Capítulo 35. Pepelu.
Qué chunga la cosa, madre. Pero qué chunga. Los de la tele ya no lo llamaban. Que bueno, que el share y el prime time y las directrices de los nuevos mandamases. Que ahora era mejor aparcar la farándula y convertir la política en lo que sin duda siempre fue, una casa de putas. Que quizá entrado el nuevo año. O después del verano próximo. Que no se preocupara, Pepelu, tron, que ya lo llamarían.
Mierda. Con los numeritos orquestados que había preparado para divertimento de marujas y miles de visitas en Youtube. Pepelu tartamudeando cuando quería decir lo que no decía porque en realidad no había nada que decir. Pepelu descalzo mostrando un tatuaje con kanjis japoneses que le había costado un cojón de pato y que alguien desdijo al anunciar, desde el teléfono en antena, que no significaba lo que él decía (“Chúpamela, nena”), sino “Este tonto es maricón”. Pepelu haciendo publicidad de un ron añejo que se fue al carajo a los seis meses de su lanzamiento al mercado, y sin que cobrara la mitad prometida. Pepelu haciendo el ganso en Ibiza. Pepelu anunciando que si ganaba Podemos se hacía ante las cámaras un corte de pelo. Pepelu vendiendo exclusivas de noviazgos pactados y rupturas que llegaban como agua de mayo. Todo aquello servía para llenar la cartera, mantenerlo viviendo a todo tren, y convertirlo en una marca de fábrica en todos los hogares españoles. Como Mariano Medina o Kiko Ledgard cuando era niño. La pega era que entonces no existía Hacienda.
Qué bajona. Cuando en un arrebato de lucidez, allá en Baqueira, decidió que ya estaba bien de gastarse una pasta en mierda, cuando él mismo podía pasarla y hacerse de oro, no imaginó que sus problemas fueran a complicarse de este modo. Joder, vaya putada. Sí, vender perico y pirulas lo había puesto de moda en esos círculos que de vez en cuando, según soplara el viento, se avergonzaban de él. Y le había solucionado la papeleta de cambiar de deportivo cada seis meses, meterse en la cama de más de dos docenas de aspirantes a actrices o concursantas de Gran Hermano, y perderse en la locura de no saber si te ibas a despertar una mañana al lado de Monica Belucci o si no ibas a despertarte siquiera. Sin emoción, lo dijo Obi Wan Kenobi, la vida vale una mierda.
Luego tuvo que venir la putada aquella de la droga adulterada. Qué marrón más grande. Para mear y no echar gota. Vale, la pasma parecía haber aceptado que él era una víctima de la situación. Que lo habían pillado de pardillo. Que él solo pasaba, no fabricaba ni mezclaba. Los dineros de la familia lo mismo habían hecho su parte para quitarle ese problema de encima. Pero no podían, era imposible, quitarle los demás problemas. O sea, la puta liquidez. Debía una pasta. No a Hacienda, que sabía muy bien hacerse el loco, sino a gente a la que le había hecho leasings, alquilado coches, contratado putas de lujo para fiestas locas, inversiones que habían salido como el culo. Lo normal en su círculo, a lo mejor. Dinero que había que pagar y que hasta ahora había pagado la droga.
De ser un nombre apetecible en las fiestas, Pepelu se había convertido en un apestado. Nadie quería tenerlo cerca. Que les dieran. Lo peor era que nadie quería comprarle mercancía. Si hubiera tenido jaco que vender, claro, que esa era otra.

Tuvo que poner la cabeza a funcionar. A la fuerza ahorcan y él siempre había sido un tipo listo. Lo decían los curas. Era arte de magia que tuviera nueve cates en junio (cinco con Muy Deficiente) y en septiembre lo aprobara todo, dos con sobresaliente y lo demás con notable. Porque era un caprichoso, le decían los curas. Porque no le quedaba otra, pensaba él.
Ahora tampoco le quedaba. Vale, le habían colado una partida de droga envenenada. El rumano decía que él no sabía nada. Y aunque lo supiera, a ver quién era el guapo que lo acusaba de nada. Podía parecer un paleto extremeño, pero la mala leche apestaba al kilómetro. Un tío que vive como si fuera pobre y ha conseguido burlar a la policía como si fuera pobre de verdad no era un pelanas. Sabía cómo era el juego. Y no empeñaba su palabra en nada. Si decía que la droga que le había pasado era legal, Pepelu no tenía más cojones que creer que era legal. Y no había más que hablar.
Pero tenía que volver al negocio. Como fuera. Y colar el jaco por medio de intermediarios. Lo tenía todo pensado. Que los compradores no supieran que detrás estaba él. Con sus contactos, sería cosa fácil. Tres o cuatro novietas, un par de ellas enganchadas, le servirían de cebo. Se las tiraría y a ellas mismas les vendería el material, y el chanchullo le saldría gratis. Sólo tenía que convencer al rumano. Y en eso estaba.
Lo llamó por teléfono, desde la cabina de costumbre. El rumano, como siempre, le dio largas. Pepelu suplicó. Le dijo que pagaría un diez por ciento más de lo acordado. Que sería más cuidadoso esta vez. Que se cuidaría muy mucho de intentar liquidar el stock de golpe entre los niños bien que conocía de tantas fiestas.
Milagrosamente, el rumano había accedido. Así que Pepelu se montó en la moto, salió de Madrid bajo la lluvia, se perdió en las carreteras secundarias y esperó en el punto convenido. Mierda, ya podía mejor lucir el sol. Pero nunca se discutía con el rumano dónde y cuándo: esa era la gracia. Lo mismo te hacía la entrega en mitad del parque de atracciones que en la Plaza Mayor. O, como ahora, en la cantera abandonada, como tanto se había abandonado desde que el ladrillazo se fue a hacer gárgaras.
Pepelu se bajó de la moto, se sentó en la mediana, se fumó un pito y se palpó el bolsillo del pecho, donde llevaba la pasta convenida. Un dineral que le había costado sangre reunir, pero que se multiplicaría por diez en una semana. Esperó. Siguió fumando. Desesperó.
La moto llegó despacio. La conducía un tipo como él, vestido de cuero, con un casco que molaba mazo. Pepelu se levantó para darle la bienvenida. El rumano tenía esos detalles melodramáticos, pero siempre había enviado a sus sicarios en coche, que a menudo eran auténticas tartanas.
La moto no frenó.
Pepelu se la vio venir encima, durante un segundo se vio reflejado en la visera negra. Dio un salto para esquivarla. Demasiado tarde. La moto lo embistió. Como si fuera un forçado portugués, el golpe lo impelió dos metros más allá. Por encima de la mediana que separaba el recodo de la carretera del hueco de la cantera. Donde no había nada.
Quince metros hasta el suelo. Diez o doce segundos hasta la muerte. Polvo tras el impacto.
El motorista esperó a comprobar que Pepelu, roto allá abajo, no se movía. Luego dio la vuelta y volvió por donde había venido. La tartana de los hombres del rumano se cruzó en su camino cinco minutos después. No supieron quién era. Cuando encontraran a Pepelu muerto también ellos darían media vuelta.

