CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 30. Lucy y Galiardo.

Era una de esas pijas cuyo mayor activo era su belleza, no importaba que confundieran en un mapa Estambul con Guinea o pensaran que Mussolini era una pasta en la que estaba especializado el restaurante de aquel concursante de Master Chef. Piernas muy largas, buenos implantes, bronceado fuera de temporada, la boca de Brigitte Bardot y los ojos de Charlize Teron. Galiardo había conocido a tantas chicas descarriadas que encajaban en el mismo fenotipo que era como si estuviera recordando uno cualquiera de los muchos interrogatorios que había llevado a cabo con ellas. La diferencia era los años que los separaban ya. Galiardo era perro viejo en su oficio y ella, por su juventud, seguía creyendo que con hacer gala de inocencia podría salirse con la suya.

Pero no caería esa breva. Si ella se sentía en este momento como Sharon Stone, Galiardo podía contraatacar en cualquier momento convirtiéndose en émulo de Harry el Sucio. Pero sabía que no iba a hacerle falta.

—Así que estuvo usted en la boda en cuestión.

—Estuve. Conozco a Pamela desde que éramos niñas e íbamos juntas al Liceo.

—Y vio en primera fila lo sucedido.

—Lo vi, fue horrible. Toda esa gente estremeciéndose y entrando en parada cardíaca…

—Podríamos decir que tuvo usted suerte, ¿no, Lucía?

—No sé a qué se refiere.

—Nos consta una detención, hará un par de años, por consumo de estupefacientes.

—No me condenaron a nada.

—No, eso ya lo sé. Lo cual no quiere decir que no haya seguido usted consumiendo.

—¿Dónde quiere ir a parar?

—Quiero ir a parar que no sólo lo vio usted todo, sino que lo registró. Tengo más de un centenar de fotos que lo prueban.

—No estaban permitidas las cámaras en la boda.

—Lo sé. Pero alguien se las apañó para colarse con una camuflada.

—Había cientos de invitados. ¿Qué le hace pensar que fui yo?

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Galiardo mostró su mejor sonrisa de tiburón. Tan tierna, tan inocente. Si la vida real fuera como en las novelas, esta noche ninguno de los dos dormiría solo.

—Es muy sencillo, señorita: es usted la única que no sale en ninguna de las fotos que ha filtrado a la prensa.

La chica, tuvo que reconocerlo, tenía las suficientes tablas para no sonrojarse. Años de falsificar notas, pedir dinero a sus padres o buitrear unos gramos en cualquier fiesta. Galiardo se puso serio.

—Verá, señorita, llevo casi treinta años en el cuerpo. He visto de todo, malo y bueno. Más malo que bueno, en realidad. El oficio de policía acaba desarrollando dos cosas: un callo y un sexto sentido. El callo me hace insensible a muchas cosas que veo. El sexto sentido me dice siempre que no me fíe de las apariencias.

—¿Esa frase la ha leído en algún sitio?

—En alguna novela de mala muerte, a lo mejor. Otros compañeros míos estudiaron derecho mientras yo pasaba el rato con Marcial Lafuente Estefanía. Pero verá, hay una cosa que me sorprende de todas esas fotos.

—¿Sí?

—Salen mucho los novios, claro. Pero sale todavía más Pepelu con sus triquiñuelas.

—Casualidad.

—O no. Cada vez que uno de los invitados se dirigía a los servicios y se encontraba con Pepelu para hacer una compra de droga, hay una foto.

—Casualidad, ya le digo.

—No, señorita. Casualidad es que la droga estuviera adulterara y se convirtiera en veneno para quienes la consumieron. En realidad, ni siquiera eso: alguien manipuló las dosis y es a ese alguien a quien buscamos.

—Yo soy de letras, a mí ni me mire.

—No puedo dejar de mirarla, lo siento —sonrió Galiardo, saliendo del papel, desconcertando a la chica—. No creo, si le sirve de algo, que usted manipulara nada —ahora la sonrisa fue más tranquilizadora—. Pero la vida a todo tren es cara. Ese reloj que usted lleva a la muñeca debe costar más de lo que yo gano en un año, pagas extras incluidas. Así que tengo una pequeña teoría.

—Dígamela, si es que no va a vender esa exclusiva.

—La teoría es como sigue, y corríjame si me equivoco. Pepelu y usted estaban conchabados en la venta. Y las fotografías no eran sólo para vender la exclusiva a las revistas del corazón: también eran un medio de hacer chantaje. Una foto al papá de esos niños de colegio de curas y moral intachable y comprarían su silencio sin pensárselo dos veces. Cualquier cosa menos el escándalo y la vergüenza. Son dos cosas que cotizan muy mal en bolsa.

—Es una teoría interesante, sí.

—Ya le dije que le iba a gustar.

—Pero sigue sin tener usted nada sólido contra mí.

—Lo tendré en cuanto pueda tirar del hilo que casi tengo ya en la punta de los dedos. Por eso quiero hacer aquí, entre nosotros, sin testigos ni tonterías, un trato que no podrá rechazar.

—¿Eso no era lo que decían en El Padrino?

 —Más o menos. Hemos registrado, con orden judicial, el piso y la casa de campo de Pepelu. No hemos encontrado nada, o de otro modo estaría entre rejas.

—¿Quiere registrar mi casa?

—No. Quiero que me diga qué otro picadero tiene Pepelu que no esté a su nombre y no levanta sospechas. El sitio donde usted y él guardaban las demás papelinas con la droga. Doy por hecho que se habrán deshecho de ellas. Pero si ve usted la tele, sabe que no hay detalle que escape a la policía científica.

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