CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 19. Eduardo.

Hay días en que uno no debería levantarse de la cama.

Hay días en que todo sale mal.

Mierda, joder. El calor asfixiante, el dolor de cabeza, el recuerdo neblinoso del gatillazo de la noche anterior. La necesidad de un cubata, ya, tan de mañana.

Y el hartazgo.

Mierda de país. Siempre hay quien se queja por vicio. Él, que se las prometía tan felices. Él, que lo tenía todo atado y bien atado, como dijo el otro. Él, que se preciaba de tener dos coches, cinco empleos, media docena de diputados comiendo en la palma de su mano. Titis, rolletes, restaurantes. Periodistas que siempre le echaban un capotazo.

Y, lo mejor de todo, el incógnito.

Mientras otros dieran la cara, mientras otros cargaran con el marrón, Eduardo podía ir a su puta bola. Que pagaran el pato los de siempre; o sea, los políticos. Que la gente se manifestara delante de los bancos o los ayuntamientos. A él qué más le daba. No militaba en ningún partido. ¿Qué falta hacía? Los partidos eran ya cosa del Jurásico. Él simplemente asesoraba. La profesión del futuro y del presente. Ibas una o dos veces al mes, te sentabas a escuchar un rollo macabeo o el rollo macabeo lo soltabas tú. Lo que decías, por poco que fuera, iba a misa. Ya fuera un sí bwana o un vais a pegaros la costalada padre, pipiolos. Le hacían caso. Siempre-siempre. Y luego no había más que poner la mano. Mil euros por sesión. El chollo padre.

Y ahora estos hippies trasnochados, estos perroflautas que no sabían ni limpiarse el culo con papel de periódico venían a intentar poner el mundo boca abajo. Ilusos. El mundo, como los dados de las timbas en las que de vez en cuando participaba, tenía un contrapeso y estaba trucado. Podías intentar volcarlo a un lado o a otro, podías empujarlo para acá o para allá, pero como el tentieso del soldadito de plomo que tenía de niño, siempre-siempre acababa por adoptar la posición original.

Ya podrían, ya, los del ayuntamiento decir todo lo que quisieran de recortar presupuestos, de reducir asesores, de cortarse los sueldos y dedicar los coches oficiales a otros menesteres. La realidad les pegaría en la boca tarde o temprano. No se gobierna con ideales: se gobierna con estadísticas. La ideología (de eso se dio cuenta Felipe González cuando Eduardo todavía era un niño) era cosa del pasado. Gato blanco o gato negro. Lo que guiaba al mundo era ni más ni menos que el pragmatismo.

El cabreo no lo dejaba ni conducir a gusto. Intentar dar la vuelta a la tortilla, por mucho que quisieran los novatos que empezaban a rascar poder, era un absurdo. Ahí tenían, y no les daba la gana de verlo, el ejemplo de los griegos. Mucho fardar de boquilla, mucho sacar pecho, como los espartanos, y al final acababan poniendo el culo, como los atenienses.

Era un escándalo. Eduardo había hecho cuentas y, sin las asesorías a los tres o cuatro ayuntamientos de la zona centro que ahora estaban en manos de los perroflautas, iba a perder un pico. Hasta que la cosa se enderezara, claro. Pero tanto tienes, tanto gastas. Te acostumbras a un tipo de vida y ahora venían estos hijos de puta sin idea de nada y querían cambiarlo todo. Indigentes ellos, indigentes los demás. Una mierda. Ya verían como los demás partidos políticos no se quedaban de brazos cruzados.  Nadie está dispuesto a ir por su propio pie al matadero.

Menudo día. La primera reunión, la de la caja de ahorros, había ido como el culo. Tenían orden de parar los desahucios. De momento, vale, pero parados estaban. No habría más reuniones ni consultas de asesoría hasta nueva orden. Luego, la otra reunión, la de la consejería, había sido tres cuartos de lo mismo. Al carajo el cargo. Los imbéciles se creían capaces de pensar por sí mismos. O, si acaso, ya tendrían preparados a otros asesores de su cuerda que trabajarían gratis o por la mitad de lo que Eduardo cobraba.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Le esperaba la reunión del banco y  la del ayuntamiento. No había que ser un lince, ni sufrir el dolor de cabeza que sufría, para comprender que todo iba a ir en la misma línea. El famoso “no nos llame, ya le llamaremos”, pero aplicado a su trabajo.

Y ahora, en este día de mierda, con este calor que derretía el hierro, el coche que pegaba un recalentón y lo dejaba tirado en mitad de la avenida colapsada. Y eso que dicen que Madrid se queda vacío en verano. Qué puñetas le habrían hecho en el taller, con la ITV, la semana pasada misma.

Como pudo, Eduardo dejó el coche en una acera. Sí, era línea amarilla, pero qué puñetas, no iba a ir por toda la avenida empujando como un carrero. Sacó el móvil para llamar a un taxi. No tenía ni chispa de batería: con la preocupación del gatillazo de anoche, se había olvidado  conectar el cargador.

Llamó a un taxi. El taxista le  preguntó que dónde iba. Él le dijo la calle. El taxista, por ser solidario, maldito gilipollas, le dijo que había una manifa justo en la calle anterior, que la policía intentaba repeler a los estudiantes y que había un atasco de dos pares. Si tenía prisa (y por la cara desencajada de Eduardo se notaba que la tenía) lo mejor era coger el metro. Total, había una parada en la puerta misma.

Eduardo asintió. Mierda, hacía años que no cogía un metro. Le repelía aquella ratonera, aquel calor asfixiante, el olor. Tanta gente subiendo y bajando y corriendo de un lado a otro. Tanto negro, tanto panchito, tanto chino.

Hizo de tripas corazón. Bajó  las escaleras, compró el billete en la máquina expendedora que tardó lo suyo en aceptarle el billete, enfrentándose a una marea de gente en sentido contrario, llegó al andén.

Qué asco. Tanta humanidad allí amontonada. Nunca había visto tanta decadencia, tanta suciedad, tanto derrumbe. Ni tanta gente con taras físicas. Un tullido con muletas sobaqueras. Un ciego. Una mujer que tenía toda la pinta de dedicarse a pedir por las calles.

Les dio la espalda, lleno de repulsión.

El andén estaba repleto. Miró la cámara de seguridad y vio que el objetivo estaba roto. Anda que llevaban bien las riendas de la ciudad los nuevos, los que siempre hablaban de arreglar el mundo.

El reloj indicó que faltaba menos de un minuto para que llegara el tren. Impaciente, Eduardo se acercó más al andén, para ser el primero en entrar y no tener que hacerlo a última hora, entre codazos.

El rugido metálico en el túnel, y la luz amarilla acercándose.

Al principio Eduardo pensó que había pegado un traspiés. Luego, mientras se precipitaba al andén, estuvo seguro de que alguien lo había empujado.

Hay días en que todo sale mal.

Hay días en que uno no debería levantarse de la cama.

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