CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 46. Castro.

De pronto el Morsa pareció lo que siempre había sido: un hombrecillo insignificante. Madera de escudero, no de líder. Lo suyo era pringar de aceite la prensa de los bares y tomarse un carajillo, mejor si era la copa de la casa. No tenía cabeza para ser genio del mal, aunque fuera, eso sí, un poco cabezón y le gustar verse a sí mismo como un delincuente peligroso. Jimmy Castro detenía a tipos como él cada día, por tropelías sin insignificancia que estaban muy lejos de conseguir nada más por la justicia que un rato de papeleo y un par de comidas gratis para el detenido.

El Morsa,  pese a  todo, era harina de otro costal. Fugado de prisión y desaparecido del mapa durante semanas, ahora la investigación que Jimmy Castro llevaba a cabo lo situaba en la órbita de las muertes casuales. Esas que en realidad eran  crímenes y habían sacudido a la opinión pública desde aquel comunicado en las redes, la sorpresa que había puesto en pie de guerra a las dependencias ministeriales y todas las comisarías del país. “Isidoro”, una voz anónima que reivindicaba como asesinatos aquellos fiambres que habían asomado a las páginas de los periódicos para estupor de muchos y regocijo de la mayoría. Quienes insistían en asociar al diseño divino lo que otros veían como casualidad o simple mala pata tenían ahora un nuevo tema de conversación, un responsable.

De entre todos aquellos nombres de postín y causas pendientes que ya nunca se resolverían, por lo menos con ellos y ellas presentes, destacaba un nombre que Jimmy Castro conocía bien. Roldán el tuerto, el hombre de los sobres  y las cajas B, el que tenía la mano metida en cien chanchullos y escapaba siempre de rositas. El hombre que, como quien no quiere la cosa, el Morsa le había mandado asesinar.

Y Castro, tras cumplir el encargo, esperaba ahora la recompensa por su crimen. El Morsa era un intermediario que no entendía de la misa la media. Le había proporcionado la pistola y lo había confiado a la providencia. La casualidad, o quizá el destino, había querido que la pistola encomendada par el asesinato fuera la misma pistola que Castro había perdido cuando, infiltrado en una manifestación, recibió una paliza por parte de los supuestos pacifistas de las mareas rojas.

La pirueta era que, con el pretexto de tener otro encargo que le remunerara bien aquel papel que ahora desempeñaba, el Morsa lo había puesto en contacto, quizá sin querer, con uno de los individuos cuya pista ya seguían.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Castro podía haber tirado de placa, detenerlos a los dos allí mismo en el bar de mala muerte. Pero, como Gary Cooper en aquella película en blanco y negro, nunca se mata al pato que va en cabeza, sino al que vuela detrás, para que los demás sigan volando y no se den cuenta de que los acecha la muerte. Castro había aprendido que la profesión de policía era, sobre todo, paciencia. El Morsa, y hasta el propio chaval, el Mecánico (como para su coleto lo llamaba) eran piezas en la partida de ajedrez que todos jugaban. Un peón y un alfil, posiblemente. En algún lugar de la cadena estaban las torres, y los caballos, y la reina y el rey. El rey, obviamente, era «Isidoro».

Para llegar hasta él, Castro tenía que coronar y convertirse en alfil también él.

El chaval, el Mecánico, tampoco era nada del otro mundo. Tampoco tenía madera de genio del mal. La barrera que va del indignado al terrorista lo había cogido también a él a contrapié. Castro, que había hecho un par de cursillos sobre expresión corporal y asimilación de tendencias psicológicas, sabía ver al ratón asomado a los ojos de león con que el muchacho (que tendría unos cuatro o cinco años menos que él) iba por la vida. Hay hombres que no creen en nada y de pronto pasan a creer en todo, conversos a una fe que niega quizá todo lo que fueron antes. El Mecánico era uno de ellos, sin duda. En algún lugar de su evolución personal, entre el momento en que le robó la pistola en la manifa y aquel otro instante en que la recuperó en el bar de mala muerte,  se había caído del caballo y había visto la luz.

Los hombres cambian de opinión por la influencia de una mujer que les sorbe el coco, por pura frustración de no ser lo que ellos querían, porque alguien más listo se los lleva al huerto.  O por ideología.

«Isidoro», que había salido de la nada (o al menos la policía no tenía más datos de quién pudiera ser o de dónde pudiera haber salido) se había rodeado de gente anónima: el Morsa y el Mecánico lo confirmaban. Para confiarles la responsabilidad de ser peones en su juego de ajedrez, los había envuelto en una red de palabras y de ideas, de eso a Castro no le cabía la menor duda.

Y Castro, infiltrado toda la vida entre matones de poca monta, sabía perfectamente jugar a ese juego, y ganar aunque fuera haciendo trampas.

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