Francisca Aguirre: la Ítaca interior

Los compartimentos generacionales suelen ser poco permeables con la obra de autores que publican tarde, cuando la nómina ya está cerrada. La nueva voz queda entonces en un territorio neutral que no se corresponde con el asignado por su fecha de nacimiento y es difícil integrarse en las promociones siguientes, con las que coincide en años de publicación. Francisca Aguirre nació en Alicante en 1930; por tal circunstancia habitaría la celebrada generación del medio siglo; sin embargo su opera prima, Ítaca —galardonada con el Premio Leopoldo Panero— apareció en 1972, cuando el venecianismo, de la mano de Pere Gimferrer y Guillermo Carnero, se había convertido en estética dominante y marcaba el rumbo de la década.

Aquel libro nos dejaba elementos perdurables en la poesía de Francisca Aguirre —intimismo, autobiografía, indagación existencial, sentimientos y relaciones entre el otro y el yo— y sobre todo marcaba las coordenadas de un perfil creativo que en el arranque del siglo XXI podemos abarcar en toda su dimensión, cuando se publica Ensayo General, una compilación de trayecto que acoge la poesía escrita entre 1966 y 2000. La sobria edición de Calambur se abre con un extenso trabajo de Emilio Miró titulado «Mester de vida” que analiza este largo tránsito creativo.

Portada de la primera edición del poemario ‘Ítaca’.

Ítaca está impregnado de simbolismo. La patria de Ulises es isla refugio y espacio de regreso, pero también encierro y soledad para una Penélope condenada a una larga espera. Comprimida por un anillo de agua, Ítaca es desolación que conserva los ecos y ha perdido las voces, un gran mirador para otear el horizonte o mirar la estela de los náufragos. En esa latitud del abandono, Penélope, alter ego de la autora, nos traza su panorama existencial desde la memoria y desde las paredes de ese vacío cotidiano que nos deja la ausencia de verdades. Cierra este libro umbral una colección de aforismos que condensan toda la meditación existencial abordada en las composiciones. Al ser reeditado en 2017, Ítaca incorpora un prólogo firmado por Marta Agudo en el que se resalta el tono angustiado del hablante poético y la actitud de espera. Quien aguarda es el sujeto paciente, encerrado en sí mismo en una Ítaca interior, que borra cualquier decepción para dar sentido al regreso.

Si la reescritura de un verso de Rubén Darío —»Francisca Aguirre, acompáñate”— era el colofón de Ítaca, su segunda salida, Los trescientos escalones, comienza con un homenaje poético a César Vallejo y se prolonga con otro a Antonio Machado. No son las únicas gratitudes presentes en el libro. Además se canta la escritura de Juan Carlos Onetti, en un largo poema narrativo desgajado de El astillero. Prevalece en estos poemas la actitud meditativa; los trescientos escalones son un camino de vida y distancia, de sensaciones y vivencias.

También florecen en el libro la mirada social —una perspectiva condicionada por la ausencia del padre y la durísima posguerra— y la preocupación metapoética. Oficio de tinieblas denomina Francisca Aguirre al recado de escribir y se nos expone otra convicción: es imposible escribir una poética que no sea  aquella que nos ayude a calcular la zona de vacío que discurre entre la vida y la muerte.

La música, recibida como una lluvia germinadora, es el motivo central de la tercera colección, escrita entre 1970 y 1974, titulada La otra música. Ritmo y vida se emparejan a través de imágenes y metáforas que reconstruyen el clandestino pentagrama  del azar cotidiano: la soledad, el miedo, los reencuentros y las despedidas.

‘Ensayo general’ de Francisca Aguirre.

En Ensayo general —premiado con el Esquío de poesía— asistimos a los pormenores de una representación teatral en la que primero se nos presentan en clarificadores monólogos dramáticos los personajes que pueblan el escenario —sombras clásicas como Casandra, Cronos o el coro…— y en la segunda parte, en boca de la troyana, se recorre un argumento nucleado sobre la relación de pareja.

El libro que ha servido a la autora para denominar a su obra completa presenta destacables novedades formales: los poemas de la primera parte están escritos en prosa poética, mientras que en la segunda es el soneto la estrofa utilizada, hasta el epílogo.

Pavana para el desasosiego rastrea la historia que hay detrás del tiempo. En él la escritura se convierte en un inventario de apariciones porque la palabra es restitución. Detrás de los espejos, al borde de la música, las cosas que se han ido todavía nos hablan en un suceder previsible en el que solo el amor nos desasosiega y nos somete al ritmo lento y pautado de una pavana.

La poesía completa agrupa también una colección de inéditos que se presentan por primera vez como libro bajo el título de Los maestros cantores. Son más de treinta poemas que enaltecen una tradición lectora, en la que duermen los grandes nombres de la poesía de siempre, con algunos creadores en prosa como Kafka. Son notas de biblioteca, invocaciones y apuntes a pie de página de quien halló en los estantes valiosos interlocutores que ensanchan la conciencia.

Toda recopilación es un balance de resultados. Por tanto su lectura tiene el sesgo crepuscular del trayecto cumplido. Ante la obra de Francisca Aguirre el lector tiene la idea de que el ayer es herencia viva, un río cotidiano cuyas aguas nos mojan a cada instante. El otro gran legado de su poesía es la  mansedumbre de la  música, fondo sonoro que aviva la inquietud de la  memoria.

Francisca Aguirre. Foto: Europa Press.

Prosigue senda en 2006 con La herida absurda, cuya semántica nocturnal es evidente. Existir es un continuo ejercicio de respirar dolor, un gesto asmático que tiene el regusto de la sangre. No hay corazón indemne; todos habitamos la ausencia. Son pocos los poemas exentos de esta impresión tenebrista: “Al parecer solo se alcanza el paraíso / tras haber habitado una gran temporada en el infierno “. La existencia niega y duele, es un extraño sitio donde las ilusiones nunca se cumplieron. Paul Celan abría un resquicio a la esperanza recordando que queda algo de lenguaje y algo de destino; de ese modo “Transparencias”, tramo final del poemario, argumenta en torno a la evocación, la reivindicación de la inocencia en los ojos de un niño o la ciega esperanza del sosiego: “Definitivamente amo / el escándalo deslumbrante de la vida: / muy pocos paraísos comparables / al asombro que nos regala la existencia…”.

Con Nanas para dormir desperdicios consiguió en 2008 el Premio Valencia de Poesía. En este poemario se hace evidente un cierto tono irónico. Concede a los textos un tono evocativo y distanciado que permite la objetivación frente a la contemplación de lo real. Si la temporalidad es tránsito y terco caminar hacia la nada, la existencia apenas deja entre los dedos una estela gastada de desechos, una incisión leve que solo es posible recuperar mediante la palabra. De este modo, el poema se hace cántico para que la música redima y dé amparo a tanto escombro. Al cabo, el desperdicio mayor es la pérdida, ese incontinente diluirse en la nada como si lo vivido fuera un sueño cuyo tacto apenas nos rozó.

La poeta abre un nuevo estrato argumental en Conversaciones con mi animal de compañía (2013), donde la vertebradura autobiográfica se mitiga para mantener un diálogo socrático con el gato. Apacible y manso, ejemplo de sosiego y ternura, el gato despierta un largo viaje a las reflexiones del devenir. Pero el empeño no es tan sombrío como en otros textos, la caricia y la piel tan cálidas y cercanas en el estar diario dan paso al humor y a un mediodía en el ánimo más dispuesto a la confidencia y al disfrute de las pequeñas cosas del entorno.

El mismo año ve la luz la antología Detrás de los espejos (1973-2010), un recuento parcial, y algunos de sus poemarios se traducen a ámbitos cercanos como el francés o el italiano, lo que difunde un viaje singular a la palabra que siempre acerca a la condición humana.   

El cauce poético de Francisca Aguirre, compilado en enero de 2018 por la editorial Calambur en el volumen Ensayo general. Poesía reunida 1966-2017 avanza con un empeño indagatorio. El yo mira tras los cristales del destino; percibe en los trazos del entorno los signos de un discurrir maltratado por la decepción y el desamparo. El poema entonces se hace vigilia, regresa a la memoria, tantea en los rincones de la incertidumbre hasta mostrar su carne mortal, el nido frágil de una urgente esperanza.

José Luis Morante

Autor/a: José Luis Morante

José Luis Morante (El Bohodón, 1956) es profesor de Ciencias Sociales, poeta y crítico. Ha escrito una decena de libros de poesía, el diario 'Reencuentros', el conjunto de entrevistas 'Palabras adentro' y varias ediciones críticas, entre ellas las de Joan Margarit, Luis García Montero y Eloy Sánchez Rosillo para Letras Hispánicas. Es responsable del blog 'Puentes de papel'.

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