La Realidad desvelada de J. M. Benítez Ariza

Parece que José Manuel Benítez Ariza tenga capacidades premonitorias, pues  no deja de ser curioso que eligiera el título de Realidad para su más reciente poemario, que salió del horno sólo un mes antes de que el virus nos confinara y viniera a avisarnos de que precisamente eso que conocíamos por realidad, por normalidad, ya no iba a ser lo mismo, al menos durante bastante tiempo. El caso es que su libro no puede ser más oportuno en estos días, en los que es tan de agradecer la sagaz mirada del poeta que va más allá de la rápida ojeada que los mortales comunes dedicamos a nuestro entorno diario. Porque lo que nos desvelan estos versos es esa otra cara de la realidad, que a sus ojos se transforma y se mueve, se hace símbolo que nos conduce de lo cotidiano a lo misterioso, oculto y desconocido que anida dentro de nosotros;  de lo tangible a lo etéreo, de lo particular a lo universal, de la propia experiencia a toda la experiencia humana.

La vida, la muerte, el paso del tiempo, son los ejes de esta Realidad en la que José Manuel se adentra para desentrañar sus misterios y sus mensajes, en un tono confidencial, a veces melancólico, otras rozando incluso la ironía. Y siempre con una exquisita sensibilidad  en la que la primera sensación, el sentimiento que ésta despierta y la reflexión que provoca se aúnan para mostrarnos el envés del mundo en que nos movemos y del que sólo la intervención de ese médium que es el poeta puede darnos cuenta. Y así nos lo advierte el autor en el poema del que toma su nombre el libro, cuando dice sobre la realidad que “conviene resistirse, entonces, a cualquier/uso conminatorio de su falsa evidencia; /prestar oídos sordos al argumento repetido/ que te ordena aceptarla”. Y más adelante añade: “Alguien trazó a tus pies un círculo de tiza/y te dijo que nunca debías transgredirlo”. Para concluir con la declaración de intenciones que alienta todo el poemario: “A veces, sin embargo, pruebas/ a poner un pie fuera, /a amagar con poner otro”.

 

La experiencia personal es la materia de la que se nutren estos poemas, presididos en buena parte por una integración en la naturaleza en virtud de una especie de espíritu panteísta, y para los que cualquier punto de partida, por insignificante que parezca, es válido. Así ocurre en las cinco secciones en las que se articula el libro: Realidad, Diez acuarelas, Diagnósticos razonados, Waterford y Fugaces. Sirva como ejemplo, de la primera sección, el logradísimo Ante un ramillete de perejil,  donde la contemplación de la humilde planta doméstica en un vaso de agua (y su advocación popular)  desencadena toda una prolija reflexión sobre los ciclos vitales, la lozanía y la caducidad, la vida y la muerte: …“una manera de dejar constancia,/allí, entre los enseres, cerca de la despensa,/de que el agua y el sol que maduraron esas hierbas,/la mano cuidadosa que las recolectó/y el tiempo que tardaron/en llegar a su punto de sazón/forman parte también del ciclo general de la vida y la muerte/”. Para reafirmar al final la confluencia entre la “levedad de lo accesorio” y la “levedad de lo invisible”.

La plasticidad que recorre todo el poemario se acentúa en las Diez Acuarelas, en las que el poeta se rinde a otra de sus pasiones y traslada al lenguaje su experiencia de pintor. Las líneas y el color de los paisajes vividos y recreados, hechos ahora palabra, añaden una nueva dimensión a las imágenes atrapadas por una mirada amorosa, pero también inquisitiva, que trasciende su belleza y descubre los secretos mensajes que encierran. Así en las Salinas de interior: “También un mar antiguo quedó atrapado aquí, /antes de evaporarse. /Tomo una pizca entre mis dedos/ y la llevo a  mi boca/ y me parece estar lamiendo/la herida más antigua de un cuerpo inmemorial.”

José Manuel Benítez Ariza en una fotografía de José Antonio Martel Guerrero.

En este ver más allá que hace que lo común se convierta en insólito y lo cotidiano en mágico, el poeta se adentra en el ámbito de los afectos logrando el siempre difícil equilibrio entre emoción y razón, de forma que las experiencias vividas, plasmadas en toda su realidad sensorial,  van transformándose a lo largo del poema para revelar verdades e incertidumbres que trascienden lo íntimo y particular y nos atañen a todos, como ocurre en el especialmente conmovedor A un desmemoriado;  o en Desmantelando una habitación infantil o en Recogida de residuos, donde los objetos, perdido el fin para el que fueron creados, pasan a esa extraña inmortalidad de los deshechos: “Y carcasas de coches de una edad geológica/anterior a las glaciaciones, como diseminadas en un llano/ en el que vuelve a comenzar la ronda/ cíclica de la civilización/y un hombre envuelto en pieles/interroga el sentido del misterio./ También estos humildes enseres nuestros son/vestigios de otro tiempo, de otra vida./Guardan nuestro calor y acaso nuestras huellas dactilares”.

Las vivencias de viajero en la ciudad irlandesa de Waterford dan pie a una serie de poemas especialmente luminosos en sus descripciones que nos trasladan a la fábrica de cristal, al río llamado John, a la tumba de James Rice o al museo y la talla de la Madonna ante la que, como hicieran en otro tiempo los marinos del lugar, este visitante de ahora se encomienda:  “Aquí, de alguna forma, todos somos/marinos rezagados; aquí, de alguna forma, todos/sabemos la respuesta a la pregunta/que nadie quiere formular y que siempre conlleva/la misma melancólica/petición de principio.”

Celebración de la vida y aceptación serena de la muerte inevitable, de nuestra contingencia, son los ejes sobre los que gravita todo el poemario, cuya esencia vienen a resumir los versos que integran su última sección, Fugaces. Las ramas de los árboles que danzan con el viento, las Piedras en un llano –un hermoso homenaje al añorado Antonio Cabrera-, la higuera superviviente contra todo pronóstico, o el pájaro atrapado por la fotografía en “uno de esos instantes de pura eternidad/en los que se traduce la vida inexpresable” conviven con la oferta de los escaparates que flanquean la calle convertidos en símbolos, a la vez, de goce y despedida. Una despedida que viene a consumarse más explícitamente en el poema Los cuatro elementos: “Y si vida y espíritu no son/ sino particulares formas/de la conflagración de cuanto existe, /a ella devolveré la llama que arde en mí,/ así la deuda quedará saldada.” El poema La diferencia, en el que creo reconocer la huella de Juan Ramón, cierra el libro. En él José Manuel, como hiciera el poeta de Moguer en El viaje definitivo, constata, que, felizmente, nuestra ausencia no cambiará el fluir de la vida, de esa realidad cuya cara oculta este libro viene a desvelarnos.

Imagen de portada: Espíritu sobre el agua de Anselm Kiefer.

Ana Rodríguez-Tenorio

Autor/a: Ana Rodríguez-Tenorio

Ana Rodríguez-Tenorio Sánchez (Cádiz 1953) es periodista, licenciada en la Universidad Complutense de Madrid, y ha desarrollado su labor profesional en Diario de Cádiz desde la década de los 70 hasta 2005, con especial dedicación a la cultura. Una actividad que sigue ejerciendo, con la participación en libros colectivos, impartiendo talleres y colaborando con diversas publicaciones. Como miembro de la Asociación Qultura, coordinó entre 2007 y 2012 el ciclo de conferencias Voces en el Museo, encargándose de la edición y prólogo de los dos volúmenes de mismo título que recogen dichas conferencias.

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