Escritura nocturna

‘Una cierta edad’. Marcos Ordóñez. Anagrama. Barcelona, 2019. 335 pp.

Seis años en poco más de trescientas páginas: tal es el monto del dietario que ha dado a la imprenta el crítico teatral, narrador y columnista Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957); en el que, según él mismo explica, se incluyen además columnas previamente publicadas en el periódico El País; lo que, quizá, basta para calificar al autor de diarista –o dietarista, si se nos permite la palabra– más bien exiguo, o quizá demasiado exigente a la hora de seleccionar lo publicable de sus cuadernos. El resultado, sin embargo, no debe juzgarse por apreciaciones meramente cuantitativas. “Me gustan los diarios que sintetizan, que eligen detalles significativos”: lo es, destacadamente, el intervalo temporal que abarcan estos dietarios, que se extienden a lo largo de la cincuentena del autor y lo dejan en el significativo límite tras el que se convertirá en un hombre de sesenta años.

En una entrada que el autor presenta como posible idea para un cuento, y que efectivamente funciona como un verdadero relato breve, ironiza Ordóñez sobre el hecho de que una muchacha lo haya llamado “abuelo” en el autobús y le haya cedido el asiento. La muchacha tiene acento sudamericano, por lo que el autor quiere atribuir su gesto a la “veneración” por los mayores que se siente en los países del Cono Sur. La ironía, como se sabe, suele ir unida a las constataciones melancólicas. Una cierta edad –tal es el apropiado título de este libro–  es básicamente un tratado impresionista sobre la madurez intelectual y vital de un hombre de letras. Como tal, incluye un catálogo de pérdidas –algunas cercanas, como la del músico Gato Pérez; otras de meros referentes–, pero también un balance de logros, entre los que el autor destaca el de una cierta ecuanimidad –“No es mala cosa utilizar adverbios de duda: «quizá», «posiblemente»”, dice, a propósito de una posible receta para escribir críticas de teatro–, ganada a costa de renunciar a las pretensiones de certeza. Hace acopio también el autor de un jugoso anecdotario, repartido entre recuerdos de primera mano de sus contactos con conocidos personajes del mundo teatral y literario y otros de índole estrictamente personal.

Pero es el tiempo, sin duda, el intervalo de años vividos, lo que autoriza al autor a incorporar a ese discurrir un buen número de sucesos sobre los que el diarista no tiene otra titularidad que la de mero contemporáneo de hechos que luego adquirieron para él una cierta cualidad simbólica: véase, por ejemplo, la notable entrada dedicada a los suicidios del actor George Sanders y el poeta Gabriel Ferrater, que tuvieron lugar con solo un día de diferencia, el 26 y 27 de abril de 1972, y que ofrecen al autor ocasión para una especie de toma de postura moral, tanto sobre el tratamiento que ambas muertes merecieron en la prensa de entonces como sobre el entorno afectivo de ambos suicidas: “Pienso en una mujer que vuelve al anochecer (…) y al escuchar el silencio va hacia el comedor”, anota el diarista, refiriéndose al momento en el que la compañera de Ferrater encuentra el cadáver.

Marcos Ordóñez.

La empatía, la necesidad de construir un espacio personal a resguardo de las asperezas del entorno, es otro de los asuntos recurrentes en este diario. No son muchas las entradas que el autor dedica a la descripción pormenorizada de su espacio íntimo, aunque sí las justas para dar voz propia y entidad de personaje a alguna presencia querida, así como para proporcionar al lector el suficiente recorrido para que no note saltos o discontinuidades entre el protagonista de ese ajustado relato íntimo y familiar –con gato incluido– y el hombre público o que asume una voz pública. Es llamativo, a estos efectos, que no se perciban diferencias notables de tono y estilo entre las anotaciones puramente diarísticas y las que en su día fueron artículos de prensa. Alude el autor al carácter “nocturno” de esos artículos capaces de transmutarse en páginas de un diario. Pero quizá esa nocturnidad en trance confidencial no sea, al cabo, sino un modo general de concebir la escritura. Por lo que el autor nos cuenta de otras obras suyas, e incluso de la puramente periodística, ese parece ser el caso.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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