Capítulo 22. Lucy (1)
Blanca y radiante iba la novia. Uy, qué nervios. Monísima, con un vestido en corte princesa y escote palabra de honor, y una cola larguísima que llevaban con mucho desparpajo tres niños que Lucy no conocía, pero que sin duda eran los primos segundos o los sobrinos de alguna conocida.
Se la veía muy tranquila a Pamela Mary, sin nervios. Total, qué tontería. Llevaba dos años viviendo en pecado con Gonzalito, y antes que él se había pasado por la piedra, como la propia Lucy, al tout Madrid. Pero ya que habían decidido darle un gusto a las familias y entrar por el aro (o sea, pasar por la vicaría), qué menos que hacerlo a lo grande. Para eso estaban papá, mamá, el otro papá y la otra mamá. Las tontas se casan porque se preñan o, en este caso, para quitarse unos cuantos números rojos de la cuenta corriente o darse el placer de pegarse una vuelta al mundo con todos los gastos pagados.
Era una inversión. Para los novios y sus padres. Y para la mayor parte de los invitados. Alguien había comentado alguna vez, una noche de cubatas y farlopa, que los negociazos se hacen tanto en los palcos de los estadios de fútbol como en las bodas de tronío. Allí donde todo el mundo está en el ajo y no hay periodistas ni te pueden escuchar.
Porque de eso se trataba, claro. De casarse por todo lo alto en la catedral de marras o la ermita coquetona perdida en el quinto coño, y luego irse a celebrar el sarao a una finca aún más remota donde no pudieran acceder las cámaras a dos kilómetros. A veces, porque la exclusiva ya estaba vendida a las revistas del cuore que se degollaban unas a otras por conseguir las fotos. Otras, porque de pronto les entraba un ataque de pudor… o se les aconsejaba que nadie supiera qué tipo de personalidades estaban invitadas a la boda.
Por eso se había requerido que no hubiera móviles con cámara. Lo mismo que en las bodas reales se pedía que los hombres no llevaran colonia y las señoras solo agua de rosas, por aquello de no mezclar perfumes y volver loco al personal con el calor (porque una boda de pompa y circunstancia se celebra en primavera o en verano, y tiene más pompa y más circunstancia si es en Sevilla), ahora estaba pro-hi-bi-dí-si-mo aparecer con un móvil de última generación 4G que pudiera transmitir en directo vía YouTube la ceremonia y el convite.
Hasta un registro de metales y componentes electrónicos habían colocado a la entrada de la finca, como si fuera un aeropuerto. No guardias privados, no, que había un montón de ellos, sino la policía nacional y la guardia civil en operación de protección conjunta.
No era para menos, claro. Allí había embajadores, cónsules, artistas. Famosos del mundo del cine y de la moda. Nobles, ministros y hasta un expresidente del gobierno. Banqueros y hombres de negocios de todo tipo. Y escoltas. De los de gafas de sol y de las de diez mil euros la velada. Todas muy dignas, ellas, veladoras del tesoro que alquilaban.
Y ni una cámara. Y hasta un sistema para detectar drones y hacerlos caer en un radio de quinientos metros de la finca.

Lucy no sabía si la parejita (o los papás y las mamás de la parejita) habían apalabrado la exclusiva con alguna revista o si les había dado la ventolera de preservar la intimidad. A ella le daba lo mismo. Vale, había tenido que dejar el móvil en la puerta. Pero lo que no sabía nadie era que llevaba una cámara diminuta disimulada en la flor del vestido. Plástico de última generación, le habían dicho los que se la instalaron. Indetectable a los sensores de aquella cancela de seguridad que habían puesto en la entrada, ni que fuera un aeropuerto.
Y por eso allí estaba ella, saludando a los novios, a las amigas y amigos comunes, a los invitados de rancio abolengo. Hola, qué tal. Un besito, muac muac. No nos vemos desde lo de Marieta, ¿no? ¿Cómo te van los negocios de ropa deportiva? Llámame y concretamos aquello. Lo típico.
Y ella, mientras tanto, clic clic clic. Foto arriba, foto abajo. Los invitados. Detalle del vestido de la novia. Detalle de las pamelas de las señoras. Foto conjunta de los amigos del novio cuando, en los cócteles, se pusieron a charlar de sus cosas.
Dieciocho mil euros por la exclusiva no eran moco de pavo, desde luego. Si no lo hubiera aceptado ella, a saber si la misma novia no llevaría otra camarita igual en el escote palabra de honor.
Porque aquí todo el mundo hacía negocios. Hablando con alusiones, desde luego. Con medias tintas. Quedando para luego. Dinero llama a dinero. No iba ella a ser la más tonta del corral, ni mucho menos. Que dieciocho mil euros eran dieciocho mil euros y la podían librar de unas cuantas deudas.
Allí estaba Pepelu Cortés, míralo. Fotito. Guapo, rubio, tan bronceado que parecía gitano. Inmaculado, y eso que no iba con el traje oscuro de rigor, sino a su bola, con un toque hippie que ahora era hipster.
Lucy, que no era tonta del todo, sabía de dónde sacaba Pepelu Cortés la fortuna que derrochaba. Sus padres lo habían desheredado, si es que quedaba algo para heredar. Su ex no lo podía ver ni en pintura (ni siquiera había venido a la boda), y que saliera en los programas de cotilleo televisivo jueves y martes, puntual como un reloj y colocado como un chamán indio, no hacía mucho por arreglar la situación en casa.
Pero Pepelu iba siempre a su bola y llamaba al pan pan y al vino vino. No era gran cosa en la cama, eso era cierto, pero qué se le podía pedir si la mitad de las veces estaba viajando y lo mismo le daba tener a una mujer debajo que a una almohada. Entre las pirulas y las rayitas blancas, Pepelu tenía resuelta la vida y la posibilidad de continuar con su vida.
Porque era sincero. Lo mismo era imposible negar que era un yonqui, como negaba tanta gente. Pero él decía con mucha razón que no se metía con nadie, que su cuerpo era suyo y hasta que aguantase. Los demás, los demás decía, con aquella voz de aguardiente que se trabucaba al pronunciar palabras largas, los demás sí que mentían. Porque todos se metían tanto como él.
Y él, claro, se aprovechaba de eso. Porque, como bien sabía Lucy, además de consumir, pasaba.
Como estaba pasando ahora. La gente bien no se corta con nada, y donde no había periodistas ni nadie que pudiera escandalizarse, tenía barra libre para comportarse en privado como se le antojara.
La finca era tan grande que Lucy sabía bien dónde iban las damas de honor a retocarse el maquillaje, para volver veinte minutos después alisándose las faldas. O por qué los hombres hacían cola en los cuartos de baño para fumarse un piti, que normalmente no era solo de los de Altadis.
Quien más veces iba a mear era Pepelu Cortés. No porque tuviera cistitis ni se estuviera empolvando la nariz más de la cuenta, sino porque era allí donde entregaba la mercancía. Lucy sabía que Pepelu no mezclaba trabajo y placer. Y hoy, en este sitio de placer, estaba trabajando. Ya se colocaría a gusto cuando volviera a casa. Lo mismo ella, entonces, le compraba un par de gramos. Ahora no: estaba trabajando. Clic, clic, no estaba segura de si aquel señor del frac era el embajador de Suiza o de Alemania.
La fiesta empezaba a perder un poco de brío, casi de madrugada, cuando ya los novios se habían ido, que es eso que siempre suelen hacer los novios. Y entonces la sorpresa.
Un grito de espanto, alguien que se desplomaba sobre el lino de la mesa.
Otro grito, en otra parte. Una de las amigas de la novia que perdía la consciencia y se desmoronaba entre convulsiones.
Un grito más, y luego otro, y otro y otro.
Carreras, estupefacción. Algún eminente cardiocirujano y hasta un especialista en urología que trataban de multiplicarse para atender a tanto grito y tanto desmayo. Alguien que sacaba un móvil (o sea, que el sistema de filtro no era tan de fiar) para llamar corriendo al Samur.
Lucy vio entonces la cara de estupor de Pepelu, cómo se metía la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacaba dos o tres papelinas que arrojaba con disimulo a la fuente.
La chica que convulsionaba entró en parada. El mocetón que se dio de bruces contra la mesa no abrió los ojos.
Los dos, y todos los otros que habían ido cayendo, tenían hemorragias nasales que ponían perdidos los trajes y vestidos de gala.
Lucy comprendió entonces lo mismo que Pepelu.
Los estaba matando la coca.

