Cuando susurran los cipreses. Ana Isabel Alvea Sánchez. Cypress. Sevilla, 2024. 78 pp.
Los cipreses anunciando el refugio eterno, el sol anunciado la alegría, la fruta presagiando el verano, la sed como insatisfacción, la caída del telón augurando el cambio de etapa vital… Todos estos símbolos y algunos más conforman el libro Cuando susurran los cipreses (Cypress, Sevilla, 2024), de Ana Isabel Alvea Sánchez, que debería leerse como un tratado contra la desesperanza y el desaliento.
La poeta sevillana tiene una trayectoria poética asentada en buenos títulos: Interiores (Ediciones en Huida, 2010), Hallarme yo en el mundo (Ediciones en Huida, 2013), Púrpura de Cristal (Torremozas, 2017), La pared del caracol (Ayuntamiento de Lodosa, 2020), Las ventanas del tiempo (Maclein y Parker, 2022). Añade esta sexta entrega lírica, Cuando susurran los cipreses, una exploración en el aspecto tipográfico y estilístico, aunque la hondura existencial es una constante que vertebra el discurso poético de Alvea Sánchez, y entre los motivos el paso inexorable del tiempo, y más concretamente, una reflexión en algunas instantáneas del pasado, pese a ello enarbola la bandera de la esperanza y del optimismo.
Agrupados en tres tramos, destaca el segundo por su extensión y variedad en los trasuntos o temas secundarios tratados. El primero, “La carta” destaca por sus reflexiones históricas, artísticas y filosóficas, que vienen precedidas frecuentemente por la contemplación. En ellas se revela la muerte que planea accidentalmente, como se ve en el inicio: “Llega siempre con paso espectral / el coche fúnebre en la carretera / […] cuando alegre vas de viaje / o aparcado en tu bloque”. De ahí que conste la fragilidad del ser: “y dejamos que el día nos abrume / al menor accidente / o que pase delante de nosotros / sin rozar su cuerpo ni sentirlo”, escribe en “Bronca voz”. Sin embargo, no puede con el fin de la belleza, que sucede a diario. Por otro lado, el tono se vuelve crítico en el poema “En la lección de historia”: “somos un curso sin memoria / que volverá a reincidir en lo mismo // solo sabemos de la sed / para continuar ausentes”.
En el tramo nuclear, “Los ciclos”, se hallan los poemas más hondos, en los que se respira la tensión, y donde la palabra y el amor se convierten en antídotos contra la desolación. Los recuerdos de la playa en verano devuelven al sujeto a la infancia. Deja la poeta sevillana un tono entre lo gozoso y lo melancólico. Lo dirá en “Anuncio de la primavera”: “a plena luz diurna / el mundo nos irradia su esplendor / y en su fiesta me adentro”. También en su lucha contra el desaliento en “Lejanía”: “el anhelo de lo desconocido / […] la memoria de un mundo más hermoso / no bajar nunca la mirada”; o echa la vista atrás en “Por las vegas de regadío”: “a pesar del trabajo duro áspero / pero nada nos suponía esfuerzo / en los dominios de nuestra alegría”. Alvea Sánchez nos lanza sus versos como tarjetas que se revelan contra la desidia, a favor de seguir el carpe diem, embargada por el amor pese a los años vividos: “la luz acariciando nuestras manos / donde el otro era una morada / en la que no sentíamos la noche”; y en otros haikus veladuras congeladas: “En el otoño / reluce un tapiz verde / en todo el campo”; o el estupendo: “Todas las ramas / recitan a la vez / la limpia tarde”.
El tercer tramo, “Al rescate”, corresponde al motivo poético, al acto literario, al propio lenguaje. “Sólo nos queda un repique en la memoria / su rescate de la muerte gracias al lenguaje”, escribe Alvea Sánchez. La creación no siempre llega cuando desea, contribuye la espera a la incertidumbre, así las imágenes crean el pensamiento, y exploran un territorio comunicativo común: “una lengua que suba a la conciencia / y nos aliente”. Describe la poeta en “Colaboradores” el grado de conexión con los elementos naturales para que se origine el poema, y en ella dos elementos son imprescindibles “humildad y empeño”. Es compañera la poesía en la cotidianeidad, un signo de vida pese a las heridas y al fracaso, a las prisas rutinarias, siempre en la búsqueda por el interior. “En el silencio / despiertan las palabras / y nos susurran”, se integra este bello haiku en uno de los poemas finales que complementa una cita de Octavio Paz que concuerda perfectamente con el discurso poético de la poeta sevillana “Poesía no es vivir sino decir”.
Vibran los versos de Ana Isabel Alvea Sánchez en Cuando susurran los cipreses con una expresión contenida y depurada, cadenciosa, que explora territorios insólitos a través de imágenes hermosas contra el desconsuelo. Poesía medicinal.



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