CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 31. El piso.

Como todos los porteros, se llamaba Higinio. Ancho, arrugado, de cabellera blanca impecable, como si perder pelo, eso que tanto preocupaba a Manolo Aranda, no fuera con él. Campesino reciclado a la vida de la gran ciudad, o al menos capitalino de segunda generación: no le quedaban rastros de andaluz o aragonés en el acento. En otro tiempo, su profesión estaba compuesta por antiguos combatientes o por guardias civiles retirados. Hipólito Ramírez, sin embargo, había trabajado en Sepu hasta que cerraron los grandes almacenes. Entonces encontró este oficio, donde llevaba más de treinta años. Aranda y Galiardo lo dejaban hablar, sin forzar ningún interrogatorio. Vivir en una portería abre los ojos y los oídos a todo cuanto pasa por tu lado: es la mejor manera de combatir el aburrimiento.

—Esto antes era otra cosa, ¿saben ustedes? No cuando la movida exactamente, sino más tarde. Por aquí pasaba mucha gente. Famosos, incluso. Cantantes y actores, sobre todo. Y unas señoritas de impresión.

Aranda asintió con la cabeza mientras contemplaba el piso. Sí que era verdad que parecía espacioso, justo lo que a él le vendría bien para alojar a las mellizas, la parienta y el que venía de camino. Un poco abandonado, ciertamente: no había muebles estilo Ikea, que era lo que se llevaba ahora en todas partes, sino sofás y sillones y estanterías que parecían salidas del túnel del tiempo.

—¿Y ya no viene nadie? —preguntó Galiardo, pasando un dedo por la superficie cubierta de polvo de una mesa de formica.

—No, ya no. Antes, con la discoteca de abajo, la que cerró, sí que había mucho trasiego de gente subiendo y bajando. Eso ponía de los nervios a los vecinos.

—Por el ruido.

—Y por las peleas. La gente rica se pelea igual que los niñatos de Vallecas cuando van hasta arriba de alcohol o de pastillas. Más de una vez tuvieron que venir compañeros de ustedes para llevarse a alguien con la nariz rota o con un síncope. Pero nunca salió nada en la prensa. Y eso, cuando no había follón un poquito más subido de tono, con señoritas dispuestas a cualquier cosa con tal de aparecer en una película o grabar un disco. Todo eso se acabó hace unos años. Cuando cerró la discoteca, ya les digo. Los vecinos suspiraron tranquilos: ya no encontramos orines en las escaleras ni condones o jeringuillas en los rellanos.

—Pero el piso sigue habitado.

El portero se encogió de hombros.

—Viene gente de vez en cuando, pero sin hacer ruido ni molestar a nadie. Una vez cada varias semanas. No dan guerra, hagan lo que hagan aquí dentro.

—¿Sabe usted quién es el propietario?

—Hace un par de años, que yo sepa, era uno de esos muchachos que murió en la explosión de gas.

Aranda y Galiardo cruzaron una mirada que no pareció desapercibida al aguzado ojo del portero.

—Ya saben, uno de esos empresarios que ahora llaman emprendedores.

Aranda asintió, comprendiendo que se refería a Borja Santaclara o Miguel Cebada, los niños de papá dedicados a comprar fondos buitres. Quizá empezaron por este piso olvidado.

—¿Y ahora de quién es?

—No lo sé. El que viene últimamente de vez en cuando es ese chico del pelo largo que sale en la tele. Pepeluís.

—Pepelu.

—Ese. Pero no monta jaleos ni nada. A veces viene solo. A veces con alguna chica. Cuando lo acompaña alguna chica tardan más en salir. Ya imaginarán ustedes lo que hacen. Y cuando viene solo suele ser visto y no visto. De vez en cuando viene alguien a verlo, pero tampoco dura la visita más de diez minutos.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Galiardo recorrió el piso. Abrió los armarios, los cajones vacíos, incluso el frigorífico y el congelador. Nada. O bien Pepelu se había encargado de vaciar el local después del incidente en la boda o había enviado a alguien para que se encargara de librarse del resto de las papelinas envenenadas. Lástima. De todas formas, la policía científica se encargaría de traer a los perros y levantar hasta la última pieza de la moqueta. Pero era un trabajo que ya no harían él ni su compañero.

—¿Cuándo vino Pepelu por última vez?

El portero se rascó la cabeza, pensativo.

—Debió ser un par de días después de que se estropeara el cuadro de luces. No ha vuelto a venir desde entonces.

—¿El cuadro de luces?

—Ya saben lo que suele pasar en los edificios viejos. Cuando no es la aluminosis es la instalación eléctrica, o el ascensor que dice hasta aquí llego.

—¿Se les fue la luz?

—En todo el edificio. Tuvimos que llamar al servicio de urgencias para que restaurara la corriente.

—¿Y vinieron rápido?

—Visto y no visto. Tardaron un rato en dar con la tecla, eso sí. Pero desde entonces no ha vuelto a fundirse nada.

—Interesante. ¿Tiene por ahí a mano el teléfono de ese servicio?

Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *