La resolución de crucigramas o la reconstrucción de dinosaurios fósiles son retos apasionantes. Esta novela tiene algo de eso en sus primeras trescientas cincuenta páginas. Personalmente, me gusta el reto de la comprensión cuando leo una novela, así que nada más interesante que un libro sin sentido, en apariencia, un crucigrama vacío, unas vértebras antediluvianas. Este libro no responde a la pauta comúnmente aceptada de cómo ha de ser una historia: cerrada, fácilmente comprensible, que entretiene por la intriga y el desarrollo, o incluso, que entretiene por la belleza estética de su escritura. El Cuaderno perdido me divierte porque me plantea el reto de adivinar qué me quiere transmitir Evan Dara con ésta historia, pero posiblemente aburrirá a quienes necesitan un orden comprensible y asumible en una narración.
Por ejemplo, ninguno de los personajes está caracterizado: no tienen nombre, ni están descritos física o psicológicamente, su comportamiento los perfila apenas levemente e, incluso, muchos de ellos solo aparecen en un tramo de la narración y después desaparecen. Tan solo son voces en primera persona. A veces es imposible saber si quien nos habla es un hombre o una mujer.
Cada voz relata unos hechos concretos, sin conexión aparente entre sí, sin sentido global en el momento de la lectura. Es una sucesión de circunstancias personales que en apariencia no tienen nada que ver unas con otras, como si el autor fuese encadenando pequeñas secuencias de vídeo extraídas de la vida en una localidad de Estados Unidos, tanto de la vida aparente como de la vida interna de cada uno: Un personaje conduce por la carretera y se interna en un bosque hasta perderse, en el bosque encuentra a un hombre que se dedica a buscar setas en el tronco de los árboles… Una mujer que se adentra en un centro comercial, un lugar que odia, buscando libros de Piaget como quien busca un tesoro escondido… Una rueda de prensa de una empresa tabaquera justificando la falta de conexiones entre el tabaco y el cáncer…
Una tercera apreciación: casi siempre las frases están incompletas, las voces se interrumpen con puntos suspensivos sucediéndose unas a otras, dejando al lector la decisión de qué quieren decir, sin apenas posibilidad de saberlo a ciencia cierta. Pero no importa. Es simplemente la reproducción fiel de cómo habla una persona a otra cuando está asustada ante algo desconocido, inesperado, ante algo que te va a destrozar la vida para siempre.
El reto de descifrar una novela es interesante porque continuamente te obliga a hacerte preguntas, convirtiendo la lectura en una reflexión permanente. A mí me dio por pensar en el anonimato de la vida corriente, su insignificancia, en el no somos nadie (las referencias biográficas al compositor Harry Partch son significativas en este aspecto); o en el sinsentido de la existencia, tan bien reflejado en esa fragmentación de escenas inconexas que se funden entre sí porque el autor se niega a separar unas de otras con un punto y aparte, una fragmentación y una falta de respuestas que convierten ésta novela en una narración hiperrealista.
Realmente no me esperaba que el final, las últimas ciento cincuenta páginas, le dieran sentido a todo el conjunto. La novela, en tanto que sucesión de secuencias sin sentido más allá de sí mismas, me parecía bastante entretenida, una muestra más o menos fiel de las paranoias individuales de la vida moderna. Pero la intención del autor no se quedaba en eso. Hay un momento en el que una de las voces dice lo siguiente: «ya no puedo depender de la falta de sentido: me he visto traicionada por el silencio y la interpretación; ahora quiero saber qué está pensando mi hijo; el sinsentido me aterroriza...»
Al final, si el lector ha logrado habituarse a la estructura propuesta, ésta ya funciona como los raíles de un ferrocarril, y Evan Dara acelera, acorta las frases, las encadena una tras otra y cada una de ellas va revelando poco a poco la verdad que ha estado escamoteando hasta este momento, dejando al lector con el corazón encogido.
Todo lo leído, las voces, los comportamientos, tienen una causa, un motivo que las explica, unos hechos que por sí mismos hacen innecesaria cualquier intervención moral del autor o de sus personajes, una realidad muy reconocible, absolutamente factible en cualquier momento y para cualquier persona.
El cuaderno perdido, primera novela de Dara, se publicó por primera vez en 1995. En España La editorial malagueña Pálido fuego la incluyó el año pasado en su catálogo con un prólogo de Stephen J. Burn, profesor de la Northern Michigan University. Burn encuadra a Dara en un grupo de autores estadounidenses que empezaron a darse a conocer a finales del siglo veinte y en el que estarían Jonathan Franzen, Richard Powers y David Foster Wallace, a quienes señala como continuadores de una tradición anglosajona «de innovación técnica y experimentación» (cita Burns en el prólogo al escritor John Alridge, que también enseñó en la Universidad de Michigan) que remonta a James Joyce y T.S.Eliot y hace pasar por William Gaddis, Thomas Pynchon y Don DeLillo.
Tras leer El cuaderno perdido, me pareció encontrar además en el estilo de algunos pasajes reminiscencias de otros autores que también innovaron en técnica narrativa y experimentaron con el lenguaje y la composición de la novela y que no cita el prologuista: William Faulkner, Samuel Beckett y Virginia Woolf, los tres procedentes de esa tradición anglosajona, e incluso Georges Perec, innovador de tradición genuinamente europea.
Más allá de sus libros publicados hasta la fecha, El cuaderno perdido, The easy chain y Flee, poco más se sabe de Evan Dara. Este no es su auténtico nombre, sino un pseudónimo. Su editor español lo describe como un autor estadounidense que vive en Europa. Aunque no me extrañaría que fuese escritora, pero ésto es una apreciación personal tras leer El cuaderno perdido. Como Pynchon, sea quien sea, desea permanecer en el anonimato.



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