CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 34. Castro (2).

Jimmy Castro fue un niño delicado criado con colacao y pan bimbo sin corteza, pero la vida le había dado bofetadas que él mismo se había buscado. Ahora era capaz de tomarse el café solo y untar las tostadas ya pringosas que sirven en Madrid con una porción de manteca tal que un año de estos iba a ponerle el colesterol por las nubes. Suponiendo, claro, que el matarratas que daban en este garito fuera café y no gasoil. No le extrañaba que todo el mundo (él incluido) acompañara luego la taza con un trago de sol y sombra.

De niño bien educado (pero no pijo, ¿eh?, pijo nunca) aquí andaba ahora metido, jugando a Baretta, fuera quien fuese Baretta, que era lo que le decía el sargento Mateos cuando lo cogió bajo su ala. Antes de que le volaran el dos caballos con él dentro, lástima por él y sus dos hijos. Hay gajes del oficio que no dejan de ser una putada.

Lo de Jimmy Castro era la lucha anti-terrorista, o al menos para eso había firmado. Una novia huérfana de Guardia Civil, perdida en el baúl de los recuerdos, quizás tuviera la culpa. Y, ya más tarde, el pepinazo que se marcó un Carrero Blanco con aquel hombre simpático que más que un sargento era una mamá oca y que se ufanaba de, en sus más de treinta años en el cuerpo, de no haber pegado nunca un tiro. Pero los terroristas del norte andaban ahora de capa caída (a ver si la cosa no se complicaba con lo de Cataluña, mierda) y los islámicos habían dejado de ser prioridad (las cosas de los mandos) desde que los poderosos se acojonaron con la marea indignada y empezaron a temer que fueran a plantar guillotinas en Cibeles. Como Castro era joven y vestía a la moda, con vaqueros gastados y fulards al cuello, aunque en la comisaría pensaran que era una mariconada, allá que lo metieron de infiltrado en la marea humana, donde todos estaban un poco pasado de roscas, esa era la verdad, pero también decían verdades como puños a quien ya sabía que la vida es como es y o la cambias o te cambia. En una de aquellas manifas, hacía ya cinco meses, los propios agentes de uniforme lo molieron a palos confundiéndolo con un radical peligroso, vaya tela. Luego, para su desgracia, alguien lo identificó como madero y acabó de rematar la faena, rompiéndole un brazo y largándose con la pistola reglamentaria. A los superiores el brazo les importó una mierda, pero con lo de la pistola pareció que habían secuestrado a una infanta. El otro día, viendo una peli en DVD, la última de James Bond, a Jimmy Castro le dio la risa tonta cuando vio que el famoso 007 se saltaba las normas a la torera, escapaba con la vieja que en otra peli hacía de reina, y para colmo los malos (ese Javier Bardem a quien media España no puede ver; la otra media España le tiene más ojeriza a Willy Toledo) le mataban a la vieja. Ni Trotaconventos, vaya. La risa estaba en que, al final, al 007 le devolvían el doble cero y la pistola y lo admitían en el cuerpo de espías, cuando en la realidad le habrían pegado tal patada en el culo que le habrían acabado por sacar la puntera del zapato por la boca.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

El cine y la tele, que no tenían ni idea de lo que era la vida policial. Pero, claro, tampoco tenían ni idea de cómo se da una clase (la madre de Jimmy era maestra en un instituto) y allá que vendían como creíbles historias de amores y desamores de unos actores a los que no se les entendía al hablar y que, para colmo, hacían de adolescentes cuando ya muchos rondaban los treinta años.

En fin, así era la vida que él había escogido y espabilaba o acabaría de segurata en cualquier puerta de discoteca. Al menos tenía una buena pista. Vicente, el Morsa, que con toda su cachaza y sus pocas luces no sólo no se había largado de Madrid para esconderse debajo de una piedra en Marruecos, sino que andaba por ahí como si tal cosa, de bareto en bareto y de fonda en fonda, dándoselas de capo di tuti capi y hablando con medias palabras que no llegaban a incriminarlo más (Jimmy Castro pensaba que porque no sabía mucho más de lo que decía) en un asunto que tenía pinta de ser feo de cojones.

Allí venía, ahora, tan contento como si acabaran de decirle que le había tocado la primitiva. Si no fuera porque no daba el perfil, Jimmy habría pensado que el Morsa era bipolar y que estaba hasta las cejas de ansiolíticos, pero bien sabía que hay gente que, simplemente, es tonta del culo aunque se dedique a una vida delictiva.

Se sentó frente a él, en la mesa acordada. Sin pensárselo dos veces, le pegó un trago al sol y sombra que Jimmy reservaba para quitarse el mal sabor del veneno que aquí vendían como café.

—¿Estás dispuesto? —preguntó el Morsa, metido hasta las trancas en su papel de espías.

—Según a qué y cómo.

—Muy simple. Un tipo que no te conoce de nada y al que no te une nada. Lo sigues, no vaya a ser que tenga todavía escolta. Lo mejor es que aproveches cuando vaya a mear. Te acercas, le pegas dos tiros y te escapas.

—Como en El Padrino.

—No la he visto. No me gusta el cine en blanco y negro.

—¿Eso es todo? ¿Me juego el cuello por un tío que ni me va ni me viene? ¿Y qué gano con eso?

—Mis… contactos me dicen que tendrás treinta mil euros a tu disposición.

—Ya. Y un piso en Torrevieja.

—No seas borde. Mira, es simple. Tú espías al tipo. Si no te convence, te das la vuelta y aquí no se ha dicho nada.

—¿Qué tipo es?

—Un tuerto que sale de vez en cuando en la tele. Al que le clavaron el boli en el ojo. Es hora de rematar la faena.

—¿Roldán? ¿Quieres que me lleve por delante a Roldán? ¡Tú estás loco!

—Es difícil, claro. Ahí está la gracia.

—¿Y por qué no lo haces tú?

—Porque yo sí tengo relación con él. La que le clavó el boli era mi mujer, pobrecita.

—¿Entonces todo esto es por venganza?

—De la más pura que se sirve en el mercado. ¿Te apuntas o no?

—No tengo ni una pipa. ¿Qué lo mato, a pellizcos?

—No, tranquilo. Mira, te he traído una pistola. Cógela. Acuérdate, en todo caso, de limarle el número de serie.

Por debajo de la mesa, el Morsa le pasó una automática envuelta en un pañuelo. Jimmy Castro sintió el peso familiar de la Glock. Mientras el Morsa abría el Marca, escudado en la pantalla de los titulares deportivos, Castro comprobó el estado del arma y el cargador.

Se le heló la sangre en las venas cuando vio que aquella pistola era su propia pistola, la que le habían robado aquella noche aciaga en que la policía le cuarteó las espaldas y un par de desconocidos, en un callejón, remataron la faena.

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