Copperhead

Nunca había estado en Marfa. Solemos atravesar la ciudad dos veces al año, camino de El Paso, cuando vamos a visitar a mis suegros, pero nunca me había detenido. Se me hacía extraño estar estacionado en la gasolinera Texaco de la calle principal, a las 4.30 de la mañana, todavía oscuro, mientras todos en el pueblo dormían. Debía encontrarme con Raúl aquí en Marfa. Él vendría desde Fort Davis y yo me había desplazado desde Alpine. Luego tomaríamos la ruta 67 hasta Shafter, donde dejaríamos los autos para seguir a pie. Pero Raúl llevaba ya media hora de retraso.

Pateé el suelo para entrar en calor y luego me quedé mirando un cartel escrito con burda caligrafía: “Gas. 2,56 $”. El haz de unos faros se desplazó por el suelo del aparcamiento vacío y de un destartalado Chevrolet marrón se bajó un adolescente con el gorro de lana calado hasta los ojos. No pareció sorprendido cuando reparó en mí. Me dedicó un breve saludo con la cabeza. Yo volví a patear el suelo y me llevé la mano al sombrero. Era el empleado de la gasolinera que empezaba su jornada laboral. Se encendieron las luces del establecimiento y decidí matar el tiempo con un café. La puerta estaba todavía cerrada y golpeé el cristal un par de veces. El pelirrojo se acercó y se me quedó mirando al otro lado de la puerta. Mostrándome la mano abierta me dijo con desgana: “No abrimos hasta las cinco”. Asentí y volví al interior de mi auto.

Desde que Raúl se había trasladado apenas nos habíamos visto en dos ocasiones. Invirtió con su cuñado en una granja de árboles de navidad cerca de Fort Davis y nuestras salidas de caza eran cada vez más infrecuentes. Con dificultad pudimos encontrar unos días para hacernos con un par de berrendos, de los que traspasan los límites protegidos del Parque Estatal Big Bend y se adentran en el desierto.

Tuve que haberme quedado dormido porque el chico estaba junto a mi auto golpeando la ventanilla.

-¿Es usted Alejandro? –No me dio tiempo a contestar–. Tiene un llamado.

Miré mi reloj. Eran las 5:25. Me había quedado dormido. A mitad de camino del despacho de la gasolinera me volví para quitar el rifle del asiento del copiloto y colocarlo en el suelo de la camioneta. La llamada era de Raúl.

-La cagué, bro.

-¿Que pasó, Raúl? Me tienes esperando en medio de la nada.

-Todo se complicó, hermano.

-¿Tuviste un accidente? ¿Estás bien? ¿Dónde estás?

-Todo se fue al carajo. Mi mujer lo descubrió.

-¿Pero qué…?

-Una compañera de trabajo le vino con la pendejada y ahora quiere que me marche de casa.

-¿?…

-Le contaron lo mío con Nydia.

-Ay, Dios. Raúl, te lo advertí…

-¡Me quiere separar de mis hijos, Alejandro!

Tranquilicé como pude a Raúl y volví a mi camioneta convencido de que nunca recuperaría la parte que había adelantado de los 300 $ que costaban los permisos de caza. Pensé en volverme a Alpine, pero tenía licencia, endosos y cintillos para dos berrendos. ¿Y cuándo volvería a disponer de unos días libres?

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Cuando llegué a la docena de casas que formaban Shafter ya hacía rato que había amanecido. Llamó mi atención el letrero de “Hunters Wellcome” que se encontraba colgado en el escaparate de lo que parecía ser algún tipo de colmado. El local intentaba remedar con desgana un drugstore del viejo oeste. Incluso tenía en el porche una apolillada mecedora de madera. Una enorme mujer de avanzada edad se apoyaba con sus dos manos en el mostrador.

-¿Cazador?

-Sí –la funda al hombro de mi rifle me delataba.

-¿Sabe que los cazadores son bien recibidos en Shafter?

-Muchas gracias.

-¿Viene a por los berrendos?

-A hacerme con alguna buena pieza.

-¿Tiene licencia? ¿Sabe que aquí podemos vendérsela?

-Gracias, ya la conseguí.

-¿Viene de Fort Stockton? ¿Sabe que mi hermano es el sheriff de Fort Stockton?

-Vaya, me alegro por él. Vengo de Alpine.

Pareció meditar un momento mi respuesta. Era como si no le gustara que fuera de Alpine. La blancura cerúlea de su piel, herencia de remotos ancestros escoceses o alemanes, parecía que era la única fuente de iluminación en aquel lugar penumbroso.

-¿Va a llevarse munición?

-¿Tiene del 30-30?

-¿Conoce alguna armería de Texas que no tenga munición del 30-30? –inmediatamente colocó una caja en el mostrador.

Decidí que lo mejor era contestarle con una cálida sonrisa.

-¿Su rifle es de palanca, de cerrojo o de bomba?

-De palanca.

-¿A que es un Winchester 94?

-Acertó.

Lanzó un “¡Ja!” de satisfacción acompañado de una poderosa palmada que resonó por todo el establecimiento.

-¿Sabe que ustedes siempre llevan Winchester?

¿“Ustedes”? ¿A quién se refería con ese “ustedes”? Ya me estaba cargando la vieja. Como yo no tenía intención de contestarle volvió a la carga.

-¿Ha visitado el cementerio y la ciudad fantasma?

-Quizás en otra ocasión –Tampoco pareció gustarle el comentario ya que permaneció un rato clavándome la mirada mientras yo paseaba la vista por las estanterías.

-¿Va a llevarse alguna otra cosa?

-Me llevaré también un paquete de Lucky Strike –Con la misma rapidez sirvió los cigarrillos. Yo me cambié el rifle de hombro-. Tengo la intención de pasar dos o tres días en el desierto. Me gustaría que me indicara algún lugar seguro donde dejar mi auto.

-¿Está dispuesto a pagar cinco dólares diarios?

-No me parece mal trato.

-¿Puede dejar su coche en la parte trasera?

-Eso haré.

Toda la conversación había transcurrido en inglés, pero cuando terminé de pagarle señaló el paquete de cigarrillos y me dijo en español: -Eso te matará.

Abandoné el pueblo en dirección al este por un camino orillado de álamos todavía polvorientos, con hojas secas y frágiles de un amarillo tostado que se desprendían indolentemente a mi paso. El sendero que seguí discurría entre pequeñas colinas pedregosas, a cuyos pies se amontonaban los cantos rodados. A medida que avanzaba se iban multiplicando las acequias, las zanjas y los barrancos, que llevaban cualquier agua que pudiera caer hasta la depresión del Cienega Creek.

Ilustración de Manuel Martín Morgado (detalle).

Cuando llegué al arroyo este era tan solo un hilo de agua que discurría por un arenoso cauce, pero más adelante había agua suficiente para mantener a una masa compacta de sauces achaparrados, berros y matas de hediondilla. A unas yardas más allá había un delta de arena húmeda donde encontré las huellas recientes de un gran macho. Di cuenta de un bocadillo de carne y una cerveza caliente. Saqué el rifle de su funda, lo chequeé y lo cargué.

Emprendí la marcha río abajo. Bien pronto tuve que abandonar el cauce para internarme por el terreno cada vez más abrupto que empezaba a formar las estribaciones y acantilados del monte Carrizal. Apenas pude seguir el rastro gracias a alguna huella dispersa y a los restos de arbustos ramoneados.

Ya estaba valorando la posibilidad de vivaquear en algún sitio, y continuar con el acecho al día siguiente, cuando, en un repecho del terreno un poco más despejado, descubrí una pequeña construcción. Era una casucha de adobe cuarteado con el techo de matorral trenzado al que habían añadido alguna que otra corteza de árbol. No vi a nadie alrededor, pero de cualquier manera di una voz para hacerme notar. Me detuve para guardar el rifle en la funda y fui acercándome con lentitud.

Hacía las veces de puerta una raída y acartonada manta mexicana que bien hubiera podido quedarse de pie sin los alambres retorcidos que la mantenían suspendida del dintel. Una mesa desvencijada era todo el mobiliario y en un rincón se encontraba el hogar, directamente sobre el suelo, bajo un agujero del techo, rodeado de algunos desportillados cacharros de cocina. De las retorcidas vigas sin desbastar colgaban numerosos ramilletes de hierbas en distintos grados de secado, a las que achaqué el intenso aroma de la estancia. Poco más había que ver.

Salí fuera y me senté en un sobado tocón junto a la puerta, con la espalda apoyada en el reseco adobe. Encendí un cigarro pensando en pasar la noche allí, aunque pudiera crearme problemas el toparme con algún celoso defensor de la propiedad privada.

La luz menguaba rápidamente y podían ya apreciarse las primeras estrellas. Los turpiales volvían a sus nidos en retorcida coreografía sobre las copas de los árboles. Empecé a sentir el cansancio de la caminata del día y coloqué los pies sobre la mochila consiguiendo una postura bastante cómoda. Entonces me sobresalté.

Como a unos veinte metros delante de mí una sombra que durante todo el tiempo me había parecido parte de la vegetación cobró movimiento. Una figura humana, que a esa distancia no podía identificar del todo, se incorporó y empezó a acercarse. Posiblemente llevara un buen rato allí agazapado observándome.

Antes de ponerme de pie llevé la mano al suelo para apagar el cigarrillo y fui cuando sentí una lacerante quemazón en el pulgar. Di un brusco salto agarrándome la mano. Pude apreciar cómo una víbora de agua se escondía entre los matorrales después de que yo la hubiera molestado en el que posiblemente fuera su refugio para pasar la noche.

Un profundo y persistente latido comenzó a apoderarse de mi brazo. Distinguí los agujeros de los colmillos y, aunque apenas había sangrado, me deshice del pañuelo del cuello para improvisar un rápido vendaje.

Confuso y sorprendido me volví hacia la figura que ya iba distinguiendo mejor, “¡Me mordió una víbora!“, pero aquello no pareció afectarle de ninguna manera. No precipitó su decidido paso, ni tuvo gesto alguno de alarma o aprensión. Me apreté la mano pulsátil y busqué con la mirada el rifle, que descansaba en su funda apoyado en la pared. Cuando volví la vista un anciano rostro aindiado y lleno de arrugas me miraba fijamente a un par de metros. Luego no recuerdo que pasó.

Ya era de noche y yo estaba tumbado en el interior de la casa. La cortina estaba corrida y el resplandor y el juego de sombras oscilantes que se colaban por la puerta me llevaron a pensar que alguien había prendido una gran hoguera en el exterior. Sentía la cabeza pesada. Al llevarme la mano a la frente descubrí que un grueso vendaje la cubría. Me quedé observándolo con curiosidad atolondrada. Empecé a recordar el episodio de la mordedura. A medida que mis ojos se acostumbraban a la escasa luz vi una figura acuclillada al otro extremo de la pieza. Primero distinguí la luciérnaga incandescente de un cigarrillo encendido y luego mi paquete de tabaco, que descansaba en el suelo entre sus piernas. No podía distinguir bien el rostro.

-Me m… –Aclaré la voz-. Me mordió una víbora de agua –dije levantando la mano vendada.

-No era una víbora de agua –me contestó en español-: era una cabeza de cobre.

Miré con alarma mi mano acalambrada, incapaz de cerrarla por la hinchazón.

-Nadie sobrevive a la mordedura de una cabeza de cobre –dije con cierta inquietud.

Se acercó y dejó a mi lado la cantimplora.

-Bebe –dijo, y salió fuera.

Apuré de un trago la mitad del contenido y creo que al poco volví a perder el conocimiento.

Posiblemente fuera el sonido de los tambores lo que me despertó. Me levanté con cierta dificultad y me eché sobre los hombros la manta que había estado arropándome. Aquel sonido bajo profundo provenía de un grupo de figuras sentadas en torno a una gran hoguera, a unos cincuenta metros, cuyas sombras se proyectaban casi hasta mis pies. Me dejé caer en el tocón y descubrí que a mi lado se encontraba el anciano, sentado en el suelo y fumándose mi tabaco.

-Era una víbora de agua –dije.

-Era una cabeza de cobre –contestó sin mirarme.

Me examiné la mano. El vendaje estaba tieso y amarillento pero ya podía mover los dedos.

-¿Qué lleva el remedio? –le pregunté.

Entonces se volvió hacia mí, como si verdaderamente le hubiera sorprendido mi pregunta.

-Toloache, higuerilla y manteca –Y volvió a mirar hacia el frente.

Junto a la puerta se encontraba la vieja del colmado de Shafter, pero yo no recordaba haberla visto al salir. Se balanceaba con lentitud en una vieja mecedora y miraba con atención la hoguera por encima de sus gafas.

-Mi hermano es sheriff –dijo.

-De Fort Stockton –agregué yo.

-Mi hermano es sheriff de Fort Stockton –prosiguió como si no me hubiera oído-, pero empezó como agente en Houston. Una noche atendió un aviso por conducta desordenada en un bar del barrio hispano. Un pachuco borracho había organizado una pelea y el dueño del bar había llamado a la policía. Seis de nuestros mejores chicos se acercaron al local, entre ellos mi hermano. El mexicano no atendía a razones: empezó a decir que era un veterano de Vietnam, que no tenían derecho a tratarlo así… El jodido frijolero era bravo –esto último lo dijo en español-  y se resistía al arresto. Decidieron llevárselo a “el Agujero”. Todos los mexicanos y los negros de Houston habían oído hablar de “el Agujero”. Después de apaciguarlo durante algunas horas, y como se acercaba el cambio de turno, decidieron dejarlo en la cárcel de la ciudad. Pero allí no lo admitieron, el tipo estaba tan trabajado que les ordenaron que lo llevaran al Ben Taub General Hospital. Y ahí podría haber acabado la historia, pero dos días más tarde encontraron su cadáver a orillas del Buffalo Bayou. Mi hermano fue exonerado, pero Terry Denson, Steven Orlando y Joseph Janish fueron expulsados del cuerpo. Todos buenos chicos. Por culpa de aquella basura mexicana.

La vieja me miró inexpresiva por encima de las gafas. El ritmo de los tambores se había acelerado. Un grupo de berrendos comenzó a cruzar el claro. Podía distinguir las manchas blancas en sus vientres y cuartos traseros. Un gran macho, acompañado de varias hembras con sus cervatos, se detuvo un momento y volvió la cabeza hacia la hoguera, olisqueando el aire. Luego siguieron su camino perdiéndose entre los matorrales.

Volví a mirar a mi izquierda y ahora era Raúl quien ocupaba el sitio de la vieja de Shafter. Hablaba por teléfono, dando repetidas excusas. Cuando se dio cuenta de que lo observaba, me devolvió una cálida sonrisa y tapando con una mano el auricular me susurró:

-¡Tengo tus 150 $, bro!

Cogí un cigarrillo de mi paquete de Lucky, que descansaba a los pies del anciano. Este estaba acompañado de otros dos sujetos de su misma edad, uno tocado con sombrero norteño y otro luciendo una gruesa trenza que le cruzaba el pecho. Sentados en el suelo, jugaban con una serpiente, a la que tiraban de la cola cada vez que trataba de huir y salir fuera de su alcance. Estudiaban al animal y emitían su juicio en un idioma para mí desconocido. Cuando se dieron cuenta de que los estaba observando el del sombrero norteño tomó la serpiente entre las dos manos y me la ofreció diciendo “¡Tu cabeza de cobre!”. Aquello debía ser muy divertido porque rompieron a reír, y de nuevo lo hacían cada vez que el del sombrero sacudía sus brazos sosteniendo la serpiente y repitiendo “¡Tu cabeza de cobre!”. Dejé que siguieran divirtiéndose a mi costa y me concentré en fumar mi cigarrillo. “Era una víbora de agua”, no pude evitar decir en voz baja.

Me quité el vendaje de la mano. Podía mover los dedos sin dificultad y ya no notaba ninguna molestia. Fui incapaz de encontrar la marca de los colmillos. Quizás por la escasa luz. El amanecer debía estar cerca. Dicen que el frío arrecia justo antes del amanecer, pero yo sentía calor y me deshice de la manta. Cerré los ojos apoyando la cabeza en la pared y dejé que el rítmico sonido de los tambores me envolviera. “Era una víbora de agua”, volví a repetir.

Me desperté con el sol en la cara. Un coyote se había detenido a unos metros y me miraba fijamente. Lo ahuyenté de una pedrada. Me encontraba sentado junto a la puerta. Mi mochila y el rifle en su funda se encontraban a mi lado. Tomé un trago de la cantimplora. En mi pulgar quizás se pudieran distinguir unos pequeños orificios como cabezas de alfiler. O no. El lugar estaba desierto. En el interior de la casa nada había cambiado.

Decidí que no quería seguir cazando. Solo deseaba llegar a Alpine. Cargué con mi equipo y tomé el camino de vuelta. Me detuve junto a los restos de la hoguera, que tenían el aspecto de haberse extinguido hacía días o quizás semanas. Junto a la cabaña, una cabeza de cobre se deslizó reptando de debajo del tocón, buscando el calor del sol de la mañana. Pero yo ya me había adentrado entre el matorral y no la vi.

Ilustración de Manuel Martín Morgado (detalle).

Federico Sopranis

Autor/a: Federico Sopranis

Federico Sopranis Calandria (Cádiz, 1947) es profesor, hispanista, filólogo y crítico literario. Desde 1972, y hasta su jubilación en 2016, ha impartido clases de literatura en la Universidad de Houston, llegando a desempeñar el cargo de director del Departamento de Estudios Hispánicos. Pertenece a la Asociación Tejana de Hispanistas, de la que es su vicepresidente. Entre su extensa obra crítica destacan 'Historia de España en Texas' y 'Al-Andalus and Spain. A study in Spanish ethnopsychiatry'. Es también autor de los libros de poemas 'Camino de sirga' (Austral) y 'Último otoño en Misalito' (Q-book).

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1 Comentario

  1. Me ha parecido muy intrigante y bien descrito el relato.

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