Escribir y ser desde la neurodivergencia

¿Os acordáis de lo que dijo Thoreau?

«Estar despierto es estar vivo. Nunca he conocido a un hombre

que estuviera completamente despierto. ¿Cómo podría

haberlo mirado a la cara?». No se le puede pedir a nadie

que esté completamente despierto siempre, pero a eso

debe aspirar la poeta con mayor frecuencia que los demás;

esto es, debe a aprender a inducirse un estado de conciencia.

May Sarton

Conceptos como la hipersensibilidad, la neurodivergencia o la neuroatipicidad parecen estar de moda. Al menos, hay una clara tendencia a hablar de estas peculiaridades del carácter sin tapujos, o a no esconder ni reprimir ciertos rasgos de personalidad que en épocas pasadas hubiéramos preferido mantener en el más absoluto secreto. Los neuroatípicos ya no nos escondemos, ni ocultamos ciertos comportamientos que a ojos de los demás pueden parecer, cuanto menos, excéntricos. La salud mental, sobre todo la de las mujeres, ha sido un tema recurrente en la literatura, y no me refiero a la temática, sino a la personalidad de muchas autoras. Grandes escritoras han escrito sin pudor sobre sus trastornos de bipolaridad, de depresión maníaca o de patología esquizoide en los casos más extremos, como Leonora Carrington, Virginia Woolf o Sylvia Plath; las tres acabaron suicidándose. Y otras, como May Sarton, -sin haber sido ni siquiera diagnosticada-, destila en su escritura memorialista o del yo comportamientos erráticos e inestables, con frecuentes y llamativos cambios de humor, una alegría inopinada y una tristeza profunda en las que pendula constantemente. Es plenamente consciente de sus episodios de ira y de sus episodios de euforia, dejando translucir un comportamiento que parece compatible con un trastorno límite de personalidad. Armándose y decostruyéndose constantemente en cada entrada de sus famosos diarios; cuestionándose y hablando de sí misma claramente, sin ambages, buscando en la escritura respuestas con una enorme honestidad intelectual.

“Para la persona con depresión no hay recompensas rápidas. Se trataba de hacer un canal y luego guiar mi bote por él, día a día. Para mí el canal siempre ha sido el trabajo, escribir poesía y novela, y cada una de ellas ha sido una forma de llegar a comprender lo que realmente me estaba sucediendo”.

Sus diarios atraviesan una vida plena y fecunda y, en ellos, Sarton reflexiona, desentraña y pone en juego, con una prosa fluida, clara y delicada, llena de inteligencia y de un dominio desbordante del lenguaje, los temas fundamentales de la existencia: la soledad, la muerte, el amor, el jardín como locus amoenus y el paso del tiempo. Aborda también la homosexualidad femenina, el feminismo, el género y otras problemáticas sociales y políticas con gran pericia y rigor. Pero no radica aquí para mí la novedad o el interés de sus escritos diarísticos, a pesar de que entrar en su mundo de la mano de la palabra narrada a diario representa una inmersión total en una existencia apasionante y bien vivida, expuesta con una sólida técnica narrativa y un tono que atrapan y conquistan de inmediato. Construye, al mismo tiempo que la lectora que se asoma a sus textos, su espacio y tiempo propios. Una raíz y un origen, una casa, etapa tras etapa, década tras década, una habitación para ella sola en la que habitan sus fantasmas orbitales, sus demonios y sus presencias cotidianas imprescindibles, estén o no presentes (“A menudo siento que mis huéspedes aquí en Nelson se convierten en mis fantasmas después de marcharse, en apariciones buenas, tan grande es la reverberación de cada presencia en la soledad. […] Aquí los muertos no son tanto presencias como parte de la urdimbre de mi vida; son una parte viva del todo”).

Nadine Gordimer habla en su discurso de aceptación del Premio Nobel en 1991de dos hechos que para mí y para Sarton son inseparables: escribir y ser. Dos verbos, dos variables con varias combinaciones posibles que, a su vez, se prestan a una multiplicidad de interesantes juegos sintácticos. Vivir para la escritura. Escribir para vivir. Vivir por la escritura. Escribir para sobrevivir. Sobrevivir siendo escritora. Y, la última, en la que cambio vivir por ser, que no es lo mismo que existir, aunque se le parezca. Ser mujer. Y ser escritora. Como un rasgo, no como un estado. Y ser neurodivergente. En este caso, tener una personalidad límite. Ese estado de «peligroso equilibrio entre la esperanza y la desesperación» como ella tan bien lo describe.

‘Miss May Sarton’ (1936), de Polly Thayer.

Según los manuales de diagnóstico –y la propia experiencia– entre los rasgos de la personalidad límite, hay variables verdaderamente molestas como son un exceso de autocrítica, sentimientos de vacío, inestabilidad en las metas y objetivos, relaciones cercanas intensas y conflictivas por sobreimplicación o distanciamiento –conducta antisocial–, y una preocupación ansiosa, irritabilidad y un fuerte componente de impulsividad. También las hay favorables, como son una alta capacidad intelectual –que, generalmente, se muestra desde edades tempranas– y la presencia de aptitudes o talentos artísticos unidos a una gran creatividad. Estos síntomas son de naturaleza variable y errática y pueden estar más o menos presentes en cada persona:

“A veces pienso que los ataques de rabia son como una enorme urgencia creativa vuelta del revés, algo reprimido que se desborda, no una frustración acumulada que debe encontrar una salida y explota por cualquier nimiedad. He sufrido estos ataques desde niña. […] Los franceses tienen un nombre para este rasgo: soupe au lait, como cuando la leche se derrama al hervir. ¿Será la rabieta una válvula intrínseca contra la locura o la enfermedad? […] Cuando la feroz tensión que hay en mí se encauza de forma adecuada, crea una tensión muy buena para trabajar, pero cuando no encuentra un equilibrio soy muy destructiva […] El sistema nervioso está lleno de misterios. […] La depresión neurótica es tan tediosa porque es repetitiva, una rueda que gira y gira sin cesar”.

Sarton se desnuda en sus páginas sin reservas. Busca respuestas y se cuestiona con inteligencia y una coherencia interna abrumadora lo que le ocurre. Intenta explicarse. Recuerda a su madre y sus traumas de la infancia en una granja de Gales. Cuenta cómo ésta reprimía sus emociones delante de su padre y de ella misma, lo que le ocasionaba fuertes migrañas y taquicardias. Porque, una característica de este rasgo de personalidad es que, a menudo, suele desencadenarse por un hecho traumático y suele pasar de una generación a otra donde se reproducen ciertos patrones, siendo más frecuente en las mujeres. Mujeres que, en la mayoría de los casos, eligen vivir deliberadamente y con plena consciencia vidas extraordinarias a pesar del sufrimiento aparejado, sin caer, por ello, en el desorden o la autocomplacencia. Porque estas neurosis, como dice Sarton, son «neurosis civilizadas y civilizadoras».

A lo largo de todos sus diarios, Sarton usa con frecuencia la expresión “estado” o “nivel de conciencia” para describir cómo se siente –en una soledad que añora, pero que a veces la asfixia–, en lo que parece un guiño de complicidad a Walt Whitman y a su conciencia cósmica: “Anoche, más tarde, accedí a otro nivel de conciencia cuando estuve reflexionando sobre la soledad y su valor supremo. Aquí, en Nelson, he estado cerca de suicidarme más de una vez, y más de una vez me he acercado a una experiencia mística de unidad con el universo. Ambos estados se asemejan: los muros desaparecen y nos hallamos desnudos y reducidos a la esencia”. De nuevo, frente a un sentimiento, se debate entre dos polos para, después, encontrar la explicación al caos, salir a la superficie y sublimarse. Renacer, recomenzar, en un círculo constante y lleno de sentido que aprovecha para dar salida a su creatividad: “Podríamos definir el poema como el resultado de una colisión entre un estado de conciencia, un instrumento delicado que registra sensaciones y un objeto”.

“¿Y en qué consiste ese estado mental? –Se pregunta Sarton–. Aquí sólo puedo hablar por mí. Se trata de una suspensión flotante, por encima de toda la suspensión de la voluntad: no podemos escribir un poema por el simple hecho de escribirlo, sino convirtiéndonos en instrumento, lo cual significa no estar atados a un propósito, sino abiertos a todo acontecimiento casual y fortuito”.

La personalidad de la escritora como herida. La herida hecha escritura, y la palabra que cierra y abre esa herida como principio y fin de ese estado de conciencia al que se permanece abierta, siempre en modo alerta, con una hiperatención dirigida al entorno, a la naturaleza, a lo que suscita un “detenerse y contemplar”, sostener la mirada y la respiración en los márgenes, en los bordes de la realidad, allí donde el discurso normativo pierde pie y se desvanece.

La escritura diarística femenina y la poesía como catarsis han sido vehículos de expresión desde que las mujeres tuvimos acceso al conocimiento. Refugios y guías para entender nuestra propia neuroatipicidad y esa hipersensibilidad ante el mundo y sus acontecimientos, en fin, ante la propia vida.

Lecturas recomendadas: Hasta el momento, Gallo Nero Ediciones se ha encargado de editar y traducir al español seis diarios de May Sarton (Anhelo de raíces, La casa junto al mar, Diario de una soledad, Diario a los sesenta, Diario a los setenta, Conocí un Fénix y Sobre la escritura) y dos novelas (Lo que somos ahora y El señor peludo, esta última escrita también en un género a medias entre la ficción y las memorias).

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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