Elogio del allegado

La Derecha política (como también la Iglesia, su maestra) puede llegar a ser muy sutil a la hora de inocular sus directrices morales. En estos días, por ejemplo, el Gobierno de la Junta de Andalucía, al hilo de la publicación de la normativa sobre movilidad del período navideño, ha querido aprovechar la ocasión para eliminar el término “allegado” de las reuniones que podemos celebrar en nuestras casas. Sí, para despejar ambigüedades (así lo justificaba Juanma Moreno), en dichos encuentros festivos debería participar un determinado número de familiares, solo familiares, que quede claro.

La Derecha vuelve a tratar a los ciudadanos como a niños (o más bien a la manera en que los adultos temerosos de la libertad de los niños tratan a los niños) porque nos quiere ahorrar la duda absurda sembrada por el Ministro Illa al propagar el término borroso de “allegado”. De nada ha servido que el Ministro apele al sentido común de la gente y haya propuesto que cada uno definamos lo de allegado según nuestra situación personal, nuestros afectos o nuestro propio criterio. De nada. Aquí, como seguimos arrastrando el patético gusto por el paternalismo estatal con el que nos acunó amorosamente Franco, nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer y lo que no, que nos prohíban o nos permitan claramente a qué hora salimos y a cuál entramos, con quién podemos comer, con quién no debemos juntarnos y con quién debemos o no debemos meternos en la cama. Nos quedamos mucho más tranquilos si es así. Otras opciones nos inquietan, nos incomodan, nos ponen en el aprieto de decidir libremente a quién queremos amar y a quién no, en el aprieto de tener la excepcional oportunidad de elegir (¡por una sola vez en nuestra vida!) unas felices navidades.

Mesa navideña a la espera de los allegados.

En algunas de esas encuestas que nos llegan a través de la Red para saber cómo llevamos la pandemia deberían preguntarnos de quiénes hemos recibido más ayuda y más compañía en estos meses de confinamiento, de enfermedad y de tristeza. Creo que, si respondiéramos con sinceridad, las estadísticas nos sorprenderían y situarían al menos en un cincuenta por ciento el porcentaje de personas que se han sentido más acompañadas y consoladas por los allegados que por los familiares (yo he hecho mi propia encuesta y me sale más de un setenta por ciento, pero no voy a hacer demagogia).

Es cierto que el Ministro Illa no ha explicado con exactitud lo de los allegados, no sé si ha estado cobarde o en exceso respetuoso. Para quien tenga interés en saber qué es un allegado en tiempos de pandemia, aclararé aquí que allegados son ese médico o esa enfermera que fumó con nosotros en un pasillo clandestino del hospital mientras nuestro padre agonizaba; esa amiga o ese amigo que nos llamó por teléfono un día sí y otro también para quitarnos el miedo a la tormenta y a la soledad; ese vecino que, al ir al mercado, se acordó de nosotros y nos dejó en la puerta un kilo de naranjas, unos calamares y un ramito de perejil; son también allegados, unos de otros, las parejas (heterosexuales y homosexuales) que se aman pero que ni comparten piso o hipoteca ni han pasado ni van a pasar por un juzgado o por un altar para formalizar su relación, porque no les da la gana y porque quieren seguir siendo eternamente allegados… Un allegado, en fin, es todo aquel que, sin ser cuñado, suegra, primo o sobrino, quisiéramos tener al lado mientras tomamos las uvas al son de las campanadas de la Puerta de Brandeburgo, sin que nadie nos mire desconfiadamente porque no lo estamos haciendo al son del reloj de la Puerta del Sol.

El invento de los allegados del Ministro Illa es de una inocencia sobrecogedora, pero no es políticamente oportuno porque es ambiguo y deja un margen tenebroso para la libertad; el intento de Juanma Moreno de eliminar los allegados no tiene nada de inocente, porque nos resitúa en la realidad españolísima y casposa de tener que pasar –¡otra vez!– las navidades con el cuñado, que al fin y al cabo es el marido de tu hermana y eso, te pongas como te pongas, es sagrado.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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