José Vidal Cadellans: uno de los nuestros, pese a todo

Me sorprende el tono del prólogo que el traductor antepone a Madre marchita, la novela póstuma de Malaparte, que leo en su segunda edición española de 1963. “Lo trágico del fascismo” –dice–, “para hombres como Malaparte, en Italia y prácticamente en todos los países europeos, Inglaterra incluida, ya que Mussolini fue copiado monótonamente hasta en los menores detalles por todos los aspirantes a Duce de todos los países, fue su carácter de reaccionario, de fuerza defensiva de la extrema derecha”. Era, desde luego, una generalización más bien comprometida, teniendo en cuenta que la España de entonces seguía gobernada por esa derecha reaccionaria cuya hora ya había pasado en el resto de Europa.

El prologuista firma modestamente con sus iniciales, J.V.C., y hay que mirar la portadilla para saber que éstas corresponden a José Vidal Cadellans (Barcelona, 1928 – Igualada, 1960), que, según me informo en Internet, había sido novelista y murió a los treinta y dos años, tres años antes de que viera la luz esta segunda edición de su versión de Malaparte y después de haber ganado el premio Nadal y dejado unas cuantas novelas que se publicaron póstumamente y que quienes las conocen –muy destacadamente, el crítico Manuel Rico, que en el año 2000 prologó una reedición de Ballet para una infanta–  juzgan sorprendentes e inesperadas en el contexto literario de su tiempo. Justo la misma impresión que tuve cuando leí el prólogo del propio Cadellans a su traducción malapartiana.

Me he acercado a la librería de viejo y preguntado si tenían algo de este autor. Y salgo con un ejemplar de No era de los nuestros, la novela con la que ganó el Nadal en 1958. Sé que no la podré leer sin dejar a un lado las melancólicas reflexiones pertinentes al caso. No hace mucho me ocurría lo mismo –ya lo he contado aquí– con el malhadado Ángel Vázquez y su novela Se enciende y se apaga una luz, con la que ganó el Planeta. Hay casos en los que los premios literarios no solo no aseguran la permanencia de quienes los recibieron, sino que incluso parecen acelerar su olvido, porque quizá inducen a pensar que los agraciados estaban incluso más lastrados que otros por los tics literarios del momento, y que fue seguramente esa filiación de época lo que les aseguró el beneplácito de los jurados de entonces, tan volubles y noveleros como los de hoy… Quizá yo mismo haya caído en ese prejuicio, porque, ya con el ejemplar en la mano, hago un cálculo de las posiblemente muchas ocasiones en las que he tenido ante mí, en librerías de viejo o tenderetes de libros de ocasión, la nómina completa de los premios Nadal, u otro cualquiera, editados en alguna colección de quiosco, y me he limitado a encogerme de hombros ante los muchos nombres para mí desconocidos que figuraban en las portadas de esos libros.

Ahora un mero azar me ha hecho fijarme en uno de ellos. Posiblemente no haya fama póstuma que no esté hecha de una suma de estos azares. Y quizá no sea menos azaroso dar con un autor en las condiciones que acabo de describir que encontrar su nombre convenientemente destacado en las páginas de un manual de literatura.

José Vidal Cadellans.

No era de los nuestros, en fin, es una novela más que mediana, escrita un poco a bocados, pero sincera y valiente. Sigue la veta amarga de Nada y, como la novela de Laforet, se ambienta en Barcelona, aunque no ya en la inmediata posguerra, sino en los años de desordenado crecimiento económico que precedieron el Plan de Estabilización del 59. La novela trata de un desfalco en una de aquellas aparentemente inamovibles empresas familiares de entonces. Como ahora, los protagonistas hablan de crisis: quizá oteaban el mazazo que iba a suponer el citado Plan de Estabilización que, entonces como ahora, restringió las alegrías financieras al costo de obligar a muchas empresas a cerrar y poner a centenares de miles de trabajadores, si no a millones, en la tesitura de emigrar. Hablábamos de Nada… Y el caso es que esta otra novela también barcelonesa parece situarse en  un punto intermedio entre la de Laforet y Últimas tardes con Teresa, que publicaría Juan Marsé en 1966: Vidal Cadellans anticipaba ya el desencanto de los vástagos de la burguesía industrial catalana y el frívolo coqueteo de los primeros rebeldes sin causa de la época con todo un mundo de desclasados y marginados que terminarían, si no por desplazarlos del poder –eso nunca ocurrió ni, me temo, ocurrirá–, sí por minar sus presuntos valores, como resulta de la entrada del Pijoaparte, el golfo protagonista de la novela de Marsé, en el mundo irresponsable y malconcienciado de Teresa y sus amigos.

Vidal Cadellans es de esos escritores a los que ni siquiera un sonado éxito en vida ha garantizado una mínima perdurabilidad. A la vista de lo leído, hubiera merecido mejor suerte. Pienso de nuevo en Ángel Vázquez, ganador del Planeta como el también postergado Vicente Soto o el propio Vidal lo fueron del Nadal: esos logros no los libraron de la pérdida de la fe en sí mismos, de la conciencia de fracaso, de la condena a la literatura subalterna y sin reconocimiento. Acaso de algún modo propiciaron ese destino:  el vislumbre de que, en un futuro indeterminado, un prólogo, un hallazgo inesperado en una librería de viejo o una referencia indirecta encontrada aquí o allá pondrían sobre su pista a un lector predispuesto a tan melancólicas constataciones.

Y eso es lo que temo, en fin: que estas lecturas extemporáneas de uno acaben siendo un autorretrato.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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