Capítulo 29. Prisas.
González tenía la sensación de que hacía un par de días que lo venían siguiendo. Ese cosquilleo indefinible en la boca del estómago, la impresión de que había ojos ocultos que lo miraban desde esquinas que no localizaba: cuando caminaba por la calle, cuando se detenía a comprar un periódico, cuando aparcaba el coche o entraba a tomar un café.
No podía poner la mano en el fuego y asegurar que la policía no le estuviera siguiendo los pasos. Tarde o temprano ellos cometerían un error y la pasma sumaría dos y dos. El crimen perfecto, lo había leído en algún sitio o lo había deducido por su cuenta hacía ya mucho, es la falta de motivación. Y él, todos ellos en realidad, no tenían motivación directa ninguna con los actos de justicia que ejecutaban. Esa era la esencia de su acción disimulada: accidentes camuflados, llevados a cabo por gente que jamás había tenido ninguna relación directa con los verdugos que ellos convirtieron en víctimas.
Pero la sensación desasosegante de que lo vigilaban estaba allí. Cada tarde, especialmente, cuando las luces de la gran ciudad se confabulaban en vano contra la oscuridad que caía. Pasos furtivos tras sus pasos, sombras que se confundían con las sombras. González, por si acaso, se mantuvo fuera de contacto con Márquez, aprovechando que su amigo y ahora colaborador (¿o tendría que decir compinche?) empezaba a dar muestras cada vez mayores de inquietud y nerviosismo. Si no tensaba la cuerda por ese lado, si lo dejaba tranquilo ahora que el caso de la droga adulterada parecía haber remitido en los periódicos y los noticiarios, Márquez aliviaría la inquietud y pronto podrían iniciar un nuevo esquema.
Entró en una cafetería y pidió un coñac, aunque no solía beber. No, al menos, desde hacía más de un año. Se sentó en una de las mesas, casi al fondo, observando a un tiempo el televisor sin sonido donde hombres y mujeres que no le decían nada parecían tomarse las nimiedades de su propias vidas demasiado en serio y controlando la puerta de entrada, que veía reflejada en la misma pantalla.

Se sorprendió, sin embargo, cuando una figura se sentó ante él. González se maldijo por su torpeza: no había advertido que la cafetería tenía dos entradas. Suspiró aliviado cuando reconoció a Vicente Pérez.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has localizado?
El hombre se encogió de hombros. Hizo una seña al camarero indicando que le sirviera lo mismo.
—Sigo esperando. Hicimos un trato que aún no se ha cumplido.
—Se cumplirá. Pero ahora mismo no es el momento más adecuado. Antes de actuar hay que dejar que la pista se enfríe durante un tiempo.
—¿Pista? Mire, ni siquiera sé cómo se llama usted.
—Pongamos que me llamo Isidoro.
—Como si quiere llamarse Félix. Me pidieron ustedes una información a cambio de un favor. Cumplí mi parte: les dije cuándo y a quién iba a venderle la droga el rumano.
—Así es. Es parte del mismo acuerdo que no sepas nada más.
—No soy tonto. Vale, no tengo estudios. Me pillaron en falso y me he pasado cinco años en el talego. Estoy en busca y captura aunque soy un don nadie. Y quizá por ser un don nadie no me han pillado todavía. Pero el rumano no es tonto: en el Pozo la gente me mira raro. He tenido que largarme de allí. Tarde o temprano alguien irá con el chivatazo a la policía, si es que no lo han hecho ya. Y también tarde o temprano el propio rumano decidirá que mi presencia es un engorro.
—¿Por eso me has seguido? ¿Cómo has conseguido localizarme?
—También hay gente que me debe favores. Les siguieron a usted y a su amigo cuando fueron a verme al Pozo. Sé dónde vive. No ha sido fácil seguirlo estos días.
—¿Qué quieres exactamente?
—Hicimos un trato. Hay palabras que se tienen que cumplir. Me dijeron que podría vengarme de ese Roldán, el corrupto al que mi pobre Virtudes dejó tuerto.
—Y te vengarás.
—¿Cómo? ¿Cuándo? Lo veo en los telediarios, sonriente, rodeado de policías y guardaespaldas. Es imposible que nadie se le acerque. No después de que mi Virtudes le clavara el bolígrafo en el ojo. Pero tiene que morir. Porque por su culpa la mataron a ella. Y por su culpa estamos todos como estamos.
—Morirá.
—Sí, cuando llegue el día del juicio. Escuche, si no lo hacen ustedes, lo haré yo.
—No funciona así. Todo este asunto se resume en la falta de eslabones en la cadena. Quien mate a Roldán tendrá que ser alguien que no tenga ninguna relación con él. Alguien a quien Roldán no haya visto nunca. Alguien que esté tan desesperado como nosotros, pero que no tenga miedo a morir. Y que tampoco pueda delatarnos.
—Quiero que Roldán muera. Pronto. O iré a contarle a la prensa cómo adulteraron la droga que mató a todos esos hijos de puta.
—De acuerdo. Adelantemos a Roldán en la lista.
—Deme una pistola y yo mismo lo haré.
—No. Hagamos algo mejor. Búscame a quien esté dispuesto a hacerlo, alguien que no seas tú, y yo le daré la pistola para que lo mate.

