Capitúlo 36. Maderos.
La comisaría se había convertido en una cosa aséptica, como una oficina de Hacienda o la sala de espera de un hospital, pero con fluorescentes fundidos y papeles desordenados sobre las mesas. Había todavía teléfonos que parecían sacados de los primeros episodios de “Cuéntame”, y alguna foto del rey emérito tan joven que quizá la tomaran cuando todavía era príncipe. Había mujeres policías que no se diferenciaban en algún caso de los hombres, gente apurada que ponía denuncias que el sargento de guardia tecleaba con dos dedos sobre una máquina de escribir antigua como una locomotora, alguna lumi que mascaba chicle y miraba al techo como si se estuviera confesando a la cámara oculta de Gran Hermano, y faltaba el humo. A Jimmy Castro le parecía que todavía podía olerlo, como una mano de pintura en las paredes, pero con tanta ley arriba y abajo ya no había quién se atreviera a fumar en la comisaría. Policías más duros que los de las películas tenían que salir a la puerta de la calle o subir al tejado (a esos los llamaban “Los hombres de Harrelson”) o fumar a hurtadillas en los servicios. Como en el colegio.
Castro atravesó la sala, sin detenerse a saludar más que de paso ni a pillar caramelitos de ninguna de las mesas. Los donuts eran cosa de las películas.
En el interior de uno de los despachos repasaban papeles y corrían pantallas Galiardo y Aranda. Jimmy Castro entró sin llamar, cerró la puerta y depositó con un golpe la pistola sobre la mesa.
—Coño, Jimmy, con esas pintas y el poco ruido que haces al andar creí que ibas a atracarnos —se burló Aranda.
—Muy gracioso. Deja de ver porno a cuenta del Ministerio y atiende.
—¿Qué hay que atender? —preguntó Galiardo, agradeciendo la interrupción en el papeleo. Le gustaba más la calle que la burocracia. Como a todos, claro.
—Mirad la pistola.
Los dos policías miraron el arma. Como Hernández y Fernández, se volvieron hacia el agente más joven e hicieron la pregunta al unísono, sin decirla en voz alta.
—Es la mía.
Otra vez el gesto calcado. Ahora sí que hablaron los dos. Sincronizados en la falta de comprensión.
—¿Y?
—Que es la mía. La que me tangaron hace meses.
—¡No jodas!
—De eso no me quejo. Sí, es mi pistola.
—¿Y cómo la has encontrado? ¿Estaba en un contenedor de basura?
—Me la ha dado el Morsa.
—¿La tenía él?
—No creo. Pero me la ha entregado sin saber, claro, que era la mía. Para que haga un trabajo.

—¿El Morsa? ¡Pero si ese era un ladrón de medio pelo! ¿Ahora se va a arriesgar a que lo pillemos por fuga y posesión de armas?
—El arma la tengo yo. Será su palabra contra la mía. Y en cuanto diga que es mi propia pistola el abogado que lo defienda nos sacará los colores a todos.
—¿Qué te ha pedido que hagas?
—Adivina adivinanza.
—Déjate de coñas, Jimmy. Que el ministro está que trina y el jefe nos canta la Traviata un día de estos. Quiere resultados en el asunto de la droga adulterada.
—Me ha pedido que mate a Roldán.
—No jodas.
—Ya te he respondido antes a eso.
—¿Roldán? —intervino Galiardo—. ¿No fue su mujer la que lo dejó tuerto?
—Ahí está la gracia.
—¿El Morsa te larga una pistola para que mates al que más o menos fue responsable de la muerte de su mujer?
—Exactamente. Raro-raro, que diría el papuchi de Julio Iglesias.
—Es normal que quiera venganza, ¿no?
—Y no es normal que me encargue a mí que despache a ese corrupto.
—Presunto corrupto.
—Vale, como quieras. Me da la impresión de que aquí hay algo que no pillamos. El Morsa dejó muy claro que tenía que encargarme yo, porque no tenía relación directa con el tipo, y él sí.
—Extraños en un tren.
—Estábamos en una cafetería.
—Ya me entiendes.
—Yo soy más de La Guerra de las Galaxias.
—El Morsa, entonces, es intermediario de alguien. ¿Del rumano?
—¿Qué puede tener el rumano que ver con Roldán?
—Si yo te contara cómo se hacen las grandes fortunas en este país…
—No creo que sea el rumano. Tienen que ser esos dos tipos que fueron preguntando por la droga.
—Los dos tipos que no tenemos ni idea de quiénes son, ni de dónde salen.
—Si es que son dos tipos nada más. Súmale el mecánico de nombre falso. Súmale el propio Morsa.
—No jodáis que esto se pone feo. Seguid la lógica. Gente que muere sin ton ni son, por casualidad. Gente importante. Y un segundo intento de asesinato cuando el primero quizá ha fallado cuando intentaron clavarle un boli en el ojo a otro pez gordo.
—¿Estás diciendo que esto es una banda?
—Más que eso, Jimmy. Es una banda armada. Estamos ante un grupo de terroristas. Y han encontrado un forma nueva de hacer la guerra sucia.

