Capítulo 5. Virtudes.
La madre que parió al demonio. Que no podía ser. Que no. Que no la dejaban a una ni vivir tranquila. Que no había manera. Que no se podía.
Ni para una cosa, ni para la otra. Y dos bocas que alimentar. Tonta, que era una tonta. Carajota perdida. Si lo hubiera sabido…
Si lo hubiera sabido, ¿qué? ¿Acaso no habría hecho lo que hizo? ¿Acaso no estaría haciendo lo que pretendía hacer ahora? Los colegios de monjas, es lo que tienen. Aunque ella sólo estudiara (es un decir) hasta octavo. Con las Carmelitas, ahí es nada. Pero lo que queda, queda.
Un penalti como una casa a los diecisiete. Una boda a los diecinueve, con la segunda niña ya en camino. Y un novio pichabrava y tarambana que se convirtió en seguida en un marido pichafloja y todavía más tarambana. Que no la doblaba. Que no se enteraba de la misa la media. Que no era capaz de traer un duro a casa y, cuando lo intentó, acabó detenido por los civiles y ahí estaba, por lo menos comiendo de rancho en Alcalá-Meco, más tranquilo que unas pascuas, el hijo de puta, mientras ella tenía que cargar con el peso de la casa, las dos criaturas, la abuela y la miseria. Y todavía había pedido el julandrón un vis-a-vis mensual. Anda que le dieran.
Porque ella era tonta. Sí, tonta. Con todas las letras. Tonta de capirote. Tonta de nacimiento. Una gilipollas perdida que creía que por ser buena gente el mundo no le iba a dar por culo como si no lo fuera. Y vaya si le daba. Y vaya si le gustaba al mundo. Lo que no le gustaba a ella.
Para qué tuvo que meterse. Para qué tuvo que abrir la boca. Para qué se le cruzaron los cables aquel día, cuando estaba en la caja y se le vinieron encima aquellos treinta o cuarenta maromos con los carros hasta arriba de productos de primera necesidad: garbanzos, habichuelas, pasta, pan, fruta. Y le dijeron, con todas las letras, mientras ella pulsaba el botón para llamar a seguridad, que aquello pertenecía al pueblo y no a la marca, y que había gente pasando hambre y no lo podían pagar, y que no lo pagaban.
Y ella, como una tonta, se puso a forcejear con el cabecilla. Uno mellado. Con barba. Bien es verdad que no le pusieron la mano encima, pero se llevaron los carros a toda leche. Mientras ella se quedaba llorando como una boba, ni que le hubieran robado los garbanzos a ella. Venga hipidos, un ataque de histeria. Tonta, tonta perdida. Porque, sí, salió en los telediarios. Dos segundos en antena. Peleándose con la tropa y luego allí, junto a la puerta, esmorecía.
Luego en el barrio hubo quien la aplaudió. Y hubo también, la mayoría, que la pusieron de traidora. De tonta, como poco. No se equivocaban.

Porque hacer de superwoman, cuando las cosas no son tuyas, son una pamplina. Vale, había encabronado a veinte tíos. Pero no le había servido de nada. De nada. Porque tres meses después se le acabó el contrato en el supermercado y si te he visto no me acuerdo. Ni tuvieron en cuenta que no había faltado un solo día (ni con fiebre), ni que se había enfrentado al robo defendiendo unos garbanzos que no eran suyos, que le importaban una mierda en realidad. Pero lo que estaba mal, estaba mal. Robar es malo, se lo habían enseñado las carmelitas. Qué menos que tener el detalle de hacerle un contrato por otros seis meses.
Pero nada. Tararí que te vi. A mamarla a Parla. No se puede ser buena en esta vida. Porque ser buena es ser tonta. Y ella era más buena que nadie, o eso creía. Y por tanto era más tonta que nadie, lo tenía cada vez más claro.
Robar estaba mal. Pero peor estaba morirse de hambre. No ella, sino ella y las bocas que comían de lo que sacaba. Y ya no sacaba nada. Se acabó el paro. No apareció otro trabajo. El único que comía en casa, el hijoputa de Alcalá-Meco. Y encima pedía un vis-a-vis, el tío mierda.
A lo hecho, pecho. O a grandes males, grandes remedios. Si hay que robar, se roba. Aunque estuviera mal. Pero el hambre es como es: no la puedes meter en el frigorífico y esperar que pase la racha.
Aquí estaba ahora, en el supermercado donde fue una superwoman y acabó saliendo por la puerta de atrás. La misma puerta por la que entraba ahora.
Con cuidado, se metió en el bolsillo del abrigo dos paquetes de garbanzos, uno de alubias, medio kilo de azúcar. Mantequilla no, por si se derretía. Pasta. Tuvo un detalle y acabó cogiendo la más barata.
No le quedaba otro remedio. Era una buena mujer a la que la vida obligaba a ser mala. Y, más que la vida, a los dueños del supermercado que no supieron valorar su fidelidad.
No le dio tiempo a llegar a la puerta. La sombra del segurata (¿Bernabé, se llamaba?) se interpuso en su camino. Una mano como una zarpa se posó en su hombro.
—¿Adónde vas, guapa?

