imaginaba mal, porque al poco tiempo llegó el día en que le dije que estaba pensando en dar el salto al óleo. Dicho y hecho. Dejé el coche en la calle y me monté un estudio en el garaje, con mis caballetes, mis marcos, mis obras acabadas y mis estanterías, sobre las que coloqué pinceles, botes de disolvente y pilas de tubos de pintura. He de reconocer que no soy un buen pintor en el sentido académico del término. Me falta formación y carezco de los recursos técnicos que tienen como base el aprendizaje teórico. Soy, en la opinión de muchos críticos, lo que se considera un artista intuitivo. Pero a la gente le gusta lo que pinto. No me pregunten por qué. Y lo más importante, está dispuesta a pagar grandes sumas de dinero por tener colgada en sus salones una de mis pinturas. Mi éxito me permitió abandonar la tiza para vivir exclusivamente de mi muñeca. Ahora soy un reputado artista bien recibido en salones y galerías. También he de confesar que he sabido moverme con agilidad en el mundo turbio que rodea al acto creativo pictórico. Un mundo dominado por las ambiciones, los intereses económicos y el narcisismo de quienes se creen dioses con los pinceles en la tierra y los pies en el cielo. Es en ese territorio minado donde realmente te la juegas. De nada sirve lo que pintes, ni lo bien que lo hagas, si no sabes anticiparte a la jugada, o mejor dicho jugarretas, de tus rivales. Mis mejores triunfos se han producido ahí, independientemente de lo atractiva que pueda resultar mi obra. Que tu hijo, con veintitantos años de edad, te diga que quiere ser pintor como tú constituye, como comprenderán, una anuncio que te llena de emoción.

Vamos ahora a la vertiente negativa de la noticia. Como cualquier padre hubiese hecho por su hijo, yo me entregué incondicionalmente a su deseo. Lo primero que hice, a imitación de los propietarios de las grandes entidades financieras que comienzan empleado a sus hijos como botones, fue comprarle su estuche de acuarelas para que fuera iniciándose en este complejo mundo donde los pigmentos de color confluyen con los brillos del oro. Pero mi hijo quería empezar desde lo alto, ocupando una silla en el consejo de administración del banco. Yo sabía que ese no era el camino, pero permanecí a su lado moviendo todos los resortes que tenía a mi mano para facilitarle la escalada, sacrificando con ello a muchos jóvenes talentos que debían luchar contra mis influencias con sus manos desnudas. Preferí no ver que, en lugar de una arraigada vocación o el lógico apego al ejemplo paterno, se trataba de una salida desesperada para quien había fracasado en los estudios no siendo capaz ni siquiera de acabar la carrera de magisterio. Me convencí de que, de demostrar el tesón necesario y poseer la sensibilidad artística mínima para ponerse delante del lienzo, podría hacerse un hueco cómodo entre rivales, críticos y galeristas. Pero por desgracia, por más que me empeñaba en no creérmelo, mi hijo no tenía ni la garra ni la más elemental soltura de muñeca necesarias para alcanzar la cima, por más que me tuviera a mí empujándole el carro. En cuando yo dejara de prestarle mi apoyo, sería devorado por los muchos tiburones que chapoteaban en esas turbulentas aguas.

Las pinturas de mi hijo no es que sean malas, sino que en ellas, hasta para el más profano, salta a la vista su sentido de la improvisación, su falta de constancia, su impericia para culminar los detalles, su insufrible dejadez, su optar por el camino fácil para llegar rápido al final. Para nada sirve que trate yo de convencerlo de que siga mis pasos y me imite, tanto en el manejo de los pinceles como en el difícil arte de nadar y guardar la ropa, infructuoso cualquier empeño por mi parte de inculcarle mi magisterio. No obstante, tanto él como yo, nos encontramos en un camino sin retorno. Yo me sé ya en el declive de mi carrera, cada vez más supeditado a la reiteración de mis motivos más trillados, cada vez más encontrando más obstáculos para que los galeristas expongan mis obras, pero eso no me preocupa demasiado. Tengo dinero suficiente para disfrutar de una vida plácida lo que me quede en este mundo. Pero temo por mi hijo. Lo estoy exponiendo demasiado a la envidia y al odio del prójimo. En cuanto yo desaparezca será pasto de los que desenvainen contra él sus metales vengativos.

Espero que comprendan ahora el sentido de la paradoja.

[Estoy convencido de que mi hijo ni sabe pintar, ni aprenderá, ni sabrá sobrevivir entre galeristas ni rivales en cuanto yo deje de protegerlo].

 

Ilustraciones: Luis López Núñez.
Ramón Pérez Montero

Autor/a: Ramón Pérez Montero

Ramón Pérez Montero es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Cádiz. Novelista, poeta, articulista y profesor, publicó su primera novela, ‘Mi nunca dicha razón de amor’, en Sevilla (editorial Castillejo, 1996). Tras títulos como ‘Tarde sin orillas’ (Algaida) y ‘Princesa en la red’, su última novela, ‘Eras la noche’, ha sido publicada este año por Libros de la Herida. En 2012 vio la luz su primer libro de poemas, ‘La mirada inclemente’. En 2016 ha publicado su segundo poemario, ‘Palabra de Adán’, con la editorial sevillana Renacimiento. También ha escrito un libro de investigación histórica, ‘Crónica del desarraigo’, editado por Puerta del Sol en 2014. Actualmente, es colaborador de la ‘La Voz de Cádiz’.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *