Un explorador al servicio de una partida de tramperos que huye de los indios es atacado por un oso y queda gravemente herido e imposibilitado de continuar la marcha, lo que pone a sus compañeros en la tesitura de abandonarlo en el bosque. El capitán de la partida deja a tres hombres con él, con el encargo de que lo asistan hasta el momento de su muerte. Dos de ellos son voluntarios: el hijo mestizo de la víctima y un muchacho compasivo, que renuncian incluso a la paga que les correspondería por asumir tan delicada misión y la ceden al tercero, un rudo trampero que acepta el encargo a cambio de la triple recompensa.
Tal es el planteamiento de El renacido (The Revenant, 2015), la última película de Alejandro González Iñárritu. El espectador anticipa ya lo que va a suceder: el trampero venal intentará rematar al herido o abandonarlo y volver con los suyos para cobrar la recompensa; para ello, mata al hijo, que lo sorprende en su primer intento, y se deshace del cadáver justo a tiempo de poder presentar la ausencia del muerto como una desaparición, motivada quizá por la cercanía de los indios perseguidores. Ante esta eventualidad, convence a su segundo compañero de que deben huir y dejar atrás al herido y al presunto desaparecido. Hasta aquí, lo que parece el inicio de una típica película de venganza justificada: el herido sobrevivirá y dará caza al asesino. Pero se trata de algo más: no tanto de la historia de un “renacido”, como induce a pensar el incorrecto título español, como la de un fantasma –que es lo que propiamente significa “revenant” en inglés: un “regresado” o muerto que vuelve del Más Allá para saldar sus cuentas pendientes en el mundo de los vivos. Es una figura relativamente popular en el folklore americano, de donde ha pasado a su literatura: “regresados” ilustres fueron el Jinete sin Cabeza que protagonizaba el relato “Sleepy Hollow” de Washington Irving, en el que se basa la película del mismo título de Tim Burton (1999), o las protagonistas de “Ligeia”, “Morella” y otros cuentos de Poe; así como los pistoleros venidos del Más Allá que protagonizan los dos primeros westerns de Clint Eastwood: Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973) y El jinete pálido (Pale Rider, 1985).
Como Eastwood, Iñárritu juega a escamotear la condición fantasmal de su personaje, que en ningún momento es presentado como muerto. Más bien, al espectador se le ofrece toda la información necesaria para aceptar la milagrosa capacidad de supervivencia de este Hugh Glass, trasunto de un personaje histórico que vivió en la frontera americana a principios del siglo XIX, y sobre quien ya había hecho John Huston una película que guarda bastantes semejanzas con la de Iñárritu: El hombre de las tierras salvajes (Man in the Wilderness, 1971). Glass, decíamos, es mostrado como un hombre que sabe usar el fuego para cauterizarse una herida, pescar con las manos y alimentarse de raíces. Pero el caso es que lo hemos visto, no solo destrozado por un oso, sino también atrapado en un par de tormentas de nieve, empujado catarata abajo por los rápidos de un río, e incluso cayendo con su montura por un barranco. Haber sobrevivido a todos esos accidentes justifica sobradamente la condición legendaria del personaje y la atención persistente que le han dedicado otros cineastas y narradores, pero no basta para activar la necesaria suspensión de la incredulidad que necesita un espectador de cine para permanecer atento a una historia a todas luces increíble. Y ahí es donde entra el recurso a un simbolismo de implicaciones cuasirreligriosas, característico del cine de Iñárritu y de su compatriota y coetáneo Guillermo del Toro. A cada una de estas “muertes” sigue un simbólico renacer: Glass se arrastrará literalmente fuera de la tumba en la que lo han arrojado sus compañeros, emergerá de una improvisada choza de ramas y hielo tras el paso de una tormenta y sobrevivirá a otra encerrándose en el vientre de un caballo destripado. Cada uno de estos renaceres, como se ve, se aproxima más a la imagen de un parto: cada una de estas reincidencias supone un mayor afianzamiento del presunto renacido en la ilusión de que su propia vida, como la de los bosques, los ríos o las montañas, está sujeta a un ciclo perpetuo de renovación y sentido.
Ésa es la gran pregunta que planea sobre el tremendismo de esta película: ¿tiene sentido ese mundo de permanente carnicería, de ensañamiento del hombre con la naturaleza o de unos hombres con otros? Al análisis de ese sinsentido elemental se aplicaban, recuérdese, algunas de las películas anteriores de Iñárritu, como Amores perros (2000) o Babel (2006); así como la, hasta ahora, mejor y más sutil de ellas, Birdman (2014), en la que la indagación se hacía introspectiva y no se refería ya, como en las otras, a las desoladas periferias de Ciudad de México o los irredimibles márgenes de la civilización global, sino a la interioridad de un atormentado actor de cine en horas bajas, a quien asalta el fantasma del superhéroe –un improbable Hombre-Pájaro– a quien debe su fama, y que le arrastrará a un final autodestructivo que será también un modo peculiar de reafirmación y redención.
También en El renacido se habla de redención: “la venganza está en manos de Dios”, le dice al asendereado protagonista un indio que lo ayuda en su camino. Es un modo de dar a entender que, a pesar de las apariencias, el caos autodestructivo del que participan el hombre y los elementos tiene sentido, y que posiblemente el explorador y su eventual compañero de viaje son también instrumentos de ese inextricable designio. Al final, algunos de los rudos actos de justicia –podríamos decir “de bondad”, si la palabra no resultara extrañamente inapropiada en este desesperanzado contexto– que el protagonista ha ido efectuando a lo largo de su durísimo recorrido redundan en su favor, y queda efectuada la reparación que el alma en pena requiere para merecer el descanso. La naturaleza –la impresionante naturaleza que retrata esta película, filmada en parajes vírgenes de Canadá y Argentina– actúa como templo y tumba, así como escenario de las revelaciones parciales que acompañan al protagonista en su trayectoria. La pregunta es: ¿ha logrado Iñárritu plasmar eficientemente en imágenes todo lo que el guión insinúa? Kurosawa, con una puesta en escena muy similar y algunos lances idénticos, consiguió en El cazador (Dersu Uzala, 1975) transmitir la idea de la superioridad del hombre en comunión con la naturaleza y del carácter sagrado de ésta y de las “gentes” (seres animados) que la habitan. Eastwood, en sus mencionados westerns, lograba incluso escandalizarnos con el atrevimiento de haber hecho descender a la tierra a un ángel exterminador en forma de pistolero. En El renacido, no queda claro a quién viene a redimir este Hugh Glass, reciamente interpretado por Leonardo DiCaprio. “Aquí todos somos salvajes”, reza el cartel infamante que unos tramperos franceses cuelgan de los pies de un indio al que han ahorcado: el lema vale para todos los personajes de la película, para la civilización que dicen representar algunos, para las rudimentarias culturas ancestrales que sobreviven en ese mismo fango en disputa. No hay más. Que el nihilismo incapacita para el misticismo debería ser cosa sabida. Más difícil es aceptar que también corta las alas para la poesía.



